Quiquiriquí
En la curia Hostilia, cinco días antes de la votación
Pompeyo se sentía ya como un enajenado macerado en la desesperación. Siempre en su bancada, esta vez ni levantó el brazo ni señaló a Flaco. Eso sí, sus redondos y propulsados globos oculares estaban inyectados en una sangre de un rojo muy intenso.
—¡Tú —graznó—, retira tu infame propuesta de ley o te prometo que el exilio será tu castigo después de ver cómo confiscamos todos tus bienes y arrasamos tu casa! —aulló desbocado, tanto que se le quebró la voz y le salió un gallo descomunal.
—Por todos los dioses, Pompeyo, ¡no sabía que anunciaras el amanecer! —bromeó Flaco como una centella, y añadió con gesto burlón—: Ahora que lo pienso, esos pelos tuyos pelirrojos parecen la ridícula cresta de los gallos del Aventino.
—¡Miserable traidor, retira la ley! —regurgitó Pompeyo, con ganas de llegar a las manos—. ¡Eres un romano!
—Y tú un gallo de corral.
—¡Insensato!
—¡Quiquiriquí!
—¡Te mato! —chilló Pompeyo, lanzándose ya contra Flaco.
—¡Como me toques lo más mínimo con tus manazas de celta cuidador de puercos, serán tus huesos los que se partan en astillas al despeñarte desde la roca Tarpeya! ¡Ni te acerques! —bramó Flaco con la colosal fuerza de una tempestad, poniéndose súbitamente en pie mientras detenía el tiempo y al mismísimo Pompeyo.
Respirando como un toro minoico, abrasó con la mirada a los senadores que lo contemplaban a su vez con cara de besugos tartamudos con un ataque de hipo.
—¡Vosotros y vuestro egoísmo sois los que vais a destruir la República, necios! —abroncó, furioso—. ¿Acaso Roma no cimentó su poder cuando en el pasado extendió la ciudadanía romana a otras ciudades y vencidos? ¡Las familias de la mitad de vosotros no eran entonces ciudadanos romanos! ¡Pero, oh, claro, la sangre! ¿Es que pensáis que solo vosotros tenéis sangre? ¡Lo que sí poseéis y en abundancia es la desvergüenza de hacer crecer vuestras fortunas y vuestras barrigas con la sangre de latinos e itálicos derramada en los campos de batalla! ¡Sois unos necios avariciosos, y yo os vuelvo a decir que no y mil veces no! ¡No retiraré la rogatio y no me vengáis con cuentos de niños ni con vuestras clientelas, pues yo domino las mías propias y la de los Graco, los Claudios y los Licinios Crasos! ¡La propuesta será aprobada por mucho que os tiréis de los pelos y lloréis como niñitas asustadas!
Y con firme imperio caminó por en medio de las bancadas sin que nadie se atreviera a decir ni esta boca es mía hasta que abandonó la curia.
Cuando lo perdieron de vista, Pompeyo se giró hacia Opimio.
—¡Que los dioses nos ayuden de alguna manera! ¡Ese loco va a regalar la ciudadanía romana! —porfió al borde del pánico.
—Yo me encargo —barbotó Opimio.