Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Hasta pronto
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Hasta pronto

Miseno, tercera semana de abril

Cayo llegó a la villa marítima de su madre cinco días después. Esta vez no la encontró en los jardines de la mansión, sino paseando por la playa. Era un día de brisa racheada que levantaba espumarajos y brillos en un mar tan azulado como verdoso. Allí, en Miseno, con el sonido del golpeteo acompasado de las olas, solo se respiraba calma.

Su madre estaba con la túnica larga ligeramente levantada, dejando que la rompiente del mar acariciase sus tobillos y sus pies. El cabello, elegantemente canoso, no lo tenía enrollado en su típico moño de matrona, sino peinado hacia atrás y sujeto con una pequeña diadema, lo que no impedía que se agitara con el viento. Era evidente que no esperaba ninguna visita.

Se acercó sin que ella lo viera, y no la llamó hasta que estuvo muy cerca.

—Madre.

Cornelia no lo oyó. Las olas rompían con fuerza.

—¡Madre! —insistió Cayo, ya a pocos pasos.

Su madre se giró y se le iluminó el rostro, pero no se movió un ápice. Los pies se le hundían en la arena con cada acometida de las frías aguas de primavera y no estaba dispuesta a rechazar aquel goce.

Cayo se quitó las sandalias y se colocó a su lado, mirando fijamente al frente. Cerca de la orilla un par de barcazas de pescadores desafiaban el brío del oleaje.

—Tal vez algún día abandone Roma y me retire a este lugar. En Miseno los días no pasan y el frío no se te mete hasta los huesos —dijo Cayo antes de echar la cabeza ligeramente hacia atrás, abrir las aletas de la nariz e inspirar el aire salino.

Cornelia sonrió y cerró los ojos, dejando que la brisa azotara plácidamente su rostro. Después, consciente de que el placer es caduco, rotó el cuello con distinción y miró a su hijo.

—¿Has venido con tu hermana? —preguntó. Cayo, con los labios prietos, se limitó a cabecear de lado a lado. Cornelia continuó—: Pues bien, dime ya aquello para lo que hayas venido. Lo veo en tu rostro.

Cayo se miró los pies y jugueteó con la arena y las aguas. No se demoró. Elevó la vista y escrutó las barcazas antes de hablar.

—Emiliano ha muerto. Fue asesinado hace seis días —dijo, y una ola más impetuosa que las anteriores explotó con estruendo a poca distancia. El agua, revuelta, llegó hasta sus pies con fuerza, elevándose hasta las rodillas, tanto que su madre tuvo que activar sus piernas para no perder el equilibrio. No así Cayo—. Nadie lo sabe —añadió al retirarse el batiente—. Todos creen que murió de modo natural, pero… —dejó la frase en suspenso y volteó su cuello para mirar a su madre, ahora hierática y clavada en la arena como un poste que resiste un vendaval—. Tan cierto es que está muerto como que no quiero preguntarme quién lo ha hecho —finalizó en un lamento.

Cornelia entornó los ojos. No sentía las aguas frías. Los tambores rítmicos del oleaje sonaban muy lejanos. Y el viento racheado parecía sortearla. Solo oía su corazón al tiempo que en su mente se perfilaban dos rostros, el suyo propio y el de su primo Emiliano.

El recuerdo llegó de modo espontáneo. Por qué evocaba aquel instante, no lo sabía, pero era su modo de despedirse.

Roma, en la casa de Emiliano. Treinta y tres años antes. Abril de 162 a. C.

Emiliano escuchó nítidamente desde su despacho la inconfundible voz de Cornelia. En esta ocasión, no obstante, sonaba más grave, más seria y consular, y sabía por qué.

Bien parapetado tras el escritorio en el que ordenaba los papeles de los bienes de su recientemente fallecida tía Emilia Tertia —esposa de Escipión Africano y precisamente la madre Cornelia—, se dispuso a hacer frente a aquella acometida. A sus veintitrés años y con servicios militares como los de Pidna, se veía ya muy capaz de soportar el envite de su garbosa y admirada prima.

Ella entró en el tablinum a su manera, sin estridencias y gritos, como si fuera la pausada pero más que temible sacerdotisa mayor del colegio de las vestales. Sus ojos lanzaban chispas y su rostro mismo se mostraba contraído, conteniendo la explosión de la furia.

—Cómo has podido hacerlo —susurró ella entre dientes.

—Toma asiento, te lo ruego —la invitó Emiliano.

—No —espetó Cornelia, amenazante.

Emiliano, con la cabeza algo gacha, miró a Cornelia, que permanecía inmóvil en mitad del despacho con una magnífica estola carmesí de matrona. Si no fuera por el suave color de sus mejillas y el brillo de sus ojos escipiónicos bien podría tratarse de la más bella de las estatuas de Atenea tallada en el mejor de los talleres griegos, llena de fuerza, presencia y valor. Ante aquella obra de arte no podía permanecer sentado. Se puso en pie.

—Soy el único nieto varón de tu madre Emilia Tertia, aunque lo sea por adopción, lo que significa que soy el heredero de sus bienes —dijo, ahora muy seguro de sí mismo.

—Cómo has podido hacerlo —farfulló de nuevo Cornelia.

—Mi madre natural merece la distinción de su hijo —se opuso Emiliano—. Y merece salir de su casa de forma espléndida cuando participa en las ceremonias que conciernen a las mujeres —añadió.

—Le has entregado todo… —porfió Cornelia entre dientes.

—Sí, lo he hecho, con la misma generosidad que tuve contigo y con tu hermana al abonar a vuestros esposos Nasica y Graco las dotes de vuestros matrimonios. ¿Ya lo has olvidado? —se enrocó Emiliano.

—Le has entregado todo a tu madre, las joyas, los adornos de los carros, los vasos y todo lo demás. Hasta los criados y los esclavos que le precedían en las pompas solemnes, ¡todo! —persistió Cornelia a lo suyo al tiempo que su contención comenzaba a resquebrajarse.

—Le he regalado inmediatamente lo que he creído justo y adecuado a la alcurnia de mi madre —sentenció Emiliano.

Cornelia no pudo más. Elevó el mentón y desparramó su rabia.

—¡Mi madre nos prometió a mi hermana y a mí que al morir su ajuar sería para nosotras, para sus dos hijas!

—Nada de eso me trasladó antes de su muerte.

—¡Y se lo has dado todo a tu madre!

—Todo.

—¿Eres consciente del daño que nos haces?

—Tu hermana y tú misma nada necesitáis.

—¿Necesitar? —gritó Cornelia indignada—. ¿Crees que he venido hasta aquí para suplicarte por apego al oro y a la plata? ¡Son los recuerdos de una vida lo que me abaten! ¡Hablamos de una madre!

—¡Y como hijo que ama a su madre yo he actuado! —rugió de pronto Emiliano tensionando todo su cuerpo, tanto que Cornelia dio un imperceptible paso atrás—. ¡Tu madre siempre pudo salir de su casa luciendo las mejores joyas, subida a carros engalanados y precedida por cestillos, platos, vasos de oro y un número de siervos adecuado! ¿Y sabes cuánto tuvo que sufrir mi madre? ¿Ya no lo recuerdas? —bramó y apoyó los nudillos en la mesa.

—Recuerdo cuando el tío Paulo la repudió… —barbotó ella.

—¡Repudió a mi madre, a Papiria, a la hija del consular Papirio Masón pese a que ya le había dado dos hijos varones, yo mismo y mi hermano Fabio! ¿Pero sabes qué contestaba mi padre cuando le preguntaban que por qué la repudiaba siendo ella tan hermosa, distinguida y fértil? ¿Lo recuerdas?

—No…

—¡Decía que sus zapatos podían ser muy bellos, pero que nadie sabía dónde le molestaban, eso decía! —gimió Emiliano antes de tomar aire, erguirse y hablar de pronto con repentina contención—. La repudió, Cornelia, como quien tira unos zapatos y los cambia por otros, y por ello mismo he querido reparar aquel daño. Mi madre merece que todas las demás mujeres de Roma la vean digna de su alcurnia. ¿Merece ello tu reproche?

Cornelia se quedó mirando a su primo, quieta, envueltos ambos en un largo silencio. Su rabia y su dolor por la pérdida del aparataje ceremonial y las joyas de su madre no cesaba, y jamás lo haría; incluso tampoco perdonaría a Emiliano, pero por extraño que pareciera sentía un mínimo consuelo. Al menos su primo mostraba un sentimiento profundo y noble. Una madre siempre era una madre.

No dijo nada, simplemente giró en redondo e inició su marcha.

—Hasta pronto, Cornelia —oyó a su espalda.

Sin detener sus pasos abandonó el tablinum.

Solo en su fuero interno dijo un «Hasta pronto, querido primo».