No olvidan
Roma, mes de noviembre
No había parado de llover durante una semana, e incluso todos habían temido que la asamblea por tribus no pudiera llegar a celebrarse, bien porque el Campo de Marte quedara anegado, bien porque Júpiter no diera su conformidad en los auspicios celebrados por los augures.
Sin embargo, para alegría de una Roma desbordada, no por las aguas, sino por los miles de ciudadanos que habían acudido desde todas partes para dar su voto, el día acababa de amanecer completamente cristalino y dominado por una soberbia bóveda azul.
Elegir a los diez cuestores del año no era en sí mismo un hecho extraordinario ni emocionante. Sí que lo era elegir a la pareja anual de cónsules, o en cada lustro a los dos censores, pero no votar a los aburridos cuestores a cargo de tediosas labores económicas, ya fueran al servicio del Senado o de los pretores y cónsules que marchaban a una provincia para asumir su gobierno.
Por ello, normalmente se congregaban junto a los saepta unos pocos miles de ciudadanos desganados, pero no aquel día, no en aquella ocasión en la que una excitación especial bullía en un cuerpo electoral nutrido con votantes de todas partes de Italia.
La razón de aquella vibración era muy evidente para todos, pues un joven nieto de Escipión Africano y hermano de Tiberio había vuelto a Roma después de dos años en Hispania y presentaba sus credenciales como candidato a la cuestura.
Aquello sí que era emocionante.
Aquel día lo era de incontenible celebración.
Imbuido en este ambiente festivo, Cayo se preparó alegremente, dejándose colocar con una enorme sonrisa la toga cándida.
No era el único que vivía la jornada con efervescencia. Las esclavas de la casa iban de aquí para allá como abejas alteradas para que su amo estuviera impecable. Los esclavos, especialmente los más forzudos, lo preparaban todo para que cuando abandonara la domus, su amo tuviera un hueco vital en el que poder respirar entre la multitud que le aguardaba. Y sus amigos y clientes formaban jovialmente para constituir una formidable comitiva, porque así era Roma, la exteriorización del apoyo. El romano nunca iba solo. El romano caminaba acompañado.
Cayo, ya en el atrio, perfectamente togado, estaba preparado para salir y caminar hasta el Campo de Marte, pero faltaba algo. Miró a todas partes hasta que, simplemente, ese «algo» apareció. Su preciosa hijita Sempronia corrió llegando desde no sabía dónde, aunque tuvo que pararla con la mirada para que no le saltara encima y le estropeara los pliegues de la toga. Y es que a punto de cumplir cuatro añitos, Sempronia era una niña vivaracha e inquieta. Es más, era su debilidad.
—¡Tata! —gritó la niña enseñando una boca en la que algunos dientes de leche aún pugnaban por resistir el empuje de los adultos.
—¿Qué tal ves a tu padre? —le preguntó Cayo, divertido.
Sempronia, que era pura imitación de su madre Licinia, lo rodeó con la punta de la lengua asomada en la comisura de los labios, e incluso se atrevió a mejorar con sus deditos la caída de la toga.
—¡Así mejor! —dijo con su vocecilla.
—Y así todavía mucho mejor —vino por detrás Licinia para ajustar de nuevo los pliegues. Después, con una de aquellas caras suyas de fogosa y embaucadora picardía, dio dos pasos atrás, se mordió el labio inferior y cabeceó convencida—. Estás irresistible —exhaló.
Cayo fingió reprenderla con un gesto de «nuestra hija está presente», le dio un beso, después otro en el moflete a Sempronia y abandonó su casa con espalda y cuello lo suficientemente estirados para mostrar clase, pero nunca prepotencia ni lejanía.
A pie de puerta le esperaba una inmensa multitud, apretujada de tal forma contra fachadas y muretes que bien podría echarlos abajo. El griterío de amigos, clientes, familiares, admiradores y ciudadanos curiosos reverberó comprimido y salió disparado hacia su único punto de escape, el cielo de Roma.
—Amigo mío, hoy te harás un hombre y un nombre —le dijo Flaco antes de apretarle la mano.
—¿Aún no soy ninguna de ambas cosas? —bromeó Cayo.
Flaco adoptó una expresión pensativa.
—¿Sempronio Graco? —se preguntó a sí mismo—. No, no me suena esa familia. ¿De dónde procede? —dijo, fingidamente serio.
Cayo sonrió con elegancia, escrutando a Flaco y a la muchedumbre agolpada con su inconfundible y vehemente mirada.
—¡Sea, que me haga un hombre y un nombre! —exclamó finalmente, y emprendió el camino hacia el Campo de Marte, abriendo en canal el gentío como quien separa las aguas.
Cornelia, acompañada por su hija Sempronia, descendió la cuesta de la Victoria y atravesó el barrio de los etruscos antes de abandonar Roma por la puerta Carmentalis. Para entonces, un multitud arremolinada la señalaba sin disimulo, lo que no le sorprendía. Al fin y al cabo, caminaba nuevamente entre ellos la hija del Africano y la madre de Tiberio y Cayo Sempronio Graco, una presencia muy poco habitual en una Roma en la que apenas se dejaba ver, salvo en muy contadas ocasiones.
Superadas las murallas servianas se abrió ante sus ojos el abigarrado conjunto de templos y pórticos construidos de un tiempo a esta parte en las afueras de Roma, los últimos los de Metelo y Bruto Galaico. El Campo de Marte, antaño un simple meandro del Tíber, cedía al empuje expansivo de la ciudad.
Poco más adelante, siempre protegida por la multitud y por los miles de votantes convocados en los prados, alcanzó los saepta. Muy cerca de allí, en la Villa Pública, sus esclavos habían preparado una tienda con toldos, donde fue a sentarse a la espera de los resultados.
Su hija Sempronia hizo lo propio, mirándola al poco rato para cerciorarse de que estaba bien. Porque por muy especial que fuera la ocasión, no era cómodo estar de nuevo en Roma. La ciudad seguía siendo un pozo colmado de recuerdos violentos que las asfixiaban; opresiva cada vez que ponían un pie en sus calles; oscura y tétrica como la noche que se había cernido sobre sus almas al conocer la muerte de Tiberio. Al menos las reconfortaba saber que jamás volverían a cruzar sus pasos con él. Nasica merecía el Tártaro y confiaban en que allí permaneciera por siempre, aunque no dejase de ser un débil consuelo. Cuando finalizasen las votaciones regresarían a Miseno
—¿Estás bien? —le preguntó a Sempronia.
—Puedo soportarlo —farfulló ella con mirada al frente.
La espera fue más llevadera de lo esperado, más si cabe porque hasta la tienda se acercaron Licinia y la pequeña Sempronia, y poco después Claudilla y su hijo Tiberio, que a sus diez años se estaba convirtiendo en un muchacho espigado como lo había sido su padre.
Cornelia sonrió con ternura. Qué más ansiaba una abuela que verse acompaña de sus nietos.
Al poco se oyó un griterío junto a los cercados de votación. La muchedumbre apelotonada en las inmediaciones se agitó. Después se partió en dos, dejando pasar a uno de los felices nuevos cuestores. Su hijo Cayo, seguido por su inseparable Flaco y por cientos de ciudadanos exultantes que lo felicitaban, se acercaba iluminado por la felicidad.
Cornelia ladeó el cuello a su manera y escrutó con contenida emoción el avance de su hijo. Con veinticinco años Cayo era ya todo un hombre, pero no solo en el sentido físico, sino un hombre romano en la más amplia expresión de la palabra. Mostraba un andar firme, grave y seguro acompañado de unos gestos elegantes y aristocráticos pero cercanos que quedaban suspendidos en el éter. Y su mirada y su sonrisa, totalmente embaucadoras, intensas y atractivas, provocaban la locura.
Ella no era mujer de adulaciones, pero sí de orgullo.
Porque ese joven al que le esperaba un gran futuro no era otro que su hijo, el último de sus hijos varones.
Por él merecía la pena volver a Roma.
Respiró grandeza; para algunos, soberbia.
Cayo ya era cuestor. Su hijo hacía lo que se esperaba de él.
Lo recibió como merecía, de pie y con una cálida sonrisa.
Cayo supo que su madre estaba emocionada, aunque del modo en el que lo mostraba ella, con severidad y contención. Aun así, sus ojos fatuos de pequeña Escipión no le engañaban, no a él.
—Madre —se allegó hasta ella con los brazos abiertos.
—Enhorabuena —esbozó Cornelia, abrazándole con delicadeza.
Cayo la rodeó con cariño, apretándola con creciente intensidad como muestra de agradecimiento por su valentía, por estar aquel día en Roma. Era un gran esfuerzo.
Separándose, se giró hacia Sempronia.
—¡Hermanita, soy cuestor!
Sempronia abandonó momentáneamente su rictus de: «Quiero irme a Miseno», y le achuchó con perenne amor. Lo mismo hicieron Licinia, su pequeña Sempronia y su cuñada Claudilla. Con su sobrino Tiberio se dio un abrazo de otro tipo, más brusco, más varonil.
—Tío, ¿cuál será tu destino? ¿Macedonia? —preguntó el muchacho con entusiasmo. Para él, cualquier provincia a la que fuera su querido tío era como soñar con batallas y legiones.
Cayo le revolvió el cabello.
—Tal vez el sorteo me depare ser cuestor del Senado y permanecer en Roma —dijo para chincharle, y se encogió de hombros.
—¡No, eso es muy aburrido!
—¡De eso nada! —saltó su tía Sempronia—. ¡Mucho mejor eso que Sardinia! ¡Puedo oler desde aquí el humo de las llamas de la rebelión de los sardos! —aulló teatral y exagerada.
Cayo rio abiertamente y dio dos pasos atrás.
—Hermanita, que sea lo que los dioses quieran, Hispania, Sicilia, Macedonia o la peligrosa Sardinia,35 pero ahora tengo obligaciones que cumplir. Pronto os visitaré en Miseno —les dijo a su madre y a su hermana al tiempo que se giraba hacia un muro de ciudadanos expectantes que habían respetado la conversación, pero que en cuanto se vieron liberados dieron rienda suelta a su excitación.
Primero fue un sonido ronco que burbujeaba desde las profundidades. Ese rumor, creciente, hizo vibrar el suelo hasta que la explosión de júbilo reventó con una colosal fuerza expansiva.
—¡Graco, Graco, Graco!
Cayo se volvió hacia su madre.
—¡Aun no me lo he ganado, es por Tiberio! —chilló con humildad, tratando de imponerse al descomunal griterío.
Cornelia asintió imperceptiblemente. Aquello no era verdad.
—Ve, hijo, ve —susurró sin alzar la voz.
Cayo sonrió de oreja a oreja y dejó que la multitud lo engullera.
Cornelia siguió a su hijo con la mirada hasta verlo desaparecer.
—Volvamos —le dijo entonces a Sempronia, emprendiendo el regreso a la ciudad, pero no por la puerta Carmentalis, sino por la Fontinalis, para evitar el atasco de los que regresaban de la votación.
La opción, sin embargo, no fue acertada, porque andados unos pocos pasos fue a toparse con un grupo de unos treinta padres conscriptos, dispersos todos ellos junto a un murete al borde del camino cual manada de leones, unos sentados en el mismo muro, otros apoyados o los más simplemente de pie en corrillos. De entre todos ellos advirtió la presencia de Bruto Galaico y de Lenas, así como de otro senador de marcada nuez en su largo cuello, nariz grandiosa y frente y mandíbula estrechas, uno que la observaba con desagradable lascivia. Lo reconoció de inmediato. Era Lucio Opimio.
La mirada del resto de los senadores tampoco se mostraba consoladora. Era despectiva e incluso desencajada, siempre descarada y descarnada bajo un intimidante mutismo al tiempo que a lo lejos seguía reverberando el magnífico «¡Graco, Graco, Graco!».
Obviamente, aquella frialdad no iba a amedrentarla, no a ella, por lo que estiró su armonioso cuello, enseñoreó sus pasos y lució toda su mortífera distinción.
—Señores —se limitó a decir al pasar junto a ellos.
—Señora —bisbiseó Lenas.
—Señora —se dignaron otros con un tonillo sarcástico.
—Señora —canturreó igualmente Opimio con el labio superior ligeramente elevado, dejando enseñar parcialmente sus caninos.
—Señora —chirrió a última hora con su voz de pito un inconfundible senador de cabellos rojos y ojos de huevo que le resultaba detestable y traidorzuelo, Quinto Pompeyo.
Cornelia, ignorándolos a todos con suma clase, no detuvo sus pasos, pero no pudo evitar acelerarlos, provocando que Sempronia tuviera que alcanzarla con sus desarticuladas extremidades.
—¿También lo has sentido, madre? ¿Lo has sentido? —la abordó su hija con su particular estilo de angustias—. ¡Un escalofrío me ha recorrido el cuerpo de arriba abajo! —gimoteó incisiva.
—Lo he sentido —aplastó Cornelia, dejando que a un paso le siguiera el siguiente—. He sentido a las bestias.
—¡Madre! —chilló Sempronia, llena de congoja.
—Tu hermano sabe qué hacer —sentenció Cornelia camino a Miseno al tiempo que Pompeyo, por detrás, se dejaba rodear de la manada de senadores, llevándose el dedo índice a la oreja.
—¿Lo oís? —preguntó con un tonillo despreciativo. Todos asintieron. El odioso gritito «¡Graco, Graco, Graco!» martilleaba sus delicados tímpanos—. El peligro ha vuelto. ¿Os apetecen unas uvas? —canturreó irónico sin que nadie se opusiera.