Un cónsul intimidado
Roma, 1 de enero de 126 a. C.
Lucio Aurelio Orestes era un tipo amable que sufría por su encogimiento y al que le costaba mirar directamente a los ojos. Huidizo incluso, pero simpático y agradable, era capaz de articular buenos discursos con una interesante oratoria, pero siempre sin llamar demasiado la atención, o al menos no más de lo necesario, porque ambición tampoco le faltaba, a su manera discreta, pero constante, sin pisar el callo a nadie, consiguiendo labrar con el apoyo de su aristocrática familia y de su padre, viejo consular, un cursus honorum intachable, sin mácula y sin ruido, virtudes y defectos estos tan extravagantes en comparación con la vanidosa soberbia de sus pares que había terminado por provocar que los ciudadanos le dieran su voto en masa para crearlo cónsul.
Muchos movían sus lenguas para bisbisear que había alcanzado la dignidad consular solo porque era un apéndice más de los Pompeyo, Lenas y compañía, un personajillo de fácil dirección que, eso sí, era conservador hasta la médula, despotricando en la protección de su hogar que la reforma agraria era una calamidad y que debía estarse a la apacible estabilidad de las viejas tradiciones, del mos maiorum.
En cualquier caso, manipulable o no, ya poco le importaba. Era cónsul de Roma y lo sería durante un año entero, nadando en la dichosa felicidad porque, a más señas, favorecido por unos dioses inmortales a los que caía bien, en el sorteo que acababa de celebrarse en la primera sesión anual del Senado le acababa de tocar en suerte la provincia de Sardinia, o, lo que era lo mismo, la dirección de una gran guerra, tarea esta hercúlea que asumía con respeto, nunca con prepotencia, puesto que en su familia la grandeza se revestía siempre de aquel modo.
Y es que allí, en Sardinia, prendía desde hacía meses una rebelión de sus habitantes nativos, los sardos, tan sumamente ardiente que el Senado, conociendo su carácter cansinamente aguerrido y sus continuas ganas de venirse a las armas, había decretado enviar un ejército consular para llevarlos a la pacificación.
La guerra no iba a ser sencilla en absoluto, pues las tribus del interior tenían la mala idea de atrincherarse en las montañas del centro de la isla y emboscar todo lo que por allí pasase.
No obstante, por muy dura que fuese la campaña, no había dificultad que pudiera desanimarle, porque él en su fuero interno confiaba en sí mismo. Al fin y al cabo, era un Aurelio Orestes, cercano en el trato, sencillo, sin levantar una palabra por encima de la otra, pero verdaderamente mortal y temible con los enemigos.
Nadie lo veía de este modo, pero él sí.
Consciente de que debía dedicarle a la guerra toda su atención, emprendió el regreso a su casa una vez satisfechos los oportunos ritos ante Júpiter, vitoreado incansablemente por sus clientes y familiares.
Sin embargo, ya en el foro, a la altura de la Regia, volteó su cabeza para agradecer tanta buena compañía, advirtiendo para su repentino disgusto que Pompeyo, Opimio, Lenas y Bruto lo seguían a pocos pasos. No solo eso, cuchicheaban y no paraban de señalarlo.
Y se puso a temblar.
Que aquellos cuatro hombres que se habían adueñado del Senado tras la muerte de Emiliano clavaran sus miraditas obscenas en sus huesos no le entusiasmaba de ninguna de las maneras. Sonreían, sí, porque a fin de cuentas él era de los suyos, pero su simple presencia y que caminaran de aquel modo como cuervos oportunistas le provocaba unos terribles espasmos de inseguridad y de persistente apocamiento.
¡Malditos fueran!
¿Es que no podían dejarlo en paz ni en tan señalado día?
Entornó los ojos y aligeró sus pasos.
Cuando cruzó bajo la puerta Mugonia los cuervos seguían allí, dando saltitos, graznando y escrutándolo con sus ojillos.
Y lo mismo sucedió en el ascenso de la cuesta palatina y el subsiguiente serpenteo por las calles de la colina alta.
Repetidamente miró atrás, y repetidamente los encontró.
Era agobiante.
Ya a pocos pasos de la seguridad de su domus llegó a una drástica conclusión. Por mucho que les debiera el consulado, en realidad los odiaba, no quería tenerlos cerca, pero tampoco mostrar públicamente su vacilación. Por ello, en cuanto puso un pie en el escalón que antecedía al portón de su casa, se dio apresuradamente la vuelta, pronunció unas pocas palabras que le sonaron tremendamente dubitativas y entró al calor de su hogar dejando a todos con caras desilusionadas.
Era horrible. ¡Los detestaba!
Se dejó caer en uno de los sillones de su tablinum. Todo le sobraba, la toga, la túnica, su anillo, pero más lo hizo cuando un esclavo le anunció lo inevitable.
—Los senadores Pompeyo, Bruto, Lenas y Opimio desean verlo.
Orestes tenía la boca seca como el esparto.
—Tráeme agua. ¡No, vino sin aguar!
Poco después entraban en el tablinum.
Orestes estaba a punto de morir cuando habló Pompeyo.
—¿Podemos sentarnos?
—¡Por…, por supuesto! —tartamudeó.
—¿Y podemos beber un poco de tu buen vino? —añadió Opimio con un tonillo de lo más ácido.
—¡Vino! —ordenó como un muelle, y dio unas nerviosas palmas para que todo se hiciera deprisa.
Poco después los esclavos servían vino, pero sin aguar, como había requerido Orestes hacía un rato, ¡pero para él!
—Por todos los dioses, Orestes, ¿quieres matarnos con una melopea de espanto? —rio un hiriente Lenas.
—Perdonad, mis esclavos son unos incompetentes. ¡Vino con agua y miel! —exigió Orestes, dando nuevas y nerviosas palmas.
Todos bien dispuestos en sus sillones, Pompeyo tomó el mando.
—¡Tu alegría es la nuestra! —graznó con fingida felicidad.
—Un gran día para mí y mi familia —acertó a decir Orestes.
—¡Claro que sí! —secundó Opimio con una enorme sonrisa en la que Orestes solo vio dientes afilados.
—¡Un gran destino Sardinia! —continuó un expresivo Pompeyo.
—¡Muy lejano! —añadió Lenas.
—¡Y peligroso! —añadió Opimio con cara de cocodrilo.
El vino se le atragantó a Orestes. ¿Qué significaba aquello? ¿Es que le querían lejos de Roma y en un lugar peligroso?
—Pero no temas, Orestes —aclaró Bruto—. Lo que quieren decirte mis colegas es que Sardinia está lejos, que es donde queremos que esté precisamente tu cuestor, ¿lo entiendes?
Pero Orestes, totalmente emboscado, no entendía nada.
—¿Mi cuestor? —balbució—. No tengo asignado todavía ninguno, no se ha realizado el sorteo.
—¿Pero es que no lo sabes? —saltó Opimio con fingida sorpresa.
—¿Saber qué? —contestó Orestes sin parar de mirarlos a todos.
—Que tu cuestor va a ser Cayo Sempronio Graco —dijo Opimio.
—¿Graco? ¿Mi cuestor?
—Sí, Graco —martilleó Lenas.
Orestes por fin lo entendió todo.
—Vais a amañar el sorteo de los cuestores para que a Cayo Graco le toque Sardinia…
Pompeyo sonrió eufórico.
—¡Por fin lo entiende!
—Pero…
—Calla, Orestes —le interrumpió Pompeyo con la amabilidad de un león a punto de abrir su boca.
—Pero…
—Querido Orestes —se arrancó de nuevo Pompeyo—, sabes que Sardinia es un lugar tremendamente peligroso del que muchos no volverán. ¿Lo comprendes?
—Lo comprendo… —farfulló Orestes.
—Como también comprendes que los sardos son despiadados y capaces de terminar con, digamos, algunos estorbos que soliviantan al Senado y revuelven al pueblo…
Orestes creía morir, pero una cosa tenía clara, estaba harto de parecer un imbécil azotado caprichosamente por aquellos cuervos con toga. ¡Malditos fueran! Él era el cónsul. Él era un Aurelio Orestes.
—Señores —afirmó sacando vacilantes fuerzas—, tengo obligaciones que cumplir en el ejercicio de una magistratura con imperio concedida por los comicios —remarcó venido arriba.
—Claro, amigo mío, ¡por supuesto! —chirrió Pompeyo de inmediato antes de añadir—: Pero no olvides que esa toga praetexta nos la debes a nosotros. Has comprendido qué esperamos de ti.
Dicho esto, los cuatro abandonaron la casa de Orestes.
—¿Será capaz de hacerlo? —dudó Bruto ya en la calle.
—¡Oh, por supuesto que sí! —aplaudió Pompeyo—. ¿No habéis visto que temblaba como un chiquillo? Ese idiota enviará a Cayo al Hades. Y ahora, señores, acompáñenme a mi domus, tenemos un sorteo que amañar.