El infierno sardo
Montes Insani
La columna de Cayo no avanzaba en una sola línea, sino en varias separadas por unas decenas de pasos, serpenteando entre los árboles y afloramientos rocosos, siguiendo el curso de las sendas naturales, sorteando malezas, atravesando cauces de aguas insanas, escalando pendientes y descolgándose por otras, siempre con la luz triste y sofocante bajo la tupida cubierta de un bosque infinito en el que las cigarras y los pájaros cantaban con estruendo. Los hastati de Cayo, por el contrario, marchaban mudos, evitando los impactos del metal, sigilosos como los ciervos. Eso sí, todos estaban empapados por un calor que no podía huir hacia el cielo.
—¡Es asfixiante! —protestaba Matón de vez en cuando.
—No debe de serlo tanto cuando hablas sin parar —le reprochaba Cayo, medio en broma, medio en serio.
Al comienzo de la tarde, sin embargo, Cayo comenzó a inquietarse. Miraba y miraba a todas partes, pero sobre todo hacia los lados y hacia arriba.
—Yo también lo veo —susurró Matón, que marchaba detrás.
Cayo detuvo sus pasos. Todos los hombres a su alrededor hicieron lo propio, contagiando al resto de columnas paralelas.
—Las laderas son cada vez más empinadas —farfulló.
—Desde hace ya una milla. Estamos metiéndonos en una maldita garganta —bufó Matón al tiempo que escrutaba las alturas.
Cayo resopló suavemente. Sus sienes palpitaban. Pese a las dificultades de la orografía habían avanzado muy rápido, al menos catorce millas. Contrajo el rostro y chasqueó la lengua. No iban a poder sostener ese ritmo. La montaña se cerraba y se les venía encima.
—Continuemos, pero que dos manípulos marchen a media ladera por encima de nuestras cabezas, mientras el terreno lo permita.
Dicho y hecho. Doscientos hombres ascendieron por las pendientes, cien a cada lado, creando una primera línea defensiva si eran atacados desde las alturas, o para caer sobre el enemigo si eran sorprendidos en el fondo del desfiladero.
A media tarde, el barranco ya no ofrecía alternativas de escape, aunque un pequeño detalle aparentemente insignificante los tranquilizaba, el incansable y distendido canto de cigarras y pájaros.
Una milla después Cayo levantó el puño y frenó en seco. Volvió a mirar a todas partes, escrutando la naturaleza que los exprimía.
—¿Cayo? —titubeó Matón.
—¿No lo oyes? —dijo Cayo.
—¿Oír? ¿El qué? —agonizó Matón.
—El silencio —susurró Cayo.
Y lo sintió.
Era un escalofrío.
Una explosión de sus sentidos defensivos.
Un erizado de sus cabellos.
En los bosques de Numantia ya lo había sentido.
Solo cabía anticiparse.
—¡Escudos en alto! ¡Cerrad filas! ¡Agrupaos en el centro! ¡Que desciendan los manípulos de la ladera! —rugió sin dudarlo, sin importarle que el enemigo pudiera escucharlo. Era una preocupación irrelevante, porque los sardos ya estaban allí. No podían verlos, pero estaban por todas partes.
Cuando se oyó el primer silbido de un dardo volando, los seis manípulos ya se habían compactado en una formidable oruga acorazada.
El venablo impactó contra el umbo metálico de un escudo, cayendo al suelo, inerte e inofensivo.
Fue una victoria para los hastati.
Los escudos y su unión iban a protegerlos.
Es más, su cuestor, capaz de prever el ataque cual pitonisa de Delfos, los iba a sacar de aquella ratonera boscosa.
—¡Juntos, todos muy juntos! —bramó Cayo en el centro de la oruga—. ¡No tengáis miedo! ¡Podéis aullar como lobos y gritar como bestias salvajes si eso os va a hacer más fuertes! ¡Yo os lo juro e invoco a Marte como testigo que vamos a salir de aquí!
Los legionarios comenzaron a dar alaridos al tiempo que juntaban filas, aferraban sus armas y fundían sus escudos mientras el infierno mismo se les venía encima. Agazapados dentro de sus particulares muros, en realidad ya no escuchaban los silbidos de los venablos surcando el éter. Solo notaban cómo les temblaban las manos y los brazos con cada impacto sobre los escudos, cientos de ellos a la vez, uno tras otro, como si el mismísimo dios Plutón arremetiera con su tridente.
—¡No podrán con nosotros! ¡No podrán! —gritaba Cayo.
Un dardo vino entonces a atravesar un escudo y a clavarse en la barriga de un legionario. Cayó a plomo dando aullidos de dolor. La luz penetró en la fortaleza con la pérdida protectora de un escudo. Otro hastati trató de cerrar la hemorragia, pero tan bruscamente que golpeó a otro de los suyos y lo tiró al suelo, y este a su vez a un segundo.
La grieta se hizo enorme.
Y por allí penetraron los demonios.
Decenas de venablos se precipitaron por el hueco.
Cayeron dos legionarios más. Cayo tomó un escudo y se colocó en medio. Su mano izquierda se astillaba con cada impacto. Pero los sardos no se lanzaban sobre ellos, solo disparaban.
Ese era su error.
—¡En movimiento, todos juntos! ¡Avanzad! —ordenó.
La oruga lo hizo. Pasito a pasito, cubriendo huecos y bajas, y cual fortín moviente surcó el barranco sin perder la formación.
—¡No me acompañan hastati, sino los triarios de Zama, de Magnesia y de Pidna! —los animaba incansablemente. Sus hombres caían, pero pocos. La lombriz penetraba en la montaña.
Solo la noche detuvo el ataque sardo, pero no a Cayo.
—Dormiremos cuando podamos hacerlo —dijo con los dientes apretados y después de una breve pausa para reponer fuerzas—. Corred como si os persiguieran las Keres con sus garras negras. ¡Corred!