Tragándose el orgullo
Roma, comienzos de julio
Pacuvio frenó sus pasos abruptamente ante el portón de la domus palatina de Flaco. Brincaba de furia y sudaba a chorretones en una Roma desierta en la que no había romano que no estuviese sumergido en el Tíber o, en el caso de los senadores, ocultos a la sombra de sus lujosas villas de Gaeta, Cumas o Miseno. Solo Flaco parecía estar en aquella maldita ciudad de cretinos y engreídos.
Respiró una vez. Respiró dos veces. Su orgullo pugnaba por salir corriendo de allí. Su inteligencia lo sujetaba. Flaco era la única opción.
—Llama a la puerta —le bufó finalmente a un esclavo.
Poco después era conducido hasta el tablinum, encontrando a su anfitrión detrás de un enorme escritorio, apenas a la vista por un colosal amontonamiento de rollos de pergaminos.
Flaco, que escribía febrilmente una carta, no levantó la mirada.
Pacuvio respiró otra vez. Respiró dos. A la tercera carraspeó.
Solo en ese momento Flaco se dio por aludido. Separó la vista de la carta y dejó el cálamo muy despacio, luciendo un rictus que Pacuvio no supo discernir, si de maliciosa diversión, de regodeo, de sorpresa o de interés. Tal vez todas a la vez. Pero Flaco era la única opción.
—Estás enterrado en correspondencia —detonó la conversación Pacuvio con gesto altivo y ofendido. Era algo a lo que no iba a renunciar.
—Es lo que hace quien aspira al consulado —repuso Flaco con algo de sorna, y añadió—: He de recibir clientes sin cesar para recordarles que los necesito después de tantos favores que mi familia y yo les hemos concedido durante años. Y debo escribir cartas una detrás de la otra antes de entrevistarme con publicanos, contratistas, grandes hombres de negocios, navieros, dueños de compañías de esclavos y demás miembros de los caballeros y de las primeras clases. Todo apoyo es poco —dejó caer sin perder su tonillo irónico, y se quedó mirando a Pacuvio como el niño que espera un regalo. No era tonto en absoluto. El percance de Teano Sidicino había escocido a los itálicos como si les pusieran hierro candente en el ano. Lo del boyero de Venusia era la gota que colmaba el vaso. El fuego corría por toda Italia, calcinando de humillación a personajillos muy relevantes como Pacuvio, dispuestos a ofrecer y a ceder. Los astros se alineaban. El cónsul Lépido y Atilio Serrano le estaban haciendo el trabajo sucio—. Y bien, Sexto Pacuvio, ¿qué quieres? —lanzó, divertido.
Pacuvio estiró el cuello, persistiendo en su cara de desagravio. Quería decirlo, pero su vanidad le tapaba la boca.
—¿Has venido solo para estar ahí delante sentado como un pasmarote? —insistió Flaco.
Pacuvio tomó un pañuelo y se lo pasó por la cara y el cuello, empapándolo de sudor. No le salían las palabras.
—Sabes a qué he venido —farfulló finalmente—. Y sé que aunque habéis sido nuestros mayores enemigos con vuestra incansable reforma agraria, este es el lugar en el que debo estar aquí y ahora.
—Tal vez lo sea —canturreó Flaco—, pero aún no sé a qué has venido —murmuró con indisimulado placer.
Pacuvio estiró el rictus.
—Exijo una condición.
—Soy todo oídos.
—Dame una sola razón para confiar en ti —demandó Pacuvio a su manera impertinente.
Flaco solo hizo un movimiento, elevar el mentón. Estaba justo donde quería estar. Y tenía justo lo que quería tener.
Endureció el rostro antes de hablar.
—No te voy a dar una sola razón para que confíes en mí —espetó, duro como el mármol—, pero lo voy a decir una sola vez, Sexto Pacuvio de Fregelas. Sí, sé a qué has venido, pero no vais a tener la ciudadanía romana a cambio de nada. No descenderé al inframundo por pura generosidad por mucho que gane en mi corazón un sentimiento de justicia para con vosotros. Solo lo haré si con este favor mayor retiráis vuestra oposición a la reforma agraria. Si tanto ansiáis la ciudadanía para dejar de sufrir la deshonra que os aflige, retirad los litigios que la paralizan. Esta cicatriz que surca mi cara es vuestro único aval. Dadme lo que os pido y en la curia será la primera vez que un cónsul de Roma proponga extender la ciudadanía de Roma a todos los aliados. ¿Te es suficiente?
Pacuvio ronroneó una leve risita. La idea de ir allí era de Numitor, pero sería a él a quien los aliados aclamarían.
—¿Esta propuesta te hace gracia? —bufó Flaco.
—¿Él también lo apoyará?
—Si te refieres a Cayo Graco, sí, lo apoya.
Pacuvio se retiró el sudor por enésima vez, pero ahora con ojos centelleantes Se puso en pie y ofreció su mano regordeta.
—Retiraremos los litigios. Los terratenientes latinos e itálicos estimamos preferible el derecho de ciudadanía romana a la posesión de la tierra —afirmó presuntuoso.
—Al tiempo que los campesinos latinos e itálicos podrán beneficiarse de los repartos de ager publicus. En tu júbilo no los olvides a ellos, todos ganáis —se regodeó Flaco, estrechando su mano.
—Sí, claro, ¡por supuesto! —exclamó Pacuvio con un gesto de desaire—. ¡Por ellos también! ¡Todos ganamos!