El segundo y el tercer día
La huida era agónica, siempre en busca de la costa norte de la isla, cruzando ríos, sorteando gargantas, arañados por la agresividad del bosque, corriendo sin detenerse, sedientos y sin apenar dormir y comer, acosados por jabalinas y dardos frente a un enemigo invisible.
—Pero no nos atacan cuerpo a cuerpo —insistía Cayo, quemando millas bajo sus pies, diez el segundo, otras diez la tercera jornada—. ¡O no tienen el valor suficiente o no son tantos! —bufaba con la mirada siempre al frente, empujando a sus hombres. Sus huesos no iban a alimentar una tierra sarda que parecía querer aniquilarlos en una continua muestra de obstáculos, barrancos y gargantas.
Solo la noche les daba tregua, pero ellos no se detenían. Estaban exhaustos, Cayo el primero, Matón el segundo.
Al amanecer del cuarto día aún estaban vivos.
Ya olían el mar.