Más humillación itálica
Venusia,40 tercera semana de junio
El joven Atilio Serrano no podía decirse a sí mismo que fuera infeliz o que sus sueños de grandeza no se estuvieran cumpliendo. Al fin y al cabo, con tan solo veintidós años acababa de ejercer como tribuno de los soldados en la provincia de Asia, de donde regresaba y donde el pretor provincial lo había tenido en buena estima. Que lo hubiera tenido así —en buena estima— era normal en atención a su nobleza, pero no por ello dejaba de ser de su más exigente agrado.
Con todo, volver a Roma no era su mayor deseo. Tal vez pudiera presentarse a las elecciones para ser elegido magistrado de la moneda, o uno de los encargados del mantenimiento de las calles de Roma, pero no eran las magistraturas menores del vigintisexvirato las que lo motivaban en absoluto. Quizás las ambicionasen otros ridículos jóvenes aristócratas de su misma edad como paso previo a la cuestura, pero no él. Necesitaba acción, milicia y lucha. En suma, una provincia como Asia, llena de peligros, aventuras y mujeres exóticas.
Pere hete aquí que su destino se había torcido cuando el pretor lo había convocado en Pérgamo para decirle fríamente, como si fuese un vulgar soldadillo: «Atilio Serrano, regresas a Roma».
Aquellas palabras lo habían destrozado, y todavía atormentaban su existencia con una fuerza tan atroz como para postrarle de tristeza y de rabia en una enclenque litera, porque desde que había desembarcado en Brundisium y puesto el pie en Italia se había negado a andar.
—En litera, hasta Roma. ¡Llevadme! —habían sido sus únicas palabras antes de que ocho esclavos lo elevaran en un cajetín cerrado con lonas para zarandearlo como a un vulgar y empobrecido miserable por los caminos de Italia. ¡Por todos los dioses, él era un Atilio Serrano, familiar directo del Atilio Serrano que había comandado la flota en la toma de Cartago! ¡A él no se le sometía a aquella injusticia!
Para colmo de males, aquella mañana hacía un calor insufrible. Sudaba como un pollo en una cacerola hirviendo y en el ambiente olía a heces de manera desmesurada, lo que no era de extrañar porque cada vez que descorría ligeramente la lona de la litera y asomaba su nariz y sus ojillos furiosos no veía otra cosa que campos llenos de bueyes defecando sin parar junto a campesinos sucios con túnicas raídas y sombreros de paja de ala ancha. Era desquiciante.
—¿Dónde estamos? —clamó a media mañana. La litera era una tortura—. ¡Sois unos torpes! ¡Dejad de zarandearme! ¡Esto no es un trirreme en medio de una tormenta! —añadió graciosamente.
—Estamos pasando por Venusia —oyó que le informaba desde el exterior uno de los hombres de la escolta.
—¿Venusia? Por todos los dioses, ¡vais a matarme antes de llegar a Roma! —graznó adolescente—. ¡Aún quedan siete jornadas!
Nadie le respondió.
Desconsolado, apoyó la cabeza en un almohadón de plumas de cisne hasta que, de pronto, la oyó, nítida y ofensiva.
Era una carcajada, una inoportuna carcajada.
La risotada cesó y habló alguien con voz rústica.
—¿A quién lleváis en esa litera? ¿A un muerto?
Era demasiado. Envuelto en la cólera más letal arrancó la lona de la litera y pegó un salto, topándose al borde del camino con un campesino, uno más, que lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Se la iba a borrar sin contemplaciones.
—¿Sabes quién soy yo? —tronó hecho un basilisco.
Al aldeano se le vino el mundo encima.
—Era solo una broma… —titubeó impávido.
—¿Solo una broma? —aulló Serrano—. ¿Desde cuándo un romano es objeto de la mofa de un itálico analfabeto?
—Pero yo no he querido…
—¡Azotadlo! —rugió Serrano, vuelto hacia su escolta.
—¿Azotarlo? —dudó uno de los suyos.
—¿Tengo que volver a repetirlo? ¡Que los esclavos dejen la litera en el suelo, coged sus correas y azotadlo!
Sus escoltas así lo hicieron. Cogieron en volandas al paralizado campesino de Venusia, lo pusieron de rodillas, le rasgaron la túnica y comenzaron a azotarlo.
—¡Más fuerte! —pidió Serrano.
—¿Hasta cuándo? —preguntó el improvisado verdugo.
—Hasta matarlo.
—¡Pero señor…! —rogó el campesino.
—Hasta matarlo.