El cuarto día, cerca del mediodía
Los gritos de sus hombres rebotaban en las cavidades interiores de su cabeza con más fuerza que nunca. Temía incluso que su cráneo llegara a explotar por la colosal potencia de aquellos aullidos de miedo, dolor y arrojo, pero lo más probable era que le reventara antes por el impacto de alguna de las jabalinas y proyectiles con los que los sardos los estaban acribillando en el aquel desfiladero.
El ataque al amanecer había sido el más furioso de todos, probablemente porque los sardos estaban rabiosos por no haberlos aniquilado todavía. Por ello, siempre invisibles, siempre desde las alturas, vomitaban hierro para evitar que se les escaparan. La emboscada, o más bien matanza, era la más brutal de todas.
—¡O salimos ya de aquí o estamos muertos! —le gritó Matón protegido por un grueso árbol.
Cayo, con su espalda adosada igualmente en otro tronco, resopló como un toro. El sudor le caía por la sien y su corazón bombeaba litros de sangre violenta. Matón solo le acababa de recordar lo que era obvio: o se abrían camino o ninguno llegaría esta vez a ver la noche.
Miró a su alrededor.
De sus seiscientos hastati, sobrevivían poco más de trescientos. Y de los que aún seguían en pie, a algunos los había visto salir disparados en desbandada, incapaces de soportar tanto horror.
Estarían ya muertos.
Otros, desperdigados por aquí y por allá, respiraban por el amparo de los troncos, aferrados a ellos, con el pavor en sus gestos desencajados, mirando a todas partes mientras los árboles se astillaban por los impactos feroces de las jabalinas. Los menos permanecían en formación cerrada en la depresión del desfiladero, con los escudos en alto, soportando la ira que caía a plomo desde las vertiginosas laderas elevadas sobre sus cabezas.
«¡Pac, pac, pac, pac».
Era la incesante melodía que llegaba a oídos de todos.
«¡Crac!».
Era el ruido sordo de los mismos dardos y proyectiles de honda cuando destrozaban un cráneo.
—O salimos de aquí o estamos muertos —oyó Cayo que repetía Matón, pero esta vez con estremecedora calma.
Cayo asintió muy despacio. El mar y la ciudad aliada de Turris Libisonis estaban a apenas siete millas, tan cerca pero tan lejos.
Inhaló profundamente y asomó parcialmente la cara. Una piedra lo golpeó en el rostro, por fortuna en la orejera metálica del casco.
—¡Maldita sea! —chilló enfurecido, quitándose el casco aboyado y lanzándolo al suelo con desesperación.
—Ni se te ocurra asomar la cabeza de nuevo —le rogó Matón.
Cayo lo ignoró.
Tenía que sacarlos de allí, a todos. Si el Senado lo quería muerto, que muriese solo él, pero no sus hombres. No lo merecían.
«¡Pac, pac, pac!».
«¡Crac!».
Era desquiciante.
Asomó de nuevo su rostro, muy despacio.
Con uno de los ojos pudo ver la salida del desfiladero, luminoso como si fuese un haz que abre sus brazos para recibir a los muertos.
Ninguno llegaría vivo hasta allí.
Miró a las alturas.
Las jabalinas descendían como asesinas gotas de lluvia. Uno de sus hombres, con el pánico en el rostro, uno que había perdido el escudo y el casco, se alejó del tronco que lo abrazaba y echó a correr. Un enorme dardo se precipitó en vertical y le entró por la parte superior del cráneo. La cara y la mandíbula se le destrozaron y la jabalina le salió por el cuello. Se derrumbó como un guiñapo y cayó rondando por la pendiente.
«¡Pac, pac, pac!», seguía oyéndose como un martilleo constante.
«¡Crac!», de nuevo cuando los sardos hacían diana.
—¡Que nadie se mueva! —ordenó a voz en grito antes de apoyar la cabeza en el tronco, cerrar los ojos y tratar de pensar.
«¡Pac, pac, pac!».
Aquel maldito soniquete podía volverlo loco.
«¡Pac, pac!», persistía.
«¡Crac!».
Cerró aún más los ojos.
Y dejó de oírse.
Abrió los ojos.
El bosque, la montaña sarda y el calor asfixiante los envolvía. Los estrangulaba por todas partes. Pero seguían sin oírse las jabalinas.
Tenían una oportunidad.
—¡Todos preparados a mi orden! —aulló enfervorizado.
—¡Todos a la orden de Graco! —reverberó Matón.
Los legionarios se tensaron y aferraron sus gladios y escudos.
—¡Han agotado sus venablos! ¿Me oís? —rugió Cayo.
—¿Lo habéis oído? —repitió Matón desde el árbol vecino.
—¡Lo hemos oído! —gritó un grupo de legionarios.
—¡Esperamos la orden! —confirmó otro de los grupos.
Y así sucesivamente el resto de los hombres y los contubernios, aisladamente o en conjunto, dispersos todos en un radio de cien pasos.
—¡Solo hay una salida y está en las alturas! —bramó Cayo con augusto imperio—. ¡Cuando yo lo diga formad una línea de escudos y cargad hacia arriba! ¡Vamos a mirar a los ojos a esos malnacidos!
Un grito de nervioso convencimiento se elevó por encima del bosque sardo. Se apretaron entonces los dientes. Se cogió aire. Se tensaron lo músculos. Y se esperó.
—¡Ahora! ¡Todos hacia arriba! —aulló Cayo.
A su orden, trescientos legionarios mugiendo como animales formaron un compacto muro de escudos y echaron a correr ladera arriba.
Los árboles, como en tiempos le había sucedido a la falange macedónica en Pidna, les obligaban a romper la línea, pero la cerraban de forma matemática y perfecta al superar el obstáculo.
Comenzó de nuevo la lluvia.
Aún les quedaban venablos.
—¡Por todos los dioses, arriba! —conminó Cayo, corriendo el primero como el que más, asfixiado pero lleno de furiosa subsistencia.
No iba a darles el placer de su muerte.
Y no pensaba en los sardos.
Lo hacía en el Senado.
En su mente daban brincos cual bufones Pompeyo, Lenas, Opimio y Bruto. Que temblasen todos. Porque no iba a dejar piedra sobre piedra. A su regreso, Roma no se iba a reconocer a sí misma.