Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un éxtasis peligroso
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Un éxtasis peligroso

Fregelas, por la tarde del día siguiente

Quinto Numitor, acompañado de nuevo por Lucio y Marco, sus dos jóvenes hijos, deslizó su espigado cuerpo por las atestadas calles de Fregelas. Cruzó a toda velocidad el foro de la ciudad y se adentró en una estrecha callejuela interrumpida abruptamente por un poderoso muro con una imponente puerta. La aporreó con ansia.

Hacía ya más de una jornada que había abandonado Roma al galope. Le dolía el culo, tenía la entrepierna escocida y atrofiada la columna vertebral por el incansable impacto de la carrera a lo largo y ancho de la vía Latina, pero Sexto Pacuvio tenía que saberlo.

—El señor no está —le dijo el esclavo que entreabrió el portón.

—Edepol! ¿Y dónde está?

—En su villa extramuros.

Numitor chasqueó la lengua y volvió a recorrer Fregelas hasta salir a campo abierto, donde cogió de nuevo su caballo. Sus hijos también.

Pronto se vio rodeado de olivares y viñedos. Aquellas propiedades, todas ellas explotadas por Pacuvio, eran también generosas en amplísimos pastos en los que pacían numerosas cabañas de ovejas.

Al rato alcanzó la villa rústica que dominaba el lugar. Descabalgó de un salto y volvió a aporrear el portón del pabellón principal.

—El señor no está aquí —reprodujo un esclavo.

—¡Por todos los dioses! ¿Dónde está? —resopló Numitor.

—En aquellas parcelas —señaló el esclavo.

Numitor aguzó los ojos y lo vio al fin, apenas una pequeña figura con un sencillo manto bermellón y sombrero de paja en mitad de un olivar cercano. El sol caía a plomo y aquella indumentaria era sin duda la más oportuna por mucho que Pacuvio fuese rico hasta la grosería.

Dado que sus posaderas no estaban para más grupas, Numitor y sus hijos entregaron el caballo y caminaron con brío entre las innumerables filas de olivos hasta colocarse junto a Pacuvio.

—¡Mi buen Numitor! ¡Y sus no menos y bondadosos cachorros Lucio y Marco! —bramó este nada más verlos, con una de sus sonrisas de zorro de provincias—. ¿Cómo veis mis campos? Están hermosos, ¿verdad? —Y desplegó su brazo derecho, enseñando con orgullo unas posesiones que se perdían en el horizonte—. Y pensar que de no ser por la intervención de Emiliano hubiera tenido que restituirlas todas. Porque ya sabes, mi buen Numitor, que estas tierras son ager publicus de Roma. —Y le dio un codazo de complicidad—. Negaré haber dicho esto, pero tú y tus hijos sois de confianza, y además… —Dejó la frase en suspenso con gesto malicioso—. Además de que todos sabemos que tus pastos tampoco son tuyos, sino de Roma, ¡pero que no se entere Flaco o no cumplirá nuestro acuerdo! —se despachó feliz, y lanzó una sonora carcajada.

Numitor lo miró paciente. Pacuvio, con sus gruesas carnes y sus dedazos de opulencia, era ya una imitación de sí mismo, una personificación de las comedias de Menandro.

—De eso mismo quería hablarte —le dijo al fin.

—¿Hablarme de qué? —contestó Pacuvio, absorto en un olivar.

—Del pacto con Flaco.

Pacuvio se quedó rígido. Solo pudo mover sus labios.

—¿Lo ha cumplido?

—Lo ha anunciado en el Senado.

—¿Y cuál ha sido la reacción de los senadores?

—Hasta aquí llegan sus gritos, porque…

Numitor no pudo continuar, interrumpido por la repentina y estridente carcajada de un Pacuvio doblado sobre sí mismo que golpeaba sonoramente sus muslos con las palmas de las manos.

—¡Que Júpiter me fulmine con su rayo! —comenzó a gritar sin poder parar de reír—. ¡Por todos los dioses inmortales, lo ha hecho, ese hijo de la gran loba de Roma lo ha hecho!

—¿Es que acaso lo dudabas? —preguntó un crédulo Numitor.

—¡Por todos dioses, no seas tan ingenuo! —despotricó Pacuvio al cercenar abruptamente en su risotada. Numitor era sin duda un buen hombre, valiente incluso en la milicia, pero como político era una causa perdida—. No digas estas tonterías delante de tus hijos —dijo, y clavó sus ojos en Lucio y Marco—. ¿Creéis vosotros que un romano es de fiar? —les preguntó a bocajarro.

—Pacuvio… —protestó Numitor.

—¡No, que contesten!

Lucio y Marco, fieles copias rejuvenecidas de su padre, se miraron aterrorizados.

—No, no son de fiar —balbució finalmente el mayor, Lucio.

—¡Bravo, muchacho! —celebró Pacuvio en una carcajada, antes de cesar en su propia alegría y tomar nervioso el camino de regreso a su villa. Su cabeza era un hervidero—. ¡Pero eso ya no importa! Lo que importa ahora es que debemos apoyar a Flaco. Está muy solo en el Senado. Debemos movilizarnos, ¿lo entendéis? —inquirió, y se detuvo. Numitor padre lo alcanzó—. ¡Debemos movilizarnos, todas las ciudades latinas e itálicas! —Y arrancó de nuevo como un buey desbocado—. ¡Ahora mismo los ecos del veneno de la ciudadanía vuelan desde Apulia hasta Etruria y desde el Piceno hasta Campania! —aulló excitado—. Esos colosales retumbos están a punto de llegar a oídos de las ciudades latinas y de las comunidades de samnitas, pelignos, lucanos, marrucinos o marsos. ¡Hay que hablar con todas ellas! ¡Hay que prepararlas para esta batalla!

—¿Batalla? —titubeó Numitor.

—¡Batalla! ¡Eso he dicho, Numitor! ¡La guerra! —se arengó antes de detenerse y encarar a su colega—. Jamás pensé que lo diría, pero esos jóvenes e impetuosos Flaco y Graco han sembrado muy bien los campos de nuestras mentes avariciosas. Han provocado tormentas y truenos solo para que fuéramos arrastrados por sus sublimes resonancias. En todo han encontrado una oportunidad para desafiar al Senado y para que todo cambiara, porque si antes debíamos acudir a Emiliano y a los senadores conservadores para defender nuestros intereses, ahora los buscamos a ellos. ¿No te parece extraordinario? —rio con asombro, y reinició su carrera, provocando que Numitor, sin resuello, lo siguiera.

—¡Pero has hablado de una guerra!

—¡Todo cuanto haga falta, mi buen Numitor! ¡Porque el Senado debe ceder a la presión! ¡Convoquemos a los aliados y Roma cederá! ¡Los romanos no son de fiar, pero no son idiotas! ¡Estoy dispuesto a todo! ¡A todo por la ciudadanía romana!

Numitor detuvo sus pasos y dejó que Pacuvio se alejara. Miró a sus retoños, justo a su espalda, con cara de preocupación. La furia del Senado podía barrer ciudades enteras. No sería la primera vez ni la última. Y los éxtasis tan combativos de Pacuvio no eran el mejor aliño.

—¡Vamos, Numitor! ¡Vamos, muchachos! —oyó que los llamaba Pacuvio—. ¡Debemos hablar con las ciudades! ¡Comenzaremos por Praeneste, Tibur y Beneventum! ¡No podemos dejar a Flaco solo! ¡Estoy dispuesto a todo! —reiteró, encendido.

Numitor tomó aire pesadamente.

—Que los dioses nos protejan —rumió, antes de seguir a Pacuvio y sin saber discernir si lo hacía camino a la gloria o a la catástrofe.