Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una sonrisa socarrona
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Una sonrisa socarrona

Campamento romano en Olbia, comienzos de septiembre

Orestes leía en su tienda de mando los despachos senatoriales cuando comenzó a escuchar lo que parecía un murmullo. Levantó la vista y aguzó el oído. Apenas un instante después el rumor era un clamor, corriendo el pretorio el riesgo de ser arrasado por un torbellino de legionarios entusiasmados que pasaban a la carrera.

No se lo pensó dos veces. Lanzó por los aires la carta del Senado y abandonó apresuradamente la tienda de mando, topándose con cientos de legionarios que se desparramaban hacia la puerta pretoria.

—¡Están aquí! —se atrevió a decirle a su paso un centurión que galopaba al igual que los demás.

Orestes, precedido ahora por su lictores, se abrió camino entre la masa legionaria hasta ponerse en primer lugar, encontrándose poco después ante el campo abierto y una columna que se acercaba entonando cánticos vulgares y ordinarios. La encabezaba un Cayo Sempronio Graco imperial bien elevado sobre su caballo.

Orestes no pudo evitar que en su rostro se dibujara una sonrisa socarrona, justo cuando se escurría hasta colocarse a su lado el no menos socarrón Marco Emilio Escauro.

—Los cuervos van a graznar hasta quedarse roncos —le dijo el tribuno con mucha sorna.

Orestes dejó escapar una risita. Escauro era un tipo un tanto impertinente y zorrero, aunque en la medida necesaria para ser algún día un grande de Roma. No había más que verlo para apreciar tales virtudes.

En cualquier caso, le importaba ya un bledo que Pompeyo y compañía lo quisiesen despedazar vivo. Había hecho ni más ni menos aquello a lo que le habían instigado con su odiosa malicia.

Que Cayo volviese ahora del infierno, ya no era su problema. Más no podía hacer. Y en verdad que incluso se alegraba de corazón.

Cayo solo merecía honores.

—¡Que graznen, Escauro, que graznen! —exclamó—. No hay nada más divertido que imaginar a un cuervo afónico. —Y salió al encuentro de su cuestor con los brazos exageradamente abiertos.

Detrás lo hizo el ejército entero.