Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Desquiciante
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Desquiciante

En la curia Hostilia, siete días antes de la votación

Pompeyo no llegó a sentarse en ningún momento. Conforme entró en la nueva sesión senatorial se colocó en su sitio de honor en su condición de censorio y consular. No obstante, su aspecto dejaba mucho que desear. Sus cabellos estaban revueltos, su gesto descompuesto y su toga arrugada con imperfectos pliegues. Hasta su brazo perdió su armonía al alzarse, temblando de rabia al apuntar a Flaco.

—¡Tú —se arrancó esta vez a pleno pulmón—, retira tu infame propuesta de ley o te prometo que tus hijos y los hijos de tus hijos jamás alcanzarán ningún honor ni magistratura! ¡Retírala!

Los augustos padres clavaron entonces sus ojillos en Flaco, anhelando que por fin entrara en razón en una Roma arrasada por los disturbios entre aquellos que defendían la propuesta y los que la rechazaban con todas sus fuerzas.

Pero ocurrió de nuevo.

Flaco ya no sonreía, pero ni tan siquiera se levantó, mostrando un gesto de desprecio superlativo.

Y habló.

—No.

Y Pompeyo y el Senado perdieron la compostura.