Todos detrás de Graco
Cornus, segunda semana de junio
Siguiendo las órdenes del cónsul gatito, con un calor que secaba las gargantas y agrietaba la piel, el ejército se puso en movimiento. Se estiraron las líneas, vocearon los centuriones y resonaron las sandalias sobre el suelo pedregoso. Comenzaba la peligrosa campaña contra los incansables rebeldes sardos.
Transcurridas diez millas de avance, Cayo ordenó a sus seis manípulos de hastati que se separaran de la columna principal y tomaran la senda que se abría hacia el norte. Si los dioses les eran propicios, volverían a reunirse en Olbia cuatro meses después.
Orestes, al frente de la tropa, miró atrás un solo instante, apreciando a lo lejos cómo la minúscula partida de Cayo se alejaba a paso lento. Después rotó su cuello y encaró al tribuno militar que lo acompañaba, Marco Emilio Escauro, joven patricio de mirada inteligente y partidario del grupo senatorial conservador. Con él podía sincerarse.
—Algunos senadores que son como cuervos togados desearían que muriera ensartado por un venablo sardo —le dijo.
—Algunos es un término un tanto generoso. En realidad, me temo que casi todos lo desean, sean cuervos o no —contestó Escauro.
Orestes frunció el ceño.
—Pues yo no lo deseo, tribuno, yo no lo deseo.
—¡Quién lo diría! —ironizó Escauro.
Orestes lo fulminó sin pestañear.
—Ese hijo de perra es valiente y a los valientes se les premia con honores —espetó y arreó su caballo.
Cinco millas más adelante las llanuras dieron paso a barrancos con lechos secos en donde se erguía una inmensa masa arbolada que, a su vez, se elevaba progresivamente hasta tocar el cielo. Los montes Insani, cual escalones agresivos, imponían su imperio.
Cayo tiró de las riendas de su caballo y se quedó mirando la fuerza de aquella naturaleza hostil.
—Setenta millas de montes infestados de enemigos. ¡Tardaremos cuatro días en atravesarlos! —gimoteó Matón, justo a su lado.
Cayo bajó de la montura. Era inservible en aquel bosque defendido por arbustos con espinas del tamaño de un pilum.
—A partir de ahora iremos a pie —ordenó a los centuriones, dicho lo cual se dirigió a Matón—: ¿No deseabas para tu familia las insignias consulares? —le preguntó provocativo.
—¡Por Hércules! ¡Es lo que más quiero!
Cayo cabeceó y volvió a clavar su mirada en la fronda. El sol golpeaba en su espalda. Delante, el bosque se tragaba la luz. Volvió a cabecear y rio en su fuero interno, pero no una risa alegre, sino intensamente ácida. Flaco tenía razón. No era casualidad que estuviera allí, en Sardinia, como tampoco que tuviera que afrontar setenta millas de muerte. Le habían bastado apenas unos días para comprobar que la podredumbre del Senado mostraba de nuevo sus fauces más lamentables y sórdidas, pero ni uno solo de los colmillos de aquellos senadores se iba a hincar en su carne. Ni uno solo. De hecho, si lo reflexionaba, incluso debía agradecérselo. Porque en su estulticia le daban la oportunidad de conducirlo a la gloria. Sardinia era su gesta. Y aquella montaña su inmortalidad militar. Si tenía que talar el bosque entero, y con él cercenar a todos los sardos, lo haría. Nada iba a detener sus caballos, aquellos frenados en el pasado por Claudio pero que comenzaban de nuevo a galopar por sí mismos, hermosos, grandiosos.
Él sabía cómo domeñar al Senado.
Su tiempo se aproximaba.
Y nada iba a detenerle.
Tampoco aquel bosque.
Volvió a dirigirse a Matón.
—¿Lo deseas entonces? —le interpeló de nuevo.
—Te lo he dicho, ¡no hay nada que desee más que mi brillo y el de mi familia! —confirmó Matón.
—Pues yo también —aseveró Cayo con un deje rabioso, y entró en el bosque, desapareciendo rápidamente de la vista de todos.
—¡A qué esperáis! —abroncó Matón al ver que la columna no se movía—. ¡Seguid a Cayo Sempronio Graco! —Y penetró en la fronda haciendo crujir las espinas del punzante zarzal que crecía bajo las copas de los árboles. ¡Por Marte! ¿Quién le habría mandado meterse en aquella ratonera?—. ¡Todos detrás de nuestro cuestor! —gritó antes de que su voz se apagara en un mundo sin eco. Aquello era un suicidio.