Insoportable
En la curia Hostilia, dos semanas antes de la votación
Pompeyo activó nuevamente sus muslos. Sus nalgas llenas de pelos pelirrojos se separaron entonces de la bancada y alcanzó la verticalidad. Sin embargo, sus cabellos ya no se suspendían tan majestuosamente, ni la toga era ya el ejemplo de perfección escultórica. Flaco no cedía y la desesperación se filtraba como una enfermedad por las venas del Senado.
Pese ello, su brazo tractor tuvo arrestos divinos para volver a señalar a un Flaco que volvía a observarlo con indolencia.
—Tú —volvió a decirle, aunque esta vez su voz de pito fue más estridente—, retira tu infame propuesta de ley o te prometo que cuando finalice tu consulado serás conducido ante la asamblea para ser juzgado por traición a la majestad de Roma. ¡Retírala!
Una vez más, todos los senadores rotaron sus cuellos con la esperanza de que Flaco recapacitara, más si cabe cuando, a lo largo de la última semana, las tablas de la propuesta de ley habían aparecido tiradas por el suelo y rotas en mil pedacitos que, después, una turba ciudadana al mando del esbirro de Opimio, o lo que es lo mismo Atilio el Númida, habían pateado hasta la extenuación antes de apalear sin contemplaciones a cuatro itálicos que se habían colado en la ciudad para pedir la ciudadanía.
Flaco, en suma, debía ceder.
Se puso en pie.
Y volvió a ocurrir lo impensable. Su rostro marcado por su perenne cicatriz dibujaba una sonrisa. Comenzaba a ser insoportable.
Flaco habló de nuevo.
—No.
Y Pompeyo y el Senado perdieron la compostura.