Los primeros ecos del desastre
Roma, esa misma noche
—Carbón exige verle.
—¿Exige? —preguntó Flaco, enarcando una ceja.
—Esa ha sido su palabra —confirmó su esclavo.
Flaco resopló aparatosamente y miró a su hijo, con el que estaba cenando. No le sorprendía la visita de Carbón, no después de haber visto su odio a través de aquellos ojos de oscuridad insondable. Resopló una segunda vez, justo cuando su hijo lo llamaba.
—Padre.
Flaco lo miró con cariño. Su hijo lo hacía con devoción.
—Dime, hijo.
—Padre, yo estoy orgulloso de ti.
Flaco iluminó su rostro por aquella muestra de infantil arrojo. Después volteó el cuello hacia el esclavo.
—Que pase —autorizó.
Carbón entró a su manera tradicional, tan fosco como lo era todo en él, enseñando los caninos y con gesto de insuperable asco.
—Hijo, déjanos solos —le pidió Flaco al ver el panorama.
—Oh, no, ¡por Hércules! —chirrió Carbón—, que escuche de mi boca que su padre es un enemigo de Roma. ¡Qué digo, un traidor!
—¡Mi padre no es un traidor! —saltó el niño, y se puso en pie con los puños apretados.
—¡Edepol, lo tienes bien educado en la mentira! —se carcajeó Carbón.
—Hijo, siéntate y quédate —le ordenó Flaco.
Así lo hizo el joven, temblando de rabia como un cachorrillo. Su padre rotó entonces el cuello hacia Carbón.
—Es lo mejor para todos.
—¿Lo mejor? —despreció Carbón antes de contraer todo su rostro—. Desde aquel día en el que Cayo y tú mismo me expulsasteis de vuestras vidas me he sentido traicionado, viejo amigo, y te aseguro que ese sentimiento es el más letal de todas las emociones, de efecto tan devastador que encuentra su epicentro en lo más profundo de un alma dañada para la eternidad. Una traición derrumba puentes y arrasa confianzas —susurró en un recitado que no sonaba a poema de amor—. Por ello —prosiguió tenebroso— no tengas el valor de decirme qué es lo mejor, porque no expulsé de este mundo a perros como Nasica y Emiliano, ni incendié al populacho para soportar la sonrisa victoriosa de miserables como Sexto Pacuvio —rezumó en el odio—. Desde el día que me despreciasteis me he mantenido aun así al margen, pero no, viejo amigo, no, la ciudanía no, eso nunca, no me haréis compartir lo que más amo, mucho más que forzar a mis mejores esclavas. Allá vosotros con lo que queráis hacer, pero vaticino que vuestros cuerpos acabarán flotando en el Tíber. Tal vez sea yo quien los tire a las aguas —Y giró en redondo y se marchó, dejando el vacío y un inmenso reguero de inquina.
—Padre… —balbució el niño impresionado.
Flaco sacudió la cabeza con firmeza.
—Hijo, la grandeza no se construye en la facilidad. Lo que acabas de escuchar es lo que debe hacernos más grandes. Nunca abandones aquello que consideres justo y, sobre todo, hijo, sobre todo, jamás olvides que el bien siempre termina venciendo al mal.
—Nunca lo olvidaré, padre —masculló el joven, sumergido en la más profunda admiración. Su padre no era el enemigo de Roma, lo eran Carbón y todos los que pensaban como él.
—Sigamos cenando, hijo.