Otra sonrisa devastadora
En la curia Hostilia, primera semana de febrero
Pompeyo no conocía la duda.
La rogatio tenía que ser demolida.
Flaco debía retirarla o le introducirían por el gaznate o por su ano vanidoso, lo mismo daba, las tablas con el texto de la ley que lucían ya colgadas de muros, basílicas, encrucijadas y templos de toda Roma.
La curia estaba a reventar, pero todos le miraban a él, a su salvador frente a aquella nueva amenaza revolucionaria.
Pompeyo flotaba en el elixir de la grandeza inmortal.
Cuando Flaco terminó su nueva e incontenible verborrea sobre los latinos e itálicos, Pompeyo se puso en pie. Sentía sus cabellos rojos suspendidos en el éter, e incluso su toga parecía tejida con hilos de las mismísimas Moiras. Era la viva imagen de la gravitas romana y del aplastante dominio de uno mismo. Lo había ensayado en su domus sin descanso frente a un espejo de bronce pulido. Y saltaba a la vista que lo estaba ejecutando con maestría dadas las caras de embobamiento de todo el Senado con cada uno de sus movimientos. Qué feliz era.
Muy despacio fue elevando su brazo derecho con la mano grácilmente caída hasta que alcanzó con su sobaco un ángulo de noventa grados. Hecho esto, maravillados todos por aquella muestra de divina presencia, su dedo índice tuvo a bien alzarse igualmente hasta señalar a Flaco, sentado este en la silla presidencial con gesto de aburrimiento.
—Tú —le dijo en una irresistible explosión vocal—, retira tu infame propuesta de ley para que el nombre de tu gens y de la rama de los Flaco no quede manchada por la ignominia. ¡Retírala!
Los padres conscriptos, estremecidos por tanta autoridad, giraron sus cabecitas como muelles en busca de Flaco. Cualquier hombre encima de la tierra temblaría por la pétrea posición del Senado so pena de ver destruida su dignidad para siempre. Nunca nadie en cuatrocientos años de República se había atrevido a ignorar los designios senatoriales en una situación de tanta soledad. Flaco no sería una excepción.
Con el aliento detenido, lo miraron en completo silencio.
Flaco se puso en pie.
Pero algo extraño sucedía.
¡Sonreía! ¡Lo hacía como si aquello le importara un bledo!
Y activó su lengua bífida.
—No.
Y Pompeyo y el Senado perdieron la compostura.