Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Carbón por partida doble
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Carbón por partida doble

Roma, poco después

Carbón zigzagueaba por las calles del Germalus palatino. Tenía razones para abrasar a todo ser viviente que se le cruzase en su camino, pero marchaba en realidad asombrosamente tranquilo, muy despacio y mortalmente impávido, cual Plutón recorriendo su reino.

Porque era lo natural.

Era lo que debía hacerse.

No albergaba cargo de conciencia alguno.

La traición se pagaba con traición.

Llegó a su destino.

Anunció quién era.

El esclavo se adentró en la casa y al poco rato volvió.

—El señor puede entrar —le dijo, y lo condujo hacia la sala que hacía las veces de lujosa biblioteca de la casa.

En la domus de Pompeyo

La escandalera era atronadora, producto de muchas voces, cual gallinas histéricas tras colarse un zorro en su privativo corral.

—¡Por encima de mi cadáver! —rugía Opimio.

—¡La ciudadanía les importa menos que las heces de un perro callejero! —chillaba Cornelio Léntulo.

—¡Va en serio! ¡Ya ha registrado su propuesta de ley! —chillaba infartado Bruto.

—¡Lo que quieren es su maldita ley agraria! ¡Siempre la maldita ley agraria! —aullaba no menos colérico el Cepión que había logrado vencer a Viriato.

—¡Que se la metan por el culo! —berreaba medio ronco su hermano Serviliano.

—¡Van a destruir Roma! ¡Van a demoler el Senado! ¡Hoy es Flaco y mañana será Graco! —regurgitaba de nuevo Opimio.

Y así hasta treinta senadores más entre censorios, consulares y pretorios en un alarde de magnífica escabechina vocal.

Pompeyo, el anfitrión de aquella reunión, sentado en una cátedra, con las manos tapándose los oídos, se esmeraba en ordenar sus ideas, tratando de buscar el antídoto frente a aquella propuesta atroz y aberrante, pero en verdad que con tanto grito se le estaban hinchando sus nobles y aristocráticas gónadas colgantes.

—¡Basta ya! ¡Parecéis matronas histéricas! —se unió al festival, aunque, eso sí, logrando que todos callaran—. Yo os digo —continuó, ahora bien erguido en la silla—. ¡Yo os digo —repitió, dando botes ante el intento de interrupción de Opimio— que las cosas de la res publica son responsabilidad exclusiva del ciudadano romano! ¡Y así va a seguir siendo mientras yo viva porque no es nadie! ¿Me oís? ¡Flaco no es nadie y está solo en su particular demencia!

—Es solo escoria turbulenta —escupió Opimio.

—Eso es lo que es —porfió Pompeyo ahora en un susurro, proyectando sus ojos saltones—. Y por eso mismo lo que vamos a hacer es arruinarlo hasta que retire su maldita ley. Vamos a ir por él. Porque no tiene poder ni influencia alguna en el Senado. Que le sude el cogote al sentir nuestro aliento. Que se le revienten las tripas bajo nuestro peso. ¡Que se le compriman sus testículos arrugados por nuestras manos poderosas! ¡Que sus piernas se quiebren con nuestros golpes! ¡Que…!

—Pompeyo, es suficiente —frenó tanto ímpetu Bruto.

El pelirrojo frunció los labios, disgustado porque le hubieran cercenado tan poética oratoria.

—Y si nada de eso es suficiente —continuó altivo—, todas nuestras clientelas echarán abajo esa ley con sus votos.

—Pero agitará toda Italia —se retorció Opimio.

—Y fracasará —farfulló Pompeyo con rabia.

—¿Y si no fracasa? —agonizó Lenas.

Pompeyo se estiró aún más, exhibiendo ahora un gesto de locura.

—Flaco ha entrado en territorio enemigo —expelió mortecino—. Su propuesta es sacrílega y abre la puerta a que los súbditos latinos e itálicos ocupen, no solo magistraturas, sino cargos sacerdotales.

—¡Un itálico siendo cónsul, pontífice o augur! ¡Qué ofensa a los dioses inmortales! ¡Qué humillación! —le interrumpió Cepión.

—¡Es una aberración! —le secundó su hermano Serviliano.

Pompeyo contrajo el rostro hasta lo inimaginable.

—Flaco fracasará —masculló entre dientes antes de barrer con sus ojos de huevo a todos los presentes y añadir—: Y si no lo hace, conocerá la ira del Senado. Nunca un itálico nos igualará en dignidad.

—¡Irresponsables! —aulló Lenas, estimulando otra bulla.

—¡El Senado es nuestro!

—¡Traidores!

—¡No compartiremos nada!

—¡El poder es nuestro!

Pompeyo bajó la vista y se tapó de nuevo los oídos hasta que, súbitamente, se hizo el más absoluto silencio. Conocía la causa. Él mismo, sin que nadie lo supiera, había autorizado que lo dejaran pasar.

Cuando elevó la mirada, los treinta senadores contemplaban a Carbón con la boca abierta, hierático este bajo el vano de la puerta de la biblioteca, luciendo una sonrisa tétrica y desagradable.

—Todavía no comprendo por qué te he dejado pasar, pero espero que merezca la pena —desairó Pompeyo.

Carbón, desafiante, se adentró en la sala y no se detuvo hasta que estuvo rodeado por todos, repasándolos sin reserva. Sabía que lo odiaban, como él los odiaba a todos, algo que, en cualquier caso, a la vista de la gravedad de los nuevos acontecimientos, era ya insignificante.

Importándole una minucia su desafiante mutismo en medio de aquella jauría de lobos togados, clavó su mirada en el propio Pompeyo, un hombre, en su opinión, de escrúpulo retorcido y personalidad irritante y desconcertante. Que la muerte de todos los grandes de Roma lo hubiera dejado como cabeza del Senado era una paradoja catastrófica.

—¿Qué haces aquí? —oyó que se inquietaba Pompeyo.

Carbón lanzó un ronroneo felino antes de contestar. Debía hacerlo. No había otra opción. Abrió los agujeros de la nariz para coger aire con el que endulzar su decisión y lo soltó a bocajarro.

—Estoy a vuestro servicio —vomitó.

El silencio se hizo más ruidoso. La treintena de senadores comenzó a cruzar sus miradas, incrédulas algunas, de estupefacción otras y de abierto odio las demás. Carbón era un tipo de la peor calaña, el agitador de masas por excelencia y el azote del Senado, motivos más que suficientes para despeñarlo desde la roca Tarpeya.

Pompeyo, en cambio, lo escrutaba con una mezcla de curiosidad y asco, disfrutando del tufillo a traición que Carbón traía consigo, porque no había que ser muy inteligente para comprender que la propuesta de la ciudadanía romana le había sentado como si le metieran un cangrejo por el orificio de su verga. Y él, obviamente, al mando de una superior visión de las cosas, sabía que aquella oportunidad no podía dejarse pasar.

—¿Has dicho que estás a nuestro servicio? —le preguntó con muchas ganas de divertirse.

—Además de ojos del tamaño de los huevos de un caballo veo que no te faltan unos buenos pabellones auditivos. Es lo que he dicho. ¿Necesitas que te lo repita? —repuso Carbón con disfrutada insolencia.

Pompeyo dejó escapar una risilla traviesa.

—¡Por supuesto, Carbón, claro que no! —celebró después de reír—. ¡Nos alegra saber que vas a ser a partir de ahora el más celoso aristócrata! —exclamó, y puso un gesto de fingida reflexión—. Aunque comprenderás que no podamos fiarnos de ti de este modo tan, digamos, repentino. ¿Lo entiendes? Yo tendré ojos como los redondos y magníficos testículos de un caballo, e incluso unas orejas con las que poder abanicarme, pero no cabe duda de que tu lengua está emponzoñada y que tu rictus apretado son un ejemplo de mal augurio que estremece este cuerpo mío de arriba abajo, ¿no lo crees? —preguntó, y se quedó mirando a Carbón con cara de guasa.

Este no se lo tomó a mal. Bien al contrario, su rostro fue dibujando una sonrisa o algo parecido. Estaba todo dicho.

—Sabréis cuándo mis servicios son necesarios —aguijoneó antes de repasarlos a todos y dejar escapar una leve risita de prepotencia—. Me temo que será más pronto que tarde —intuyó, giró en redondo y se marchó por donde había venido.

Todos rotaron sus cuellos para encarar a Pompeyo.

—¿Por qué lo has hecho? —balbució Opimio con incredulidad.

Pompeyo estiró los labios de oreja a oreja.

—Porque acabamos de privarles a Cayo y a Flaco de su chico de los recados incómodos. Y porque tiene razón. Más pronto que tarde lo necesitaremos —contestó pedante, y estiró su grueso cuello—. Señores, descansemos, el día ha sido agotador. La rogatio se votará en tres semanas. Ese es el tiempo para aniquilarla, tres semanas. No compartiremos nuestra supremacía con latinos e itálicos. Nunca lo haremos. ¡Ja, qué tontería!