El fogonazo de Júpiter
Roma, finales de enero
Flaco, solo y quieto en mitad del atrio de su casa, jugueteó con su anillo de oro. Después estiró su túnica laticlavia y ajustó los pliegues de la toga, algo del todo innecesario porque toda su indumentaria consular, toga praetexta incluida, estaba impecable.
Levantó la vista y avanzó hacia una de las esquinas del atrio, donde se erigía el pequeño larario. Allí musitó las plegarias tradicionales al genio personal y a los lares del hogar al tiempo que ofrendaba un poco de miel, vino y leche.
Enfrascado en estas labores oyó una respiración a su espalda; en realidad, dos.
—¿Me estáis espiando? —preguntó sin volverse.
Las respiraciones cesaron. Sonriente, terminó la ofrenda y se giró, topándose con su hijo Marco y su amigo. Se trataba del sobrino de Cayo, es decir, Tiberio Sempronio Graco, algo más joven que su hijo.
Flaco lo escrutó con atención, viendo a un jovenzuelo que, como su propio hijo, se estaba convirtiendo en un hombrecito tan espigado y noble como lo había sido su difunto padre. No poseía la mirada soberbia y potente de su tío Cayo, pero ya habría tiempo para que el cachorro exhibiera el pelaje y los colmillos habituales en los Sempronio Graco.
Le sonrió antes de adoptar un gesto fingidamente severo.
—¿Me estabais espiando? —insistió.
—¡Oh, no, padre! —se amedrentó su hijo.
—¿Y tú qué haces aquí? —le preguntó a Tiberio.
—He venido para ir a la curia —contestó apurado, pero con un destello de ilusión, como de sentirse partícipe de algo importante.
—Porque hoy es el día, ¿verdad, padre? —saltó a continuación su hijo con los ojos también llenos de emoción. Su padre le contaba muchas cosas, pero él, escondido cerca del triclinium, sin ser visto, escuchaba todas las demás, las que merecían realmente la pena.
—Creo que sí —se atrevió a añadir Tiberio con pueril felicidad.
Flaco suavizó el rostro, observando con cariño a aquellos dos aprendices senatoriales. No contestó. Se limitó a revolver afectuosamente los cabellos de ambos y emprendió el camino a la curia Hostilia acompañado por más de mil clientes y amigos. Necesitaba mostrar músculo y apoyo popular. Quería que Roma entera caminara con él en la senda que estaba a punto de emprender mientras el mismísimo Júpiter, desde las alturas, preparaba el mejor de sus rayos.
Poco después, sentado ya de modo fatuo en la presidencia del Senado, aguardó a que los padres conscriptos ocuparan las bancadas.
En esta espera, sintió, cómo no, que las miradas de muchos de ellos como las de Pompeyo, Bruto, Lenas y Opimio descansaban sobre él con suma inquina, algo que no iba a atemorizarle. Bien al contrario, lo estimulaba más, precisamente tal y como había sucedido en su campaña para ser elegido cónsul.
Y es que los senatoriales habían hecho todo lo posible por destrozarlo. Habían expulsado temporalmente a los extranjeros de Roma al albur de una ley infame propuesta por el tribuno de la plebe Junio Penno. Habían mentido. Habían difamado. Habían movilizado todos sus resortes y clientelas. Habían sobornado. E incluso lo habían acusado de cobarde y de abandonar a su amigo Tiberio la terrible mañana del Capitolio. Pero nada, absolutamente nada habían podido hacer ante una fuerza colosal, la de su amistad con Cayo, el nuevo héroe de Sardinia cuyas gestas en el infierno sardo y en los montes Insani alimentaban la sed de hazañas y triunfos de unos romanos en cuyos corazones seguía latiendo la causa popular, la de la justicia y la generosidad. La de Tiberio, a fin de cuentas, y la de su sucesor, Cayo. Nada vencía esta fuerza.
Hecho el silencio, ignorando altivamente las miraditas de la masa senatorial, despegó al fin sus imperiales nalgas de la silla curul y, bien erguido, con los brazos en perfecto ángulo en función de las caídas de la toga consular, avanzó provocativo hasta colocarse en mitad de la curia Hostilia, rodeado a ambos lados por las gradas en las que se apelotonaban los trescientos senadores, porque no faltaba ni uno.
Mejor. Mucho mejor.
Elevó el mentón.
Su cicatriz no palpitaba, galopaba.
Se la tocó un instante.
Ardía furiosa con el nervio de los caballos de una cuadriga en plena carrera en el Circo Máximo. No era para menos. Allí estaba él, luciendo las insignias consulares, aupado por su prestigio y por los éxitos de su amigo Cayo, en sí mismo un templo a la Virtud, como había glosado al parecer el propio Orestes; o un preludio de demagogia, como había graznado por el contrario Pompeyo en una sesión senatorial al conocer las noticias de Sardinia. Pues que se ahogaran todos en ese preludio de virtud, que no de demagogia. Que se arrancaran la piel, la nariz, los ojos y los oídos si no querían ver, oír, sentir ni oler lo que estaba a punto de suceder. La chispa purificadora de Júpiter los iba a calcinar a todos como el rayo que cae cuando y donde le viene en gana, es decir, sin avisar y de modo fulminante.
Comenzó.
—Patres conscripti, soy cónsul, sí lo soy —formuló con cierto retintín—. Pero naturalmente no es esto lo que hoy quiero recordaros por mucho que me congratule hacerlo —continuó, chinchón, al tiempo que se sucedían las caras mustias—. Siendo como soy cónsul —incidió— es evidente que todos esperáis de mí que sea un buen cónsul, pero yo espero de mí mismo algo mucho mejor. Sí, por supuesto —dijo mientras giraba sobre sí mismo—, espero de mí mismo ser un buen romano. Sí, eso he dicho, ¡ser un buen romano! —voceó de pronto, sin dejar de girar sobre sí mismo—. Porque ¿acaso no lo fue esta cámara cuando, solidaria con los pueblos latinos e itálicos, decidió que debían respetarse los tratados y atribuir a los cónsules los poderes judiciales sobre la reforma agraria? ¿No fuisteis entonces buenos romanos? ¡Pues yo voy a dar un paso más en favor de nuestros hermanos! —pasó de pronto al grito más eléctrico, armando el brazo para soltar la descarga—: ¡Y por eso hoy y aquí anuncio que voy a proponer ante la asamblea del pueblo una ley para que les sea concedida a los latinos y a los itálicos la ciudadanía romana! ¡Sí, habéis oído bien, la ciudadanía para los que la quieran y el derecho de apelación para quienes no la ansíen todavía! ¡Eso voy a hacer! ¡Concederé la ciudadanía!
Y Flaco lo vio caer, el rayo, fulgurante y precioso.
Su estallido fue ensordecedor, desmesurado e inimaginable.
No descargó en cualquier sitio.
Lo hizo justo en la frente de Pompeyo, entre ceja y ceja.
El rostro del picentino se ennegreció, sus cabellos pelirrojos se pusieran en punta y sus brazos y piernas se agitaron con vida propia.
Pero el rayo era poderoso y ansiaba más víctimas.
Del cuerpo de Pompeyo salieron despedidas cientos de veloces chispas. Las primeras alcanzaron a Opimio, que inició una vibración corporal nunca vista antes ni en los ataques comiciales.41
Las centellas no se detenían y una milésima de segundo después contraían al fornido Bruto, calcinaban las viruelas de Lenas y crispaban al resto de los senadores, todos ellos dando ya brincos, agitados como demonios, cegados muchos, con un incontrolable hipo otros y con la imposibilidad de hablar sin tartamudear en casi todos.
El desbarajuste era épico.
Acalambrados, con las mandíbulas desencajadas, era indiferente la gens de que se tratase. Los Cornelios, Fabios, Junios, Livios, Sulpicios, Hostilios, Metelos y Julios Césares y demás miembros de las grandes familias iniciaron una sarta de calificativos en su honor, en el de Marco Fulvio Flaco, que permanecía en pie como el coloso de Rodas.
—¡Traidor!
—¡Que lo destierren!
—¡Eso jamás!
—¡Inaceptable!
—¡Hijo de perra!
—¿Has perdido el juicio?
—¡Cara culo! —llegó a oírse al tiempo que Flaco regresaba pausadamente a su silla curul con majestuosa calma. Se sentó, ajustó los pliegues y elevó la vista con indiferencia, precisamente para ver que Pompeyo se ponía en pie. Sus cabellos humeaban. Hasta los pelos de las cejas, electrificadas, se propulsaban ridículamente hacia adelante.
Tuvo que contenerse la risa.
Pompeyo fue levantando su mano con el dedo índice extendido hasta que lo apuntó tembloroso. Su respuesta fue breve y rotunda.
—Nunca.
Y se dejó caer en su asiento como agotado por tamaño esfuerzo al tiempo que la cámara arremetía de nuevo contra un Flaco soberbio en medio de la jauría.
—¡Que lo destierren!
—¡Vendido!
—¡Hijo de perra!
—¡Chupavergas! —se oyó entre los más rabiosos.
Flaco se mantenía firme como las pirámides egipcias, y cuando le pareció suficiente se puso en pie y caminó cual dios inmortal en medio de la tempestad. Eso sí, poco antes de alcanzar el vano de las enormes puertas frenó su controlado avance y miró hacia atrás de soslayo.
—Podéis gritar hasta que las ranas críen pelo —desdeñó—. No cejaré en mi propuesta. Ceded —añadió imperturbable mientras cruzaba su mirada con un hombre de profundísimos ojos negros. La mantuvo así unos instantes. Carbón también. Después emprendió la marcha y emergió a la luz del día, dejando a su espalda una escandalera homérica. La cicatriz no le palpitaba ni galopaba. Volaba.