Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El graznido
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El graznido

Roma, inicios de octubre

Lucio Opimio levantaba las baldosas palatinas en cada uno de sus pasos. Por la boca echaba espuma, fuego por los ojos y vapores de azufre por las orejas. Decir que estaba furioso era una ofensa. Ansiaba matar.

No tuvo que echar abajo el portón de la domus de Pompeyo. El portero, al verlo venir, tuvo a bien dejarle pasar.

Opimio llegó con su propia inercia hasta el tablinum, desplomándose con violencia en uno de los sillones. Allí permaneció quieto, con mirada asesina clavada en el techo y respiración animal hasta que decidió activar su lengua viperina.

—Imagino que todos estáis al corriente —siseó con letal sentido.

Pompeyo agitó en su mano un papiro desenrollado.

—Es de Orestes, estamos enterados —farfulló mortecino.

Lenas, omnipresente como los demás, se irguió sobre su asiento.

—No solo consiguió cruzar los montes Insani, ese nido de rebeldes furiosos, sino que ha sido capaz de eliminar en dos meses todos los puestos que servían a los sardos de fondeaderos para recibir refuerzos desde Corcira —musitó entre dientes.

—Todos y cada uno de los de la costa —confirmó Pompeyo.

—Para después unirse a Orestes en Olbia y regresar ambos a Cornus arrasándolo todo —concluyó Bruto con la mirada perdida, pero con ciertas dosis de admiración. Él era, de los reunidos, el único con gestas militares de relevancia, y sabía apreciar el valor.

No así Opimio, tan sumamente rabioso, más por aquel tonillo de asombro de Bruto, que terminó por liberar su cólera.

—¡Orestes es un imbécil! ¡Un auténtico imbécil! —regurgitó entre estertores, dicho lo cual la ira se le aceleró aún más. Pegó un brinco, tomó una copa de vino y la estampó contra una pared en la que se representaba una bella pintura de Aquiles arrastrando a Héctor.

Pompeyo, Bruto y Lenas vieron volar el artefacto, se sobresaltaron lo justo con el impacto y giraron de nuevo sus cabecitas para seguir a un Opimio que aún no había terminado.

—¡Orestes nos ha meado en la cara y Graco ha venido después y nos ha defecado en la coronilla! ¿Esto es el pacto de las uvas? ¡Pues me cago en todos los pactos! ¡Habría sido mejor mandarlo a una plácida provincia como Sicilia, pero no donde pudiera encima dar muestras de valor! ¿Es esta tu manera de hacer las cosas, Pompeyo? —vomitó en su propia arcada.

—¿Tienes otra? —centelleó Pompeyo con suma arrogancia.

—No, no tengo otra —rumió Opimio con un gruñido, consciente de haber ido demasiado lejos.

—Sardinia es asesina. Hay tiempo —intervino Lenas.

—¡Por todos los dioses! —se contrajo nuevamente Opimio—. ¿Desde cuándo sois tan ingenuos? ¿No veis que nos están preparando una emboscada?

—No —repuso Bruto, indolente.

—No —bisbiseó Lenas.

Opimio puso los brazos en jarras, miró a lo alto y resopló aparatosamente. Solo habló tras hacer descender su mirada como quien cae al inframundo.

—Hace un tiempo se vio a Pacuvio entrar en la casa de Flaco con su habitual gesto de vanidad torcida —recordó susurrante—. Pero al rato se le vio salir como si llevara una carta con laurel anunciando una victoria. Nos la están preparando…

—Es cierto. Los aliados están revueltos —musitó Lenas.

—No es de extrañar con idiotas como Lépido en Teano o el joven Atilio Serrano en Venusia —bufó Bruto.

Opimio dejó enseñar sus perfectos caninos.

—Yo también desprecio a los aliados reivindicativos —masculló, contrayendo sus labios—, pero a Lépido y a Atilio Serrano habría que arrancarles los ojos por su estupidez. ¡Son otros imbéciles!

Bruto cabeceó reflexivo.

—En las elecciones a tribunos de la plebe —barruntó—, Roma se llenó de itálicos que no dejaron de cuchichear y de quejarse por unas injusticias que no son tan graves.

—Y no podemos permitirlo —se apresuró Opimio—. Influyen y presionan al votante romano con ideas pervertidas.

—Luego, debemos impedir que estén en Roma —concluyó Lenas antes de levantar la vista y preguntar—: ¿Pero cómo?

—Matándolos a todos —dijo Opimio al tiempo que azotaba el éter con su mano y provocaba sin solución de continuidad que los demás lo miraran con ojos extraviados—. ¡Oh, por todos los dioses, es una manera de hablar! —despotricó defensivo.

Pompeyo asintió sin dejar de mirar a Opimio y rumió unas palabras ininteligibles antes de tomar el control de la reunión.

—Impedir que estén en Roma… —repitió pensativo—. Solo podremos hacerlo aprobando una ley en una asamblea popular —dijo.

—Una que prohíba en un tiempo la entrada de extranjeros en Roma —propuso Opimio como una centella.

—Es buena idea —secundó Lenas.

—Y yo conozco al tribuno de la plebe dispuesto a ello. Ninguno de sus colegas se atreverá a vetarlo —barbotó Opimio.

—Marco Junio Penno —intuyó Bruto.

—Exacto —siseó Opimio.

Pompeyo apretó los labios y los catapultó hacia fuera en señal de conformidad. La agitación de los aliados era peligrosa, más todavía si buscaban ahora el apoyo de turbulentos por naturaleza con un Flaco que estaba a punto de presentarse a cónsul.

—Que lo haga —aprobó magnánimo—. Que Junio Penno haga aprobar esa ley. Debemos prevenir antes que lamentar, además de activar nuestras clientelas ante las elecciones consulares. Flaco no debe ganar.

—Sobornemos también entonces —propuso Lenas con placer.

—Por supuesto —aprobó Pompeyo.

—Será necesaria una campaña de difamación contra Flaco. No nos resultará complicado —añadió Bruto.

—Por descontado —autorizó Pompeyo.

—Ya, ¿pero Cayo? —recordó sibilinamente Opimio—. Flaco aún será más peligroso si Graco vuelve y lo acompaña por el foro.

Pompeyo se encogió de hombros.

—Esperemos que un venablo sardo lo envíe antes al Averno.

—¿Y si tal cosa no ocurre? —rezumó Opimio.

Pompeyo volvió a encogerse de hombros.

—Muy sencillo. Vamos a hacer que el Senado prorrogue el mando a Orestes hasta que en su entrepierna críen los piojos.

—Luego Graco no podrá regresar a Roma en mucho tiempo. No puede abandonar a su cónsul —farfulló Opimio con una de sus mejores expresiones de locura.

—¿Apruebas esta forma de hacer las cosas? —le interpeló Pompeyo con todo retintín. Un bufido de Opimio confirmó que estaba de acuerdo—. Es más —añadió Pompeyo—, no solo conseguiremos que Orestes sea un eterno procónsul, sino que le negaremos también toda ayuda que solicite, ya sean provisiones, armas o abrigo. Que se mueran todos en aquella maldita isla de pastores y ovejas castradas, pero, por supuesto, ¡es solo una manera de hablar! —dijo con sarcástica sonrisa, parafraseando a Opimio y justo antes de poner cara de disgusto y señalar el magnífico estropicio de la pintura de Aquiles y Hector—. Vas a pagármela. Vale una fortuna —le exigió a Opimio.

Este sonrió de oreja a oreja. Su cólera había cesado.

—Aún mejor. He observado que la pintura no era del todo, digamos, interesante. De hecho, es mediocre —se despachó—. Mandaré a mi pintor personal para que le dé la calidad y el atractivo necesario. Es un reputado maestro de Atenas. Quedarás de lo más satisfecho. —Y se marchó dejando atrás a un Pompeyo que no daba crédito. Opimio era odioso, pero mucho más Cayo. Que se pudriera en Sardinia. Eso era lo relevante. Lo demás, incluido Opimio, podía tolerarlo.