Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Los pececillos
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Los pececillos

Fregelas, dos días después

Quinto Numitor y su desgarbado cuerpecillo surcaron con agilidad las calles de Fregelas. No iba solo. De un tiempo a esta parte, sus dos hijos, Lucio y Marco, de diecisiete y quince años, lo acompañaban a todas partes. Altos y estilosos como él, de juguetones cabellos rizados, también humildes de comportamiento, debían ir aprendiendo las cosas del arte de la política, aunque fuese la local, la del Senado de Fregelas, pues llegaría el tiempo en que ellos ocupasen la bancada de la curia de la colonia latina. El pequeño, Marco, solo tenía pelusilla en el bigote, pero debía aprender también. La vida era dura y muchos los peligros en cada curva del camino. Que se formaran en las dificultades, entre ellas tratar con Sexto Pacuvio, un hombre de lo más impredecible. A él le buscaban precisamente aquella hermosa mañana de verano.

Poco después llamaban a la puerta de su domus, y solo unos segundos más tarde estaban ya plantados junto al mismo Pacuvio, entretenido este en los alegres pececillos rojos que llenaban un refrescante estanque en mitad del peristilo ajardinado.

—¡Puedo contemplarlos durante horas! —celebró Pacuvio en cuanto Numitor y sus hijos estuvieron a su lado—. ¡Son como los hijitos que nunca tuve! —añadió nostálgico, pero solo antes de que sus ojos centellearan fuego—. ¡La tenía que haber repudiado! —pasó en un visto y no visto a la rabia más detestable—. ¡Desde el principio no me ha dado otra cosa que su esterilidad! ¡Mi esposa no me dará nunca un solo fruto de su vientre seco y arrugado! ¡Maldita mujer! ¡Ahora se quedará mi fortuna el idiota de mi sobrino, que es más tonto que una oveja! —chilló iracundo hasta que, de pronto, la ira se esfumó—. ¡Oh, qué peces más hermosos! ¿Habéis visto qué colores tienen? —interpeló al tiempo que giraba su cuello, clavaba sus ojillos en los dos hijos de Numitor y añadía con una sonrisa de oreja a oreja—: Os ruego, muchachos, que no me hagáis caso. Solo son cosas del viejo Pacuvio.

Lucio y Marco no sabían qué hacer. Por suerte, intervino su padre, acostumbrado a aquellos arrebatos legendarios.

Numitor no se anduvo con rodeos.

—¿Te has enterado de lo de Teano Sidicino?

—¿Teano? No —contestó Pacuvio despreocupado, siguiendo ahora el grácil buceo de uno de los pececillos.

—El cónsul Lépido ha azotado a Marco Mario solo porque tardaron en preparar los baños para su esposa. Todos creen que morirá por las infecciones. Ha cundido el pánico en todas las ciudades en las que han de alojarse en su viaje a Cumas. En Cales han decretado que nadie se bañe mientras haya en la ciudad un magistrado romano —expuso de seguido sin que Pacuvio lo interrumpiera de ninguna manera. Eso sí, absorto todavía en sus amados peces de colores, los músculos de sus mandíbulas palpitaban por una enorme tensión—. Sexto… —lo llamó Numitor.

No pudo decir ni una sola palabra más. Pacuvio, rugiendo como un animal, se metió al estanque, que le llegaba a la rodilla, cogió los pececillos que no se le escurrían y comenzó a lanzarlos violentamente contra los muros del peristilo.

—¡Hijos de perra! —inició en su berrido histérico—. ¿Qué se piensan que son? ¿Dioses que pueden hacer lo que les plazca con nosotros? ¿Para esto han dejado de aplicar la ley agraria? ¿Para insultarnos más y recordarnos que somos la mierda de sus bueyes y mulos? —aulló desquiciado y en su loca caza de peces. No iba a quedar ni uno vivo—. ¡Nos utilizan como esclavos en sus inquinas y luchas miserables! ¡Peor aún, somos las defecaciones de los esclavos!

—Tenemos que hablar con ellos —trató de proponer Numitor mientras sus hijos se iban colocando a su espalda.

Pacuvio cesó abruptamente en su cacería, se incorporó y fulminó a Numitor con la mirada, eso sí, aferrando un pez entre sus manos.

—¿Hablar con quién? —preguntó despectivo.

—Con Lelio y Fabio —murmuró Numitor, dando un paso atrás.

—¿Esos dos? —desdeñó Pacuvio—. Hace tiempo que no pisan el Senado de Roma. Se han retirado.

—Pues con Pompeyo, Lenas, Bruto y Opimio.

Pacuvio lanzó una grosera carcajada.

—¡Nos comerían vivos si pudieran! ¡Son unos cretinos malnacidos! —ventoseó con infinito sarcasmo al parar de reír.

—Entonces con Flaco —propuso Numitor—. Prepara su candidatura al consulado y dicen los rumores que ve con muy buenos ojos los derechos de latinos e itálicos.

Pacuvio esta vez no dijo nada. No rio a mandíbula batiente ni se mofó de Numitor. Simplemente frunció el ceño antes de activar su furia y estampar contra una columna el pez que mantenía preso en sus manos.

—¡Que se mueran todos! ¡Lo han de pagar! ¡Roma ha de pagar esta deshonra! ¡Cretinos! ¡Mequetrefes bastardos de Rómulo! —se arrancó en una nueva batida de odio mientras salía empapado del estanque y se perdía en el interior de su domus soltando alaridos.

Numitor lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer.

—Padre, ¡está loco! —susurró expresivo su hijo Lucio. El menor, Marco, abría los ojos como platos.

Numitor no dijo nada, centrando su atención en los pececillos. Al menos quince yacían muertos sobre un hermoso mosaico de delfines surcando las aguas. Solo uno daba saltitos, pugnando por respirar. Lo tomó entre sus manos y lo introdujo delicadamente en las aguas. Después se giró hacia sus hijos.

—No, no está loco. Esto es la política puertas adentro. Aprended que hay depredadores que sacrifican sin piedad. En Roma y aquí —dijo con sencilla naturalidad antes de abandonar la casa.