Una devastadora sonrisa
Roma y Sardinia, de abril a junio
Cayo viajó a Ostia a comienzos de aprilis, encontrándose allí con el inmenso caos de una ciudad portuaria con cientos de naves panzudas y la flota romana para el embarque del ejército consular con sus veinticinco mil hombres y todos sus pertrechos y acémilas. En este caso, teniendo en cuenta que Sardinia carecía de buenos puertos y que los naufragios en sus aguas eran habituales, el cónsul Orestes había retrasado la travesía a la espera de una primavera muy avanzada que apaciguara a Plutón.
Realizados todos los preparativos logísticos en una operación militar de esta envergadura, un mes después, a comienzos de maius, la flota zarpó sin contratiempos —Orestes lo haría en dos semanas—, navegando hasta la ciudad de Caralis,36 al sur de la isla, que hacía las veces de capital y de centro de control de las zonas agrícolas más ricas del interior, pero solo hasta donde las montañas terminaban imponiendo su hegemonía, fundamentalmente en el centro y noreste de la isla.
En Caralis, hospedado en las instalaciones militares que dominaban el puerto, Cayo se afanó en continuar sus labores como cuestor. Supervisó la llegada progresiva de la armada y los suministros, los distribuyó entre las diferentes unidades militares y contabilizó con pelos y señales cada una de las operaciones y contratos de abastecimiento para que no faltara ni un solo grano.
También aprovechó los días para reunirse con los numerosos clientes que la familia Sempronia tenía en la isla, especialmente en las ciudades de la costa, recibiendo a los magistrados locales y a los hombres de negocios que se acercaron a Caralis para mostrarle sus respetos.
Concienciado del valor de la fides clientelar, se mostró muy amable, obsequiándolos de su propio bolsillo con banquetes en los que además les prometió lo que nadie hasta el momento había hecho, a saber, poner coto a la avaricia de los publicanos que operaban en la provincia y que, con la exigencia de impuestos desmesurados y la imposición de intereses leoninos, tenían mucho que ver con los motivos de la rebelión.
No le faltó tiempo tampoco para cultivar la amistad, en particular con un tribuno militar de su misma edad, Marco Pomponio Matón, el cual, pese a su particular cognomen, no era en absoluto un tipo violento, sino simpático y bien parecido, de cabello moreno y llamativos ojos azules que iluminaban el deseo apremiante de devolver a su familia el prestigio del que antaño había gozado.
—Mi bisabuelo y su hermano, siendo ambos cónsules, lucharon en estas tierras contra los sardos —le contó Matón una tarde, paseando por el puerto de Caralis—. Fueron ellos los que trajeron perros para encontrarlos y cazarlos en las cuevas. Los dos lucharon después en la guerra de Aníbal. Mi bisabuelo murió siendo augur y decenviro. Su hermano fue magister equitum y pontífice —recordaba, hinchado como un gallo.
Cayo escuchaba a Matón relajado, viendo en aquel tribuno un alma limpia, de esas que precisamente por serlo —limpias—, les impedían emular las gestas de los suyos, en este caso de los Pomponios, una gens venida a menos durante más de ocho décadas sin capacidad de traer al mundo cónsules con los que alimentar el apetito de la República. Y es que para ser un grande en Roma no solo bastaba alcurnia, ambición, una voluntad de hierro y valor. Matón lo tenía todo, sí, pero adolecía de la observación del zorro y de la maldad de la viperina y escurridiza víbora. Sin estas cualidades, ningún noble sobrevivía en Roma.
—Tu hermano Tiberio hizo bien, Cayo, actuó como debía por el bien de todos —llegó a confesarle Matón—. Y si algún día me lo permites, será un honor acompañarte en el foro y estar entre tus amigos.
—El honor será mío, Matón, será mío —contestó Cayo con agradecimiento. No iba a olvidarlo en el futuro. Matón tampoco.
Encontrándose todo dispuesto, Orestes arribó a Caralis a finales de maius y con la firme intención de aparentar lo que en realidad no era, es decir, un tipo de gigantesca autoestima con ideas preclaras.
Por ello, su primera orden fue majestuosa.
—Partimos a Cornus —dispuso sobre su caballo cual Alejandro de Macedonia escrutando Asia y la inmensidad del Imperio persa, eso sí, sin advertir que sus tribunos se aguantaban la risa y que en secreto lo llamaban irónicamente «el cónsul gatito».
Cornus era una próspera ciudad costera situada cerca del golfo de Oristán, en el centro este de la isla de donde partía la ruta más segura para llegar a los montes Insani, precisamente el foco neurálgico de la rebelión al abrigo de bosques, alturas y barrancos. Eran estas tierras angostas y feroces el hogar de las tribus más belicosas de la insurrección, fundamentalmente los ilienses, los bálaros y los corsos.
Siguiendo las órdenes de Orestes, las dos legiones y las dos alas de latinos y aliados itálicos se pusieron en marcha a comienzos de junius, alcanzando Cornus una semana después. Fue allí, a la vista de sus muros, donde Orestes dio nuevas muestras de carácter insuperable.
—Que se levante el campamento —exigió, colosal—. Y que me sigan dos turmas de caballería —añadió con una feroz decisión que, nuevamente, exigió de los tribunos morderse los labios.
Puesto al frente de los dos destacamentos de caballería, Orestes dedicó los días siguientes a inspeccionar los alrededores y recorrer las llanuras circundantes hasta toparse con la emergencia de los montes Insani, un terrible muro cortado a pico por valles agrestes y pedregosos cubiertos por un tupido bosque desparramado por gargantas, cumbres y apretados desfiladeros.
En aquel lugar en el que el dominio romano era puramente testimonial, Orestes observó con ensayada pose la violenta naturaleza que se elevaba a sus pies. Después, volvió a observarla cual Aníbal de Cartago, y solo cuando la hubo requeteobservado, decidió regresar al campamento y convocar en el pretorio a su consejo militar.
—Acercaos —dijo, situándose en la cabecera de un enorme tablero que representaba la isla de Sardinia con sus ciudades y accidentes geográficos. No pudo evitar, sin embargo, hablar con voz vacilante, porque estaba a punto de decir algo que no quería hacer.
Sintiendo que el corazón le latía más rápido de lo oportuno, elevó retraídamente la vista y miró de soslayo a Cayo, colocado justo enfrente, en la cabecera opuesta de la gigantesca mesa. Para su desgracia, Cayo hizo lo propio, chocando sus miradas, un solo instante, hasta que Orestes, sudando ahora como un pollo, decidió descender la suya.
—Señores, estos son mis planes —dijo con pinta de enfermizo mientras aferraba una varilla y señalaba el teatro de operaciones—. Una legión se quedará en Cornus para proteger nuestra retaguardia, pero el grueso del ejército penetrará en territorio enemigo y atravesará la isla de este a oeste hasta llegar a la ciudad de Olbia. No habrá piedad —se vino arriba—. Sin embargo, una segunda columna con seis manípulos de hastati partirá hacia el norte con destino a la ciudad de Turris Libisonis,37 en la punta noroeste de Sardinia —señaló—. La misión de este contingente será atravesar el macizo central de los montes Insani y llegar a la costa septentrional, donde, con el apoyo de las milicias de Turris Libisonis, desalojará de las playas y fondeaderos a los insurrectos que reciben apoyos desde Corcira.38 Después, esta columna se unirá al grueso del ejército en Olbia —farfulló al tiempo que era capaz de advertir que los hombres de su estado mayor cuchicheaban y se miraban disimuladamente entre ellos.
No era para menos.
La misión de esta columna era verdaderamente suicida.
Y lo peor de todo es que él mismo estaba de acuerdo.
Para llegar a la costa norte no era necesario atravesar los montes Insani. Bastaba con bordearlos por la costa de poniente. El plan era, en suma, una estupidez.
Pero no tenía otra opción.
De lo contrario, Pompeyo y compañía lo desollarían vivo.
Se armó de valor y continuó:
—La legión de Cornus quedará bajo el mando de Marco Emilio Escauro. El grueso del ejército estará bajo mis insignias. Y la segunda columna… —Pausó el discurso—. La segunda columna… —se pausó al borde del atragantamiento—. La segunda columna… —Nueva pausa. El sapo estaba a punto de salir despedido de su boca, pero se le atascaba en el gaznate—. La segunda columna estará dirigida por Sempronio Graco.
Y se hizo el silencio.
Y al silencio le sucedió más sordina.
Orestes no quería levantar la mirada, fingiendo escrutar las operaciones. Pero al otro lado de la mesa seguiría estando Cayo.
Más mutismo.
Finalmente, con prodigiosa valentía, elevó la mirada.
Cayo lo miraba también.
Y sonreía. ¡Por todos los dioses! ¡Aquel muchacho sonreía!
—Yo me ofrezco también. Quiero acompañar a Cayo Sempronio Graco —oyó que decía Marco Pomponio Matón.
Orestes recuperó su ritmo cardiaco.
—Sea, Graco estará al frente y Matón será su segundo. Lo quiero todo preparado en una semana. ¡Por la victoria! —exclamó a duras penas, y volvió a cruzar de nuevo su mirada con Cayo, pero solo para comprobar que seguía sonriendo con una fuerza interior granítica. Lo enviaba a una muerte segura y sonreía, confiado, intimidante incluso.
Era devastador.
Ojalá él pudiera ser como el joven Graco.