Un templo a la virtud
Cornus (Sardinia), durante el invierno
Orestes tenía un serio problema. La isla estaba medianamente bajo su control, cierto. La rebelión misma menguaba en el corazón de las montañas tras haberlo arrasado todo cual gigante arrastrando un arado, cierto. Y incluso sus legionarios lo respetaban y ya nadie se reía disimuladamente al verlo pasar o al hablar, porque tan tonto no era. Era capaz de darse cuenta de la realidad de las cosas y de que secretamente le llamaban el «cónsul gatito», lo que, llegados a este punto, incluso le agradaba porque, al fin y al cabo, caía bien a los hombres.
¿Dónde radicaba entonces su problema?
Pues lo hacía en que el invierno había caído sobre Sardinia de un modo tan extraordinario, rápido y gélido que el ejército se estaba muriendo de frío. Los hombres enfermaban, después tiritaban hasta que los dientes les rechinaban y finalmente morían con la sangre helada.
Y era un desastre.
A ese devastador ritmo —porque caían por cientos—, cuando llegara la primavera no iba a disponer de tropa.
Alarmado en extremo, había enviado una carta al Senado solicitando ropa de invierno y suministros, pero los padres de la patria, incomprensiblemente, le habían dado con la puerta en las narices. «El cónsul debe buscar otro modo de remediar a sus legionarios», decía la misiva de contestación de los augustos padres conscriptos.
Y Orestes, por muy mustio que fuera, estaba en estado de furia.
—¡Esos afeminados son unos miserables egoístas! ¡Les metería hielo por el culo! —bramó una noche en el pretorio después de lanzar a un brasero el despacho senatorial.
—Tal vez a algunos les gustara —dijo con su particular sátira Marco Emilio Escauro—. Lo digo porque muchos de ellos lucen enormes almorranas gracias a las comilonas de las que nosotros no podemos disfrutar aquí —corrigió de inmediato al sentir que, esta vez, de los ojos del cónsul salían despedidos finos y afilados cuchillos. Y es que Orestes no estaba para sarcasmos.
La música celestial, en cambio, voló de nuevo hasta sus pabellones auditivos cuando Cayo, presente en la reunión, habló.
—Si el cónsul lo autoriza, yo reuniré la ropa de abrigo y víveres. Nos lo proporcionarán las ciudades de la costa —dijo con la seguridad con la que resonaba el estallido de un látigo, es decir, firme e inevitable.
Orestes no se lo pensó un solo instante. Que el Senado chillara como un cerdo en la matanza si Cayo tenía éxito. Que los senadores se escandalizaran como vestales ridículas cuando un hombre les enseñaba su falo erecto en mitad del foro. Le era indiferente. Si Pompeyo y comandita querían arruinarlo por no eliminar a Cayo, les iba a devolver a un hombre aún más fuerte.
—Hazlo, Graco, consigue todo cuanto puedas —apoderó.
Cayo, acompañado por su fiel Matón, se puso manos a la obra de inmediato. Escribió cartas a amigos y clientes de Italia y Numidia y descendió a caballo por el camino de la costa, siempre hacia el sur.
Tharros, Otholca, Neapolis, Sulci, Bithia y Nora fueron las principales ciudades de su viaje hasta alcanzar Caralis dos semanas después. Y en todas y cada una de sus escalas las élites y magistrados locales, felices por poder prestar ayuda a un joven cuyo nomen y cognomen evocaba buen trato, lealtad y honradez, no solo le prestaron de buen grado la ayuda necesaria en forma de miles de túnicas gordas, capas, zapatos de cuero y alimentos, sino que incluso abrieron de par en par sus puertas para alojar en sus casas a los legionarios. Como le había sucedido antes a su hermano Tiberio en Numantia, el paso de su padre por aquellos lares y su reguero de moderación y diplomacia solo le reportaba beneficios.
Contribuyó también no poco que desde su llegada a la isla, tal como había prometido, las sociedades de publicanos y banqueros romanos habían minorado notablemente la recaudación de tributos, dejando a un lado igualmente la usura y la confiscación de bienes e incluso la esclavitud por pequeñas deudas. Cayo cumplía sus promesas y las élites sardas, en consonancia, sabían apreciarlo y agradecerlo.
Cayo regresó a Cornus un mes después.
Fue recibido con honores por el propio Orestes.
—Tus pruebas de valor, justicia y respeto hacia mi persona y tus responsabilidades no tienen parangón, joven Graco —le dijo, y lo abrazó al tiempo que aprovechaba para decirle al oído—: Si querían arruinarte en esta isla de cabras, solo están consiguiendo construir un templo a la virtud. —Y ya se separaba cuando añadió con una sonrisa de feliz picardía—: Por cierto, contra viento y marea, pese a las difamaciones y mentiras, tu amigo Flaco ha sido elegido cónsul.
Cayo, rodeado y vitoreado por el ejército, miró al cielo, allí donde las nubes se arremolinaban y componían la melodía de una nueva y bella tormenta en un espectáculo de truenos y fogonazos luminosos.
El rayo de la ciudadanía concentraba toda su energía para descargar del modo más inesperado y colosal.
Esperaba que lo hiciera sobre las cabezas de Pompeyo, Lenas, Bruto y Opimio, cuyas figuras tétricas se retorcerían abrasadas.
Su regreso a Roma estaba más cerca.
Él mismo era ya una tormenta que se alzaba en el horizonte con el poder de arrancar estatuas de sus pedestales.
Y el bueno de Matón era capaz de advertirlo.
—Los hombres hablan —le tarareó esa noche mientras cenaban en la taberna de oficiales del campamento.
Cayo elevó una ceja.
—¿Qué hablan?
—Empleando sus palabras, dicen que el Senado es un saco de mierda que solo quiere acabar contigo. Están indignados, mucho más desde que el Senado ha decidido prorrogar el mando a Orestes. Saben que es una triquiñuela apestosa porque como cuestor tienes la obligación de permanecer siempre a su lado en la provincia.
—¿Y qué más dicen? —persistió Cayo. Aquello era demasiado sabroso como para no probarlo.
Matón lo miró a los ojos.
—Todos ansían que vuelvas y que te presentes al tribunado de la plebe. Se les ha metido en la cabeza la idea de que guardas un plan en tu cabecita inteligente y que con él podrás encular a los padres conscriptos, que es lo que se merecen, siempre usando sus palabras. Creen que Nasica ya pagó por matar a tu hermano. Que Emiliano también lo hizo por legitimar su muerte. Pero que faltan otros que también han de pagarlo.
—¿Y tú qué piensas, amigo? —le dijo Cayo, manteniendo siempre la mirada en alto, sin que Matón la retirara.
—Pienso que espero que llegue el día en el que pueda acompañarte en el foro —declamó con orgullo—. Lo que hace el Senado es indigno de su autoridad. Todos ansían que vuelvas, yo también. Y todos te darán su voto, yo también. Para ellos, y para mí, eres el ejemplo a seguir, el hombre que los has salvado de morir congelados en el invierno, el hombre que atravesó los montes Insani y el hombre que ha traído a la isla justicia y honradez, poniendo coto a los abusos de los publicanos. No aceptan que el Senado te trate así, aunque…
—¿Aunque qué?
—Aunque creen que, siendo egoístas, prefieren que te quedes aquí con ellos en lugar de volver a Roma —dijo Matón, y le guiñó el ojo.
Cayo soltó una pequeña carcajada.
—¿Eso piensan? —dijo entre risa y risa.
—Cayo —le dijo de pronto Matón de un modo tan solemne que cesó en su risa y lo miró muy atento—: Todos, tribunos, centuriones, legionarios y yo mismo, todos, estamos de acuerdo en afirmar que Tiberio fue el tribuno de todos, y que tú también puedes serlo. Es más, debes serlo. Eso piensa todo el ejército en Sardinia.
Cayo no pudo sino esbozar una sonrisa tan brillante como humilde, en parte superado por aquellas palabras. Se puso en pie, rodeó la mesa hasta colocarse junto a Matón y posó su mano en su hombro.
—Gracias —le dijo, y ya se marchaba cuando Matón lo llamó.
—Cayo.
—Dime.
—¿Hay algo de lo que he dicho que no sea cierto?
Cayo lanzó un ronroneo divertido.
—Nada —contestó jovialmente, y se marchó a su tienda al tiempo que todos los oficiales se giraban a su paso y asentían con respeto, mostrándole, sin decir nada pero diciéndolo todo, su completo desacuerdo con la miserable maniobra senatorial para mantenerlo alejado de Roma.
Con todo, el Senado tenía derecho a hacerlo, y solo era un año.
Podía tolerarlo.
Solo un año, nada más.
Después, todos habrían de pagarlo, todos y cada uno de ellos.