Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Miseno, en el presente
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Miseno, en el presente

—Madre…

Cornelia reaccionó al fin, justo cuando un nuevo rompiente le llegaba hasta las rodillas. El agua estaba fría, casi gélida. Volvía a sentir.

Miró a Cayo.

—Hijo, esto tiene que terminar. Basta ya.

—No es la primera vez que lo escucho.

—Que sea entonces la última, y de una madre. Esta muerte solo te traerá enemigos de por vida.

—¿Enemigos? —saltó Cayo con un deje de amargura—. ¿Acaso no los tiene todo aquel que ama la justicia y la verdad?

Su madre ahuecó el rostro, disgustada.

—Basta ya —reiteró.

—Sabes que yo no he tenido nada que ver.

—Lo que sé es que la agitación y la violencia no son el camino.

—Pues a veces parece que es el único que entienden.

—¿Y entiende mi hijo que está a punto de terminar sus años de servicio militar y que pronto comenzará su cursus honorum? —saltó Cornelia con premeditado uso verbal en tercera persona, mirando a Cayo de reojo—. ¿Es consciente mi hijo que para alcanzar la cuestura y el tribunado de la plebe han de votarle los ciudadanos? —prosiguió del mismo modo—. Los ciudadanos del campo, los más tradicionales, no dan su voto a los candidatos turbulentos, sino a los de mayor virtud. ¿Lo entiende ahora mi hijo pequeño, el último de mis vástagos varones?

—No solo lo entiendo —repuso Cayo, molesto, con el ceño contraído—, sino que si ese es el motivo de tu preocupación, has de estar muy tranquila —espetó—. Sabes que estaba a punto de partir hacia la Citerior para completar mis años de servicio en las legiones como tribuno militar —añadió al advertir que su madre lo miraba confundida—, y es justamente lo que voy a hacer, irme para labrar la virtud de la que me hablas, pero, madre —enfatizó antes de clavar su mirada impetuosa en el horizonte y endurecer su convicción—, nunca me pidas que no lo haga, no con Tiberio, no con lo que creo que es justo. Yo no ansiaba la muerte de Emiliano, ni me alegro por ello, pero ¿acaso debo cambiar por ello mi camino y mi destino? ¿Es ahora el Senado un cuerpo sano y generoso? No, madre, no renunciaré. Será sin violencia, pero tengo un plan que cumplir, uno bajo el que todos habrán de pasar como si de un yugo se tratase, ya sea el Senado o el resto de los senadores que han de pagar todavía por sus actos. Yo no olvido. Y mi tiempo está próximo, uno en el que yo dirigiré los acontecimientos. Nunca me pidas que no lo intente.

Cornelia cruzó las manos sobre el vientre, dejando que la túnica cayera y flotara sobre las aguas. Así estuvo un rato, observando la tela agitarse por la corriente que ascendía y descendía. Finalmente alzó la vista y contempló al menor de sus hijos con infinito cariño.

—Si fuerais de otro modo, sufriría menos, pero en ese caso jamás habría sentido tanto orgullo por vosotros. Hijo, está bien, marcha ya, ve a Hispania, pero no olvides que, por muchos enfrentamientos que tuvierais con él, era el único capaz de sujetar las correas de las bestias del Senado. Fabio y Lelio se apartarán. Cuidaros de los nuevos perros guardianes cuyos nombres ya conoces, Pompeyo, Bruto, Lenas u Opimio. Puede que para ellos ya haya comenzado una guerra. Cuidaros. Siempre encontrarán el modo de vencer —conminó, maternal, le dio un beso y se alejó lentamente por la orilla, pero solo para detenerse poco más adelante y girar la cabeza por encima del hombro—. Ya te lo insinué una vez —dijo—, pero lo repetiré. No todos aquellos que te acompañan te convienen. Elige bien a tus compañeros en lo que te resta de viaje. Sé inteligente.

Y se marchó definitivamente.

Cayo vio cómo se alejaba, con los cabellos revueltos por las rachas de viento, pequeña pero majestuosa sobre la arena que se elevaba y creaba pequeños remolinos. Verdaderamente era única. ¿Cómo iba a ser él de otra manera si la había parido ella?

Dando cabezadas esbozó una resignada sonrisa y fue tras ella.