Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El pacto de las uvas
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El pacto de las uvas

Roma, al mismo tiempo

Pompeyo sentía que un orgasmo delicioso recorría su cuerpo desde la cabeza hasta la punta más remota del dedo gordo del pie. Porque por mucho que a lo largo de su vida hubiese sido cónsul, censor e imperator de los ejércitos de Hispania Citerior, nunca hasta el momento había podido disfrutar de una posición tan preeminente como la de aquella noche, una que auguraba que su colosal autoridad iba a brillar como el Sol Invicto o como la esplendorosa y redonda luna llena que atrae a las polillas despistadas.

Felizmente arrogante, tumbado con majestuosidad en el triclinio principal del lujoso comedor de su domus palatina, elevó la vista y contempló a sus polillitas huérfanas, aquellas que habían aleteado hasta su casa en busca de un halo de luz poderoso que quemara toda amenaza popular, más peligrosa si cabía tras la muerte de Emiliano.

A su derecha, con su gesto de ingeniero cuadriculado y mirada tosca, se encontraba Bruto Galaico, un espécimen poco hablador y aburrido fuera de su hábitat, el campo de batalla y las legiones, donde era un hombre decidido y fogoso, pero no en el foro y con la toga.

Aun así, fuese o no un soso dentro del pomerium, su fama como imperator era un valor más que suficiente para tolerar que consumiera el mismo aire que él respiraba. Bruto era el ejército. Un tipo importante.

A continuación, escrutó a Lenas, que lucía un rictus verdaderamente poco atractivo que estiraba la piel de su cara, ovalando el totum revolutum de los famosos cráteres de sus viruelas. Su semblante antipático era el condimento perfecto de su fealdad, aquella que había mostrado de un modo terriblemente fiero al presidir el tribunal senatorial que había eliminado a la chusma de Tiberio tras la marcha de Nasica al exilio. Ya solo por ello y por tanto compromiso, merecía estar allí. Era un personaje admirado entre los senatoriales por sus huevos como manzanas.

Pompeyo rotó su cuello.

A su izquierda solo había un hombre, sin duda el más peligroso de todos ellos dada su simple agresividad, sus destellos de crueldad y su impulso destructivo. Aquellas eran las características invariables del inconfundible Lucio Opimio, otra pieza fundamental en aquel tablero que conformaban los nuevos dueños de la curia Hostilia. Siempre se necesitaba un perro rabioso, y ese era Opimio.

Pompeyo respiró lujuria.

Le encantaba todo.

Más aún sentir esa sublime excitación de saber que aquellos senadores estaban ahora en su comedor, en el corazón de su casa.

Era orgiástico.

Su maléfico ingenio no encontraría nunca más trabas de pedantes aristócratas como Emiliano, Claudio o Nasica. Que se pudrieran todos en el inframundo. Era una delicia que estuvieran todos muertos.

Comenzaba un nuevo tiempo.

—¿Y bien? —tarareó provocativo con la llegada de una bandeja repleta de hermosos racimos de uvas de Cartago.

—Emiliano ha muerto —espetó Opimio.

Y se llevó varios granos a la boca.

—Y con él su tibieza —porfió Lenas.

Y tragó un buen puñado de uvas.

—Hacía falta más mano dura —añadió Bruto.

Y deglutió sus propios granos.

Pompeyo, maravillado, miró la bandeja. Los racimos ya no eran otra cosa que ramitas desvencijadas y peladas. ¡Qué ansiosa voracidad mostraban aquellas polillitas senatoriales!

—Traed más —ordenó antes de rezongar en el triclinio, poner ojos gatunos y expulsar su veneno—. Amigos míos —recitó—, las malas hierbas no deben dejarse crecer so pena de arruinar el bello jardín de la República. Y por ello yo os pregunto, ¿queréis olvidar? —interpeló, estirándose como una culebrilla sobre el diván—. ¿Queréis olvidar que Nasica murió en el destierro? ¿Queréis olvidar que esos jóvenes sediciosos se han reído del Senado? ¿Queréis olvidar que Emiliano terminó en el inframundo? ¿O queréis olvidar que están en peligro nuestras propiedades, riqueza y privilegios? ¡Porque yo os digo que esos muchachos no han de parar! —cayó de pronto en la locura, dando botes sobre el triclinio—. ¡Solo los dioses saben qué estarán pergeñando ahora mismo! ¡Y me da igual que Cayo abandone Roma dos años! ¡Es el último de los nietos de Escipión Africano y qué ponzoña tienen todos ellos! ¡No debemos darle tregua! ¡Es el alma de tanta perturbación! ¡Y por eso yo os pregunto! ¿Queréis olvidar? —aulló justo en el instante en el que llegaba una nueva bandeja de uvas.

—Yo no olvido —dijo Bruto con toda parsimonia.

Y cogió una uva.

—Yo no olvido —afirmó Lenas con igual indolencia.

Y atrapó la suya.

—Yo no olvido —siseó Opimio con su odio visceral.

Y aferró un granito.

Pompeyo, sintiendo que sus carnes se agitaban todavía como bolsas de agua, se mordió el labio inferior.

—En ese caso, los que quieran salvar a Roma y a nuestras leyes, que me sigan —parafraseó a Nasica, cogió su grano, uno gordo y rebosante como él mismo, y dijo—: Yo tampoco olvido.

—Sea.

—Sea.

—Sea.

Pompeyo se llevó la uva a la boca, la trituró y se relamió de placer al tiempo que Bruto, Lenas y Opimio masticaban también sus uvitas gozando de la explosión de los sabores del jugo de Baco.

—¡Por el pacto de las uvas! —loó antes de lanzar una sonora carcajada que incluso a Bruto, Lenas y Opimio les pareció excesiva.

Naturalmente, le importaba un magnífico bledo.