Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una madre siempre tiene razón
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Una madre siempre tiene razón

Roma, finales de abril

Después de pasar unos pocos días más en Miseno en compañía de su madre, Cayo tomó la vía Latina y emprendió el regreso a Roma.

Atisbó la puerta Capena en la sexta jornada de viaje, yendo directamente a la domus que Flaco tenía al borde de los escarpes que caían sobre el foro.

No solo encontró a Flaco, sino también a Carbón. Ambos disfrutaban en el tablinum del sabor de un buen vino, y ambos reían a carcajadas, lo que podía esperar de Carbón, pero no de Flaco.

Se mostró cortante. Lo iba a necesitar.

—¿Qué me estoy perdiendo? —arrojó arisco.

Carbón, ajeno al tono, fue el primero en contestar.

—¿No te has enterado de lo que ha ocurrido en el banquete fúnebre de Emiliano? —dijo a duras penas entre risotada y risotada.

Flaco, más controlado, aclaró la situación.

—Quintillo no solo leyó el elogio de su tío Emiliano, sino que decidió dar ante el pueblo un banquete público en su honor. Se celebró la semana pasada, pero no se le ocurrió mejor idea que pedir a su primo Tuberón que organizase una de las mesas.

—¡A Tuberón! ¡A ese tacaño! —se partió Carbón.

—Resulta que Tuberón —continuó Flaco— decidió disponer triclinios, pero de madera, al estilo púnico, con pieles de cabra…

—¡No solo eso! —le interrumpió Carbón con ansia—. ¡Tuberón también colocó en las mesas loza de Samos en lugar de vajillas de plata, como si el funeral que se celebrara fuese el de Diógenes! —Eructó antes de añadir—: Todos sabíamos que Tuberón era un rácano, ¡pero no tanto!

Flaco tomó nuevamente el testigo.

—Esa exhibición de austeridad ha disgustado al pueblo de tal forma que Roma se ha llenado de carteles llamándolo baboso, tiñoso o filosofillo empobrecido, entre otras lindezas.

—Porque aunque en privado se aprueba la frugalidad —intervino de nuevo Carbón—, en público todos están muy dispuestos a que sus panzas se llenen de regalos. ¡Hipócritas todos!

Cayo se quedó rígido, de pie, seccionando de cuajo las risotadas.

—¡Oh, vamos, Cayo, celebremos que todos los senatoriales están bajo el yugo! —protestó Carbón—. ¡Nos odian! ¿Pero qué hay más divertido que esto cuando les estamos dando una paliza? ¡Sin Emiliano no son más que un rebaño de ovejas estúpidas! ¡Celebrémoslo!

El rostro de Cayo se contrajo en el desagrado más despectivo.

—Siéntate… —le invitó Flaco. Aun así, el semblante violento de Cayo no aminoró—. Cayo, ¿ocurre algo? —preguntó turbado.

—Estos carcajeos me ofenden a mí y nos ofenden a todos —sepultó inflexible—. No tenemos nada que celebrar —susurró—. No tenemos nada de lo que reír —intensificó—. Y no tenemos nada más que hacer, porque vamos a poner fin a todo esto. Basta ya de muertes y de violencia. Se acabó —sentenció pétreo como el más frío mármol.

Fue como si en el tablinum cayera un meteorito.

Flaco se quedó detenido por el colosal impacto.

Carbón no.

—¡Por encima de mi cadáver! —rugió al tiempo que se ponía en pie—. ¿Te has vuelto loco? ¡Los tenemos comiendo de la palma de nuestra mano! ¡Hay que seguir incendiando Roma! ¡Sin Emiliano no son nada! ¡Tu hermano no debe morir en el olvido! —aulló, encrespado.

Cayo mantuvo una imperial calma aderezada con inflexibilidad.

—Mi hermano no morirá nunca —espetó.

—¿Te has vuelto loco? —reiteró Carbón.

—No es la locura la que guía precisamente mis actos.

—¿Qué te guía entonces? ¡Después de lo que yo he hecho…!

—¿Y qué has hecho? —emergió un Cayo furioso—. ¿Qué has hecho? ¡Dímelo! —gritó con las venas en riesgo de reventón.

El silencio que sucedió fue suficientemente expresivo. Carbón miró a Flaco. Flaco se limitó a mantener su hosco poderío visual. Carbón miró de nuevo a Cayo, pero solo para verse atravesado por su mirada.

—¡Dime! ¿Qué has hecho tú? —arremetió Cayo de nuevo, envuelto en las tinieblas de la ira. Su madre tenía razón, siempre la tenía. No todas las compañías le convenían. Debía dictar sentencia—. Si no crees que la locura debe terminar, vete de aquí —reprobó, inmisericorde.

Carbón interrumpió su aliento, acorralado y sorprendido.

—¿Y desde cuándo eres tú quien nos dirige? —se defendió, dando un paso atrás—. ¿Desde cuándo debemos cumplir tus exigencias? —reiteró, pero mirando esta vez a Flaco, buscando su apoyo.

Este cabeceó como un buey antes de contestar.

—No son los nombres de nuestra gens los que grita el pueblo en las calles —masculló—. Los ciudadanos no se arremolinan al grito de Carbón ni de Flaco, sino de Graco y de Tiberio. Esa es la verdad.

Carbón se irguió como una cobra. No necesitaba oír más.

—Os arrepentiréis —advirtió en un bisbiseo letal.

—Vete —resolvió Cayo.

—¡Esto no tendrá marcha atrás!

—Vete.

—¡No entiendo nada!

—Vete.

Carbón emitió un gruñido subterráneo y, al borde del estallido, emprendió la marcha triturando el suelo bajo sus pies.

—Carbón —lo llamó Flaco—. ¡Carbón!

—Déjalo, que se vaya y que no vuelva —exigió Cayo.

Flaco lo miró circunspecto. Carbón ya había desaparecido.

—¿Es una orden? —interpeló, molesto.

—Tómalo como quieras —dijo Cayo, y se sentó en un diván.

Flaco resopló aparatosamente y se mesó los cabellos. Apenas unos instantes antes reían a carcajadas, justo hasta la aparición de Cayo como si la autoridad del Senado mismo hubiera bajado desde el cielo cual tormenta salvaje para destrozar en un solo instante, no ya estatuas, tejados y pináculos, sino las alianzas de los hombres, en este caso la suya, aquella que había puesto del revés una ciudad entera.

—No podemos permitírnoslo —negó Flaco en un oscuro susurro.

—Podemos y debemos.

—Claudio, Craso y ahora Carbón… ¡No, no podemos! ¡Nos estamos quedando solos en el Senado! —pasó Flaco al grito—. ¿A qué viene esto? ¡Necesitamos estar juntos!

—¡Nos daña! —contraatacó Cayo con inusual vehemencia—. ¡Esto va de que Carbón nos daña! —chilló colérico.

—Cayo… —titubeó Flaco al verlo así.

—¿Es que no lo entiendes? —siguió Cayo a la carga—. ¡Carbón nos perjudicó gravemente cuando en Fregelas provocó a Pacuvio! ¡Y tú también lo crees! ¡De no ser por aquella estupidez, Emiliano no habría apoyado a los aliados! ¡Y ahora está muerto, y todos, incluido yo mismo, mi madre, mi hermana y tú mismo, todos, estamos bajo sospecha de asesinato! ¿Y me preguntas que a qué viene esto? ¿No eres capaz de verlo por ti mismo? —reprobó en una monumental bronca y fijó la mirada en quien consideraba su amigo, con aquella cara suya cruzada por la palpitante cicatriz del día de la matanza del Capitolio. Carbón solo se dejaba guiar por el extremismo natural. No era el caso de Flaco, marcado de por vida por aquel recuerdo del Averno. Tal vez estuviese implicado en la muerte de Emiliano. La duda jamás se extinguiría, pero no quería saber más, no con Flaco—. Alejémonos de Carbón —concluyó.

Flaco, abrasado por aquel fuego inesperado, rumió algo ininteligible, pero en aquel instante decidió ceder, eso sí, peleándose con el rencor que le arrastraba a la turbulencia e, irremediablemente, a la mala compañía del damnificado de aquel día, Carbón.

Pero si debía elegir entre este y Cayo, si quedaba sujeto a un dilema abrupto parecido a vida o muerte, su motor interno lo arrastraba a la nobleza y la altura de Cayo, como antes lo había hecho con Tiberio.

Los Graco por encima de todo.

Tiberio y Cayo antes que Carbón.

No tenía nada más que discutir con Cayo.

Así de simple, y así de duro.

—¿Cuándo partirás a la Citerior? —preguntó, admitiendo su rendición.

—En una semana.

—Entiendo… —barbotó con la mirada clavada en el suelo, ahora pensativo, mostrando un algo que llamó la atención de Cayo.

—¿Esperarás a que regrese de Hispania para decírmelo? —lo espoleó con mordacidad.

Flaco lanzó un largo suspiro. Lo que ocurría era que una nueva propuesta se agitaba en su mente, una tan reciente como arriesgada y revolucionaria. Pero estaba convencido. Lo estaría con todo aquello que condujese al triunfo de sus objetivos por mucho que provocara que los padres de la patria berrearan enloquecidos y se arrancaran los dientes. No se había arredrado en la oscuridad de sendas asesinas y no iba a hacerlo en aquellas en las que el sol mostraba su rostro a plena luz del día.

Elevó la vista y arremetió yendo al grano:

—Cayo, ellos nos obligan a hacerlo. La oposición de los senatoriales a la ley agraria nos arrastra irremediablemente a algo que hasta ahora era una locura, pero que de pronto se ha convertido en una necesidad. Si los aliados se sienten frustrados por no poder participar en los repartos de tierras públicas, solo hay una manera de reparar su frustración y que dejen de presentar reclamaciones judiciales que suponen la derogación práctica de la reforma. Los cónsules dirigen guerras, no pleitos. Si queremos que la ley de tu hermano no muera, concedámosles a los aliados un favor mayor para que abandonen su oposición. Cayo, defendamos que se les conceda la ciudadanía romana. Si la alcanzan, los aliados ya no tendrán motivos para oponerse, ni los senatoriales un pretexto al que aferrarse. La solución pasa por la ciudadanía romana.

Y se hizo el silencio, uno largo y ruidoso, pero no incómodo, dibujándosele a Cayo poco a poco una creciente media sonrisa.

—¿Me enseñas las vistas de tu domus? —dijo de golpe.

—¿Las vistas? —se sorprendió Flaco.

—Sí, enséñamelas —insistió Cayo, permitiéndose ya la confianza de echar andar hacia el peristilo de la domus.

Flaco, pasmado, condujo a Cayo hasta uno de los extremos del peristilo porticado, abierto a modo de mirador desde el que dominaba el foro, hundido este bajo los escarpes de la colina palatina.

—Pocas domus de Roma tienen estas vistas —admiró Cayo.

—No son pocos los senadores que la tomarían al asalto y me sacarían de ella arrastrándome por los pies —desdeñó Flaco.

Cayo dejó escapar un leve carcajeo. A sus pies se abría el foro con sus tribunas, los templos, el Senado y las basílicas. Todo era ajetreo y vocerío derrochado por los cambistas, los abogados en los juicios, los vendedores de esclavos y demás mercancías del dominio romano, ediles ordenando la ciudad y ciudadanos, contratistas y negotiatores que se acercaban a realizar ofrendas, hacer peticiones al pretor, cerrar negocios o simplemente ver pasar a los cónsules precedidos por sus lictores.

Allí se respiraba grandeza, pero una que había que ganarse a pulso, incluso con propuestas espinosas pero profundamente justas. La gloria no solo se hallaba en los campos de batalla, también en la audacia de las nuevas proposiciones.

—Juraría por los dioses —dijo finalmente sin dejar de mirar al foro— que no eres el primero que piensa esta propuesta, y no me refiero a mí —añadió con un gesto cómplice que Flaco pilló al vuelo.

—Entonces me apoyas —afirmó. La cara de Cayo fue suficientemente expresiva—. Voy a hacerlo, Cayo —continuó, reforzado, apretando los molares—. Lo haré sin importarme que arda Roma e Italia con ella. Propondré la ciudadanía romana para todos los aliados, aun cuando caiga un rayo sobre los pináculos del templo de Júpiter y los reviente encima de la cabeza de todo el Senado.

—Es natural que los rayos caigan sobre Roma —afiló Cayo.

—Sí, es natural… —siseó Flaco, absorto, sintiendo que el riego sanguíneo de su cicatriz discurría de nuevo con potencia—. No podrán oponerse, Cayo —susurró—. Con la desaparición de Emiliano, el Senado está debilitado, ¡esa es la verdad! —exclamó rabioso, pero solo para provocar el ronroneo disconforme de Cayo.

—No, amigo mío —masculló—, no habrá debilidad, sino todo lo contrario. Y sabes a quiénes me refiero.

—Lo haré de todas formas.

—Nadie te ha dicho lo contrario.

—Lo haré —repitió un Flaco que no escuchaba.

Cayo, apoyado en el murete, se incorporó con una sonrisa.

—Amigo mío, cuídate mucho, nos reencontraremos dentro de dos años —dijo como preludio de su marcha.

—Dos años son demasiados.

—Es el tiempo que resta para que yo pueda ser cuestor y para que tú puedas ser cónsul. ¿Te parecen demasiados? —ironizó Cayo.

Flaco decidió que era el momento de sonreír.

—Ave atque salve, amigo mío —dijo con afecto.

—Ave atque salve, Marco Fulvio Flaco —se despidió Cayo antes de que se unieran en un poderoso abrazo, firmando en realidad su nuevo tratado de intenciones. Lo iban a necesitar. Porque tenía la plena convicción de que a pocos pasos de aquella casa estaba a punto de formalizarse otro pacto bien distinto.

¿Por qué lo creía?

No lo sabía, pero lo que sí era capaz de advertir era que, como le había dicho su madre en Miseno, seguramente para los nuevos amos del Senado ya habría comenzado una guerra tras las muerte de Emiliano.

Y las madres, al fin y al cabo, siempre tenían la razón.