Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) No solo es temor
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No solo es temor

Roma, mediados de marzo

—¡Sardinia!

Fue el destino que oyó Cayo en el sorteo de los cuestores. La suerte podía haberle deparado ser uno de los dos magistrados encargados de las finanzas del Senado, o incluso acompañar a un pretor a provincias tranquilas como Sicilia, África o las dos Hispanias, pero los dioses le obsequiaban justamente con la misión más desabrida.

Pese a ello, no había dificultad que pudiera desanimarle. Si su hermano Tiberio había sido el cuestor de Mancino en Numantia, él no se iba a quedar atrás en dificultad y arrojo.

Concurría además otra razón que provocó que se lo tomase con entusiasmo, y así se lo hizo saber a Flaco cuando fue a despedirse.

—En Sardinia luchó mi bisabuelo y después mi padre, obteniendo un triunfo por su victoria.

—¡A vil precio como un sardo! —recordó Flaco, gloriando la magnífica campaña del padre de Cayo en Sardinia.

Cayo estiró orgullosamente el cuello. Le encantaba aquella cita que se había hecho famosa en la campaña sarda de su padre, cuando había enviado a Roma tal cantidad de cautivos para su venta que se había desplomado el precio de la esclavitud.

—Allí gozamos de muy buenas relaciones clientelares. Tengo la sensación de ir a un lugar que me es conocido —masculló aun así Cayo con un poderoso brillo en los ojos.

Flaco, en cambio, exhaló un carcajeo desganado.

—¿Te apena mi fortuna? —le preguntó Cayo con curiosidad.

Flaco lo miró directamente a los ojos, con gesto circunspecto.

—Sardinia es la única provincia con actividad militar.

—¿Y?

Flaco sacudió levemente la cabeza.

—Cayo, ya han pasado dos años. Este año me presento a las elecciones consulares —rumió—. Y sabes que tendré ya la fuerza suficiente. Ha llegado el momento de mi propuesta, aquella que prometí.

—La ciudadanía romana para los aliados.

Flaco oscureció el rostro.

—El Senado me teme, Cayo, pero solo es eso, simple temor, sencillo recelo o incluso odio barato. Me consideran un simple personajillo turbulento. Pero contigo, ¡ay contigo!, es distinto. Te observan de modo muy diferente. No solo es temor.

Cayo elevó una ceja.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—Creo que tú lo sabes perfectamente. De todas las provincias de los cuestores, te envían a Sardinia, ¿no te parece curioso? Y si es verdad cuanto digo, lo sabrás en cuanto Orestes ponga un pie en Sardinia.

Cayo cabeceó unos solos instantes, calibrando aquellas palabras, permeándose del veneno de aquella mordida. Después se levantó.

—Que los gigantescos ecos del rayo de la ciudadanía lleguen hasta Sardinia —afirmó, imperial.

—Y tú regresa de esa maldita isla con todas las gestas que mereces —dijo Flaco, antes de fundirse en un abrazo.