Azotes de prepotencia
Roma y Teano Sidicino, esos mismos días de junio
En Roma el calor era ya asfixiante, pero no era la canícula lo que lo atormentaba y le impedía desarrollar con diligencia sus funciones como cónsul mientras el pánfilo de Orestes guerreaba en Sardinia. A él le correspondía convocar al Senado, escuchar las aburridas letanías de los senadores más viejos y nostálgicos de un pasado siempre mejor, ofrendar mil y un sacrificios a los dioses inmortales o decretar áridos edictos. Y es que, a falta de que algún pueblo ligur o hispano tuviera a bien entrar en armas y darle el favor de concederle una guerra, en todas estas tareas se afanaba esmeradamente día y noche.
Ocurría que ni aun con todo ello, pese a su escrupulosidad, siendo un vanidoso Emilio Lépido, patricio hasta en los pelos del sobaco, descendiente de cónsules y censores, portador de un nomen que enseñoreaba una basílica —la Emilia Fulvia—, una tribu —la Emilia— y una calzada que unía Placentia y Ariminum39 —la vía Emilia—, ni por estas se libraba del sufrimiento de oír graznar a Livia Drusa, su amada y querida esposa, insistente hasta la extenuación.
—No soporto este calor. Llévame a Cumas —le decía ella.
—Vete con tu madre y tus esclavas —reponía él.
—Quiero que vengas tú —insistía su Livia Drusa.
—Tengo responsabilidades en Roma —aclaraba él.
—Me muero de asfixia.
—Refréscate en la fuente.
—Que me lleves.
—Soy cónsul.
—Nada que te impida atender a tu esposa —sentenciaba ella.
Teniendo en cuenta que Catón afirmaba que los romanos dominaban el mundo para ser dominados a su vez por sus mujeres, él, el gran cónsul Marco Emilio Lépido, a punto del desvarío por la pesadez inquebrantable de Livia Drusa, sucumbió a sus caprichosos deseos a mediados de quintilis. Todo con tal de dejar de oírla un solo día más.
—Pero en cuanto lleguemos a Cumas, me vuelvo —advirtió.
—Haz lo que te plazca —dijo ella con el triunfo en la mano.
Dos días después salían de Roma, tomando la vía Latina dirección Fregelas, a donde llegaron en tres jornadas. Allí, el senado fregelano, con Sexto Pacuvio a la cabeza, los atendió gruñendo como un perro pulgoso, pero los agasajó como era debido, a la vista de su tamaña dignidad, con una buena domus, buena comida, buenos esclavos y unos excelentes baños para quitarse de encima el sudor y el polvo del viaje.
Dejando atrás Fregelas, tres días después alcanzaron Teano Sidicino, bonita ciudad que los recibió igualmente como merecía según su magistratura, es decir, con las casas y calles engalanadas con flores y guirnaldas, con los sacerdotes de los cultos aplaudiendo sin parar en las escalinatas de los templos, con las mujeres y los niños ofreciendo sonrisas y perfumes y con alegres compañías de flautistas y bailarines.
Marco Mario, el ciudadano preeminente de Teano, un hombre querido y generoso que rondaba ya los setenta años, fue el encargado de conducirlos hasta la domus en la que habrían de pasar la noche.
—Es un honor hospedar en esta ciudad al cónsul y a su esposa Livia Drusa —dijo amablemente—. No todos los días disfrutamos de tan importante visita.
—Tal vez sea la última —se mofó en cambio Lépido con cara de asco al ver unas calles que le parecía que estaban de lo más sucias.
—Yo solo quiero unos baños —añadió Livia Drusa con el cuello bien estirado y el mentón suficientemente alto—. No sé por qué nos hemos detenido aquí, esposo. El olor va a matarme —le dijo por lo bajo, pero premeditadamente alto para que aquellos palurdos teanenses oyeran su desprecio. Ella era, al fin y al cabo, una Livia Drusa y su marido el cónsul patricio de Roma frente a unos simples aldeanos itálicos.
—Si…, por supuesto… La señora tendrá preparados los baños enseguida… —tartamudeó un sorprendido Marco Mario.
Livia, en cualquier caso, no había terminado con sus impertinencias y apetencias. Estaba cansada y harta de que el sudor le corriera por su delicada y aristocrática piel.
—Quiero utilizar los baños de los hombres —pidió de modo magistralmente cortante.
—Si…, por supuesto —se atropelló Marco Mario—. Haremos salir a los que estén bañándose ahora.
—Cuanto antes. No voy a esperar todo el día.
—Será inmediatamente.
Livia Drusa estiró rígidamente los labios.
—Los baños de los hombres son siempre más grandes y lujosos, aunque temo que estos parezcan las letrinas de la Subura —volvió a decirle a su esposo con una risita hiriente.
Lépido, por supuesto, solo existía para complacer a su Livia.
—Que estén relucientes, y cuanto antes —exigió.
Apenas una hora después, desalojados velozmente todos los bañistas masculinos, Livia Drusa con su séquito de esclavas tomó posesión de los baños. Su cuerpo se hundió en las aguas. Sus poros se abrieron con el calor. Sus rosáceos pezones y sus finos cabellos se erizaron con el contraste del frío. Toda su bella anatomía femenina fue masajeada con aceites y perfumes. Y cuando el sudor y el polvo eran ya solo un mal recuerdo, secado su cuerpo con paños blancos, fue llevada en litera hasta la domus para que sus delicados pies no se hincharan ni sus brazos y piernas se quemaran por el sol.
Ya en el atrio, surcó la casa como si no hubiera suelo bajo sus pies e irrumpió en el tablinum, donde su esposo leía una carta.
—Marco —lo llamó. Lépido separó sus ojos del pergamino—. Han tardado mucho en disponer los baños. Y además estaban sucios. Deberías castigarlos. No se trata así a un cónsul ni a su esposa.
Lépido estaba harto de Livia, pero más de los teanenses, esa raza ciudadana inferior al igual que el resto de los latinos e itálicos. Era inaceptable que se despistaran lo más mínimo en sus atenciones.
Por ello, simplemente, con majestuosa facilidad, montó en cólera. Se puso en pie de un brinco y se adentró en la domus.
En el peristilo encontró a su cuestor.
—Busca a Marco Mario, que lo lleven al foro de esta ciudad, que lo desnuden, que lo aten a un madero y que lo azoten con varas.
Y volvió al tablinum a seguir leyendo la correspondencia.
Poco después, ante la mirada estupefacta de los ciudadanos de Teano Sidicino, Marco Mario era llevado hasta el foro, colgado de un poste y azotado sin piedad hasta que la carne le colgó a tiras.
—Bien hecho, esposo —siseó Livia Drusa esa noche.
—No se importuna a Roma. Que no olviden nunca que nosotros somos romanos y ellos no —decretó Lépido.
—Oh, esposo, ¡tómame! —pidió Livia con lujuria—. ¡Que esta noche sea tu particular Cartago! ¡Tómame!
Lépido sonrió malicioso. Aquel viajecito a Cumas no iba a resultar finalmente tan tedioso.
—Ven aquí, ¡mi Cartago! —exclamó libidinoso. Además, la piel de su desquiciante Livia estaba suave y tersa. Los baños de Teano Sidicino habían obrado el milagro.