Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Otras llamas que se extinguen
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Otras llamas que se extinguen

Roma, dos días después

Era noche cerrada cuando Fabio, envuelto en el aplastante silencio de la muerte, bajo las estrellas de la ciudad de Rómulo, junto a las puertas del templo de Júpiter Óptimo Máximo, se incorporó al cortejo fúnebre. Lo hizo justo detrás de Sempronia y del hermoso carro engalanado sobre el que reposaban los restos de Emiliano.

Nadie debía ver el rostro amoratado y abotargado de su hermano, razón por la que avanzaba cubierto por un cuidado manto púrpura. Y le dolía inmensamente. Más aún, le dolía insoportablemente.

Si la muerte no era suficiente azote, debía soportar que nadie, absolutamente nadie, pudiera demoler aquel gigantesco mutismo y gritar que su amado hermano había sido vilmente asesinado mientras se afanaba una vez más en sostener la salud de Roma. Porque ese había sido el destino de Emiliano durante dos décadas, apuntalar los cimientos de la República frente a los vicios que incansablemente se empeñaban en carcomerlos ¿Qué clase de injusticia era esta?

Apretó los puños y tensó violentamente las mandíbulas.

Escrutó de reojo a Sempronia, que seguía caminando lánguidamente delante de sus pasos.

Comprimió aún con más fuerza los puños y enseñó los dientes en una amalgama de sentimientos enfrentados, del sufrimiento a la rabia, de la tristeza insondable al odio más virulento.

Con todo, brincando de una emoción a otra, permanecía la peor de todas ellas, el sufrimiento. Porque le dolía el pecho y le dolía el alma misma al ver que su hermano era paseado escondido bajo un manto púrpura, escoltado eso sí por las majestuosas imagines de los Escipiones del pasado; acompañado de todos los símbolos de las hazañas, magistraturas y honores de todos ellos; rodeado por una multitud de rostros emocionados; secundado por los dioses mismos; arrebolado por la inconmensurable grandeza, inmortalidad y popularidad de aquella familia de leyenda sobre cuyas acciones se había cimentado el poder de Roma…; sí, por todo ello, pero oculto al fin y al cabo como si una vergüenza lo hubiera ultrajado. ¿Qué clase de injusticia era esta?

Fabio advirtió que la mano tranquilizadora de Lelio se posaba en su hombro. Se giró agradecido pero con el rostro devastado, reprimiendo las lágrimas para no derribar él mismo la gravedad y severidad que se exigía a los grandes nobles de la ciudad de la loba, porque, por muy derrumbado que estuviera, él era Quinto Fabio Máximo Emiliano.

El cortejo avanzó respetuosamente, siempre sumergido entre una inmensa multitud de ojos abiertos y bocas cerradas. Descendió por el clivus Capitolinus, giró a la izquierda para embocar la calle de los etruscos, llego al foro Boario, atravesó el Circo Máximo, tomó la vía del triunfo y regresó al foro por la vía Sacra en un espectáculo contenido en el que únicamente se había escuchado un sonido, el crujir de las ruedas de los carros ceremoniales.

Solo Metelo Macedónico fundió el mutismo cuando llegó la hora de depositar sobre los rostra el féretro del difunto.

—¡Hijos, tomad el cuerpo y llevadlo a la tribuna por última vez, porque debemos agradecer a los dioses que por el bien de Roma Escipión Emiliano no hubiera nacido entre otro pueblo! —tronó, pillando por sorpresa a todos, pero, en primer lugar, a los propios porteadores oficiales, que pronto se vieron apartados a manotazos por los cuatro soberbios hijos de Metelo, lo cuales, cómo no, auparon el ataúd descubierto y lo condujeron como si portearan una simple y ligera cunita.

Fabio dejó hacer el improvisado teatro de Metelo, y también su hijo Quintillo, antiguo miembro del contubernio de los pedos, sobre el que había recaído el honor de recitar el elogio preparado por Lelio.

—¡Quirites! —se abalanzó Quintillo con pasión—. ¿Quién no gime hoy? ¿Quién no arde de pena porque al hombre al que todos deseaban la inmortalidad yace aquí inerte frente a todos nosotros? —interpeló, antes de mirar a su padre con premeditada conexión, y declamar—: ¿Qué clase de injusticia es esta?

Fabio, al pie de la tribuna, quedó estremecido. Su hijo lo sabía. Elevaba en realidad al cielo un grito de asesinato, aunque nadie pudiera comprenderlo. No era suficiente. Nunca lo sería. Pero era reconfortante.

Quintillo continuó durante un tiempo impreciso, loando las gestas de su tío Emiliano. Fabio apenas prestó atención. No podía hacerlo. Solo escuchó el final: «Nunca podremos agradecer lo suficiente a los dioses inmortales que un hombre de tal espíritu y genio haya nacido en esta ciudad en particular; ni nunca podremos expresar suficientemente lo terrible y amargo de su muerte y perecer en ese momento, cuando, si hubiera sobrevivido, podría haber sido de gran beneficio para todos mis conciudadanos, y para todos los que se preocupan por el bienestar de esta República».

Después, el féretro fue colocado nuevamente en el carro ceremonial y conducido con igual pompa hasta la tumba de los Escipiones en la vía Apia, donde ya habían finalizado las obras de remodelación del panteón.

Poco después, a la vista de Fabio y de Lelio, a la luz de las antorchas, sumergidos en las cavidades de la cripta, el cuerpo de Emiliano fue depositado en un hermoso sarcófago en piedra.

—Y pensar que fue justamente aquí donde nos trajo para anunciarnos sus planes con los aliados —lamentó Lelio—. Con él muere la propuesta de extensión de la ciudadanía romana. Solo tú y yo lo sabíamos y nunca vio la luz. Muera también con nosotros.

Fabio, respirando profundamente, no le contestó, no todavía.

—Cerradlo —se limitó a ordenar a los sepultureros. Estos, con esfuerzo, comenzaron a empujar la enorme tapa pétrea del sarcófago. Fue en ese preciso momento cuando Fabio exhaló su deseo—: Hoy la llama de mi hermano no es la única que se extingue —anunció.

—Lo sé —dijo Lelio con tristeza.

—Mañana partiré a Gaeta. Nunca más volveré a pisar el Senado. Nunca más volveré a Roma. Que esta ciudad se hunda en el inframundo, porque es lo que muchos desean y tal vez merezca. Yo, en cualquier caso, no he de verlo —sentenció Fabio justo en el instante en el que la tapa de piedra se encajaba pesada y sonoramente en su lugar, sobreviniendo el vacío perturbado por el crepitar de las llamas.

—Iré a visitarte con asiduidad —balbució Lelio—. Tendré tiempo, porque yo también daré un paso atrás. Permaneceré en Roma, pero el Senado dejará de verme —desveló.

—La curia quedará en manos de Metelo, Pompeyo, Bruto u Opimio. ¡Quién sabe lo que puede ocurrir! —suspiró Fabio.

—Es su tiempo, no el nuestro.

Fabio bajó la cabeza y sonrió con profunda tristeza.

—Me temo que será el tiempo del odio. Opimio es un lobo salvaje que detesta a Cayo, a Flaco y a los pocos senadores populares. Bruto, en su mente cuadriculada, hablará poco, pero en algún momento sacará al militar que lleva dentro. Pompeyo se les unirá pronto, porque también aborrece la reforma y a todos los que la secundan. Y Metelo, en fin, dejará hacer para no mancharse… Estaré en Gaeta. Un amigo siempre será bien recibido. —Y giró en redondo para abandonar un sepulcro en el que solo sentía ahogo.