Callad todos
Roma, amanecer del 14 de abril de 129 a. C.
Metelo Macedónico quemaba el suelo bajo sus pies. Sus musculadas carnes vibraban a cada paso. Sudaba profusamente y jadeaba como un enorme buey. «No puede ser. No puede ser», mascullaba repetidamente haciendo chocar sus molares al tiempo que culebreaba por las calles altas del Palatino, todavía desiertas.
Al llegar a la domus de Emiliano no tuvo ni que aporrear la puerta. La habría echado abajo, pero un esclavo anciano con el rostro devastado le esperaba para indicarle el camino.
Metelo pasó a su lado como un hipopótamo enfurecido y surcó el atrio cual quinquerreme en boga de ataque. En su galope apenas tuvo tiempo de percatarse de que Sempronia permanecía sentada en el pasillo con mirada fría y distante y las manos sobre los muslos.
Metelo atravesó el peristilo e irrumpió en el cubiculum de Emiliano, encontrándose con una escena propia de un drama trágico de Eurípides.
Fabio, sentado al borde de la cama, con el semblante pálido y descompuesto, tomaba la mano de su hermano, tumbado este en el camastro con los ojos cerrados.
Lucio Opimio, en pie junto a Fabio, mirando fijamente a Emiliano, era la personificación del odio.
Bruto, apoyado en una de las paredes, bombeaba aire con furia, provocando que su pecho de palomo se inflara y desinflara como un fuelle.
Y Lelio, colocado sobre un asiento adosado a una de las paredes, balbucía con ojos hundidos algunas pocas palabras:
—Nunca podremos agradecer lo suficiente a los dioses inmortales que un hombre de tal espíritu y genio haya nacido en esta ciudad…
Metelo sintió que un escalofrío recorría su fornido cuerpo de arriba abajo. Miró a todos de nuevo. Después a Emiliano. Otra vez al resto, verdaderas presencias del inframundo. Nuevamente a Emiliano. No se movía. De hecho, estaba rígido y con el rostro amoratado.
—¿Qué ha pasado aquí? —acertó a exhalar.
Fabio, sin dejar de acariciar la mano de Emiliano, rotó su cuello peligrosamente y le clavó sus ojos enrojecidos.
—Está muerto, Metelo, mi hermano está muerto.
—¿Muerto? —saltó Opimio enloquecido—. ¡Lo han matado! ¡Esos hijos de perra lo han estrangulado! —aulló, tratando de contener un estallido mayor.
—Han sido ellos —musitó Bruto con los dientes apretados, de modo más pausado pero vengativo.
Metelo dio dos pasos atrás hasta alcanzar el vano de la puerta. Apoyó sus manos en la jambas. Temía desplomarse. Roma estaba perdida definitivamente si había caído en aquella barbarie. ¿Cuántos hombres más de elevada alcurnia y prestigio tenían que morir? ¿Hasta dónde conduciría aquel desatino? Era una catástrofe, una más.
—Nunca podremos expresar suficientemente lo terrible y amargo de esta muerte… —continuaba Lelio con su letanía.
—Está muerto —gemía Fabio con desesperación.
—Yo estoy dispuesto a matarlos ahora mismo —se incendiaba Opimio con los ojos inyectados en sangre—. ¡A ellos y a la arpía que habita en esta casa!
—Ninguno sois conscientes —persistía un ausente Lelio— de que si hubiera vivido por más tiempo, él, el más célebre, podría haber sido de gran beneficio para vosotros y para todos los que se preocupan por el bienestar de esta República…
—Está muerto —volvió a sollozar Fabio.
—¿¡Y no vamos a hacer nada!? —chilló Opimio—. ¡Ha muerto justo la noche en la que ella ha regresado! —clamó con desvarío.
—Él, que sobrepasó en su juventud las esperanzas que los Escipiones habían puesto ya en su infancia… —seguía a lo suyo Lelio.
Metelo, agarrado todavía a los maderos de la puerta, tuvo la tentación de cerrar los ojos y llevarse la mano a los oídos para dejar de escuchar tan poco juicio. Todos parecían haber perdido la cabeza.
En estas, inclinó el cuerpo hacia atrás, asomando por el rabillo de su mirada un bulto hierático. Se trataba de Sempronia, sentada ahora en una cátedra en mitad del peristilo. No la había oído llegar. Sus miradas impactaron, pero Metelo apenas pudo sostener el envite visual. No había en Sempronia una mujer, sino un monstruo inmisericorde macerado en el odio más intenso.
Metelo volvió a mirar dentro de la habitación.
—¡Si no pensáis hacer nada, lo haré yo! —bramó Opimio en ese instante de modo ya decidido, extrayendo de la toga una daga.
—¡Sí, hagámoslo! —secundó Bruto, enseñando a su vez un puñal y abalanzándose hacia la puerta.
—Él, que fue elegido dos veces cónsul a pesar de nunca haberlo buscado… —proseguía entretanto un incansable Lelio.
Metelo comprendió por fin por qué lo habían llamado, justamente a él y no a los atolondrados sin seso como el pelirrojo Pompeyo. Debía actuar con lucidez en aquel extravío, tal como había sucedido la noche de la muerte de Tiberio. De hecho, él solo actuaba cuando la vida de todos, incluida la suya, estaba en peligro. El resto del tiempo dejaba que se fueran matando entre ellos, pero siempre hasta un límite crítico.
—De aquí no se mueve nadie —farfulló expeditivo, sujetando aún con más fuerza las jambas—. ¡De aquí no se mueve nadie! —pasó al grito al advertir que Bruto y Opimio hacían caso omiso—. Y Lelio, por todos los dioses, ¡calla de una vez antes de que me vuelva loco o yo mismo te rajaré la garganta! —barritó desquiciado.
Bruto y Opimio se quedaron quietos, y Lelio, recuperando algo de vida interior, se movió sobre el asiento, cesando en sus murmullos de demente. Todos miraron a Metelo.
—De aquí no se mueve nadie —reiteró machaconamente con los maxilares tensos, y añadió—: Es más, ninguno de nosotros, nadie, va a decir que Emiliano ha sido asesinado.
—¡Por encima de mi cadáver! —reaccionó Fabio, dando un salto y poniéndose violentamente en pie.
—Y del mío —secundó Opimio, exhibiendo los colmillos.
—Habla, Metelo —le instó en cambio Bruto al tiempo que con la mano les pedía calma a Fabio y a Opimio.
Metelo frunció el ceño y elevó el mentón.
—Si en algo amáis Roma, callad todos y decid que Emiliano ha muerto esta noche de modo natural mientras dormía.
—¿Te parece que ha muerto de modo natural? —agonizó Fabio y señaló el cadáver de su hermano—. ¡Mira su rostro y su cuello!
—¿Y cuál es la alternativa? —bramó Metelo, agitando su corpachón—. ¿O es que queréis correr hasta al foro y gritar que ha sido asesinado? ¿Asesinado por quién? ¿Qué pruebas tenéis? ¿Por Flaco y Carbón, ambos senadores de familias de inmensa alcurnia? ¿Por Cayo, hermano de Tiberio y nieto de Escipión Africano, al que el pueblo ama con locura? ¿Por Sempronia, la esposa de Emiliano y de sangre patricia? ¿O incluso por alguno de vosotros o por los senadores que no estaban conformes con la política seguida por Emiliano? ¿Hace cuánto tiempo que radicales como Pompeyo y Lenas ya no le siguen? ¿Os habéis vuelto locos? —interpeló con rebosante autoridad antes de que su rostro se oscureciera, hablando en un susurro—. Yo os juro que si hacéis tal cosa, antes de que el día termine estaremos todos muertos… ¡Muertos!
Un silencio sepulcral cayó a plomo tras el tétrico vaticinio.
—Tiene razón —reconoció Lelio. En su rostro volvía a haber cordura—. Esta locura debe cesar. La sangre llama a la sangre. Metelo está en lo cierto. En todos nosotros anida una bestia. No la invoquemos.
—¿Y qué vamos a hacer entonces? —se retorció Opimio.
Lelio miró a Fabio, nuevamente sentado junto al cadáver de Emiliano, acariciando su mano. Después clavó su mirada en Metelo.
—Sabes qué hacer. Hoy solo tú puedes hacerlo —le dijo.
Metelo asintió, se desancló de las jambas de la puerta, giró en redondo y se marchó. Sempronia ya no estaba allí. Tan pronto como había llegado como un espíritu del inframundo, se había marchado sin que sus pies tocaran el suelo.
¡Basta!
Roma, poco después
Todas las mañanas sin excepción, la pequeña Sempronia le despertaba luciendo una sonrisa de infantil trastada, y aquel día no iba a ser distinto. Se abrió la puerta del cubiculum, penetró la luz del alba y con ella su hijita, acercándosele con los pasos tambaleantes propios de su escaso año y medio de vida. Cayo se hizo el dormido. Ella, creyendo ser muy furtiva, se aproximó realmente sin cuidado alguno y subió como pudo al camastro, no sin clavar sus rodillitas en las costillas de su padre. Cayo, aun así, no se movió, iniciando unos exagerados ronquidos que provocaron la carcajada infantil de Sempronia.
Pero ella seguía pensando que su padre estaba completamente dormido. Era su momento, el de darle el habitual susto matutino. Elevó sus bracitos al aire, abrió las manos y las descargó contra la cabeza de Cayo sin parar de reír.
—¡Tata! —gritó muerta de risa.
—¿Qué es esto? ¡Me atacan en mi propia casa! —se hizo el sorprendido Cayo—. ¡Pues ya verás! —exclamó, iniciando un contraataque de cosquillas sobre el cuerpecillo de su hija.
Sempronia se revolvió como una lagartija con una risa incontrolable, y el propio Cayo reía a mandíbula batiente hasta que Licinia lo llamó.
—Cayo —dijo esta desde el umbral de la puerta.
—¡Voy, ya voy, estoy reduciendo a esta pequeña intrusa!
—Cayo —le volvió a llamar Licinia, provocando esta vez que cesara en sus juegos con Sempronia. El tono de aquel «Cayo» era peligrosamente serio. Apartó cariñosamente a su hija y miró a Licinia—. Metelo te espera en el tablinum. Ha ocurrido algo terrible. Date prisa.
Cayo saltó del camastro, se puso una túnica decente y corrió sin miramientos hasta su despacho, donde le aguardaba un enorme Metelo que, nervioso y atrapado por las paredes, caminaba de lado a lado.
—Metelo… —farfulló Cayo.
Este embistió a su modo natural, sin preámbulo alguno.
—Emiliano ha sido asesinado esta noche.
Cayo sintió que se le paraba el corazón. Dio unos pasos atrás, inseguro. Como antes le había sucedido a Metelo, armó sus brazos y manos para sujetarse con lo primero que alcanzara. Fue una estatuilla sobre la que reposaba un busto de su abuelo el Africano.
—¿Asesinado? —balbució, demudado.
Metelo lo escrutó como en tiempos lo había hecho a sus descontentos legionarios de Macedonia, con una mezcla de intransigente severidad e impositiva disciplina.
—No he venido aquí para acusarte, ni a ti, ni a tu hermana, ni a tu madre ni a tus amigos incendiarios —dijo en un devastador susurro—, sino para pedirte, para rogarte incluso, que esta locura, que este odio en las calles que desgarra a unos ciudadanos contra otros, cese. —Cayo, aferrado a la estatua, lo miraba sin reacción. Metelo continuó—: No sé ni quiero saber quién lo ha ordenado, porque, si lo supiera, yo mismo le clavaría la espada en el pecho y ensartaría su cabeza en una pica para exhibirla en el foro. Es una catástrofe, ¡una catástrofe! ¡Basta ya! —pasó al grito más desesperado, y se quedó respirando agitadamente como un toro de majestuosa potencia.
Cayo se separó de la columnilla.
Su rostro estaba repentinamente colmado de sosiego.
—Y yo te juro, Quinto Cecilio Metelo Macedónico, que no he tenido nada que ver —declaró con firmeza.
—Y yo solo te digo basta —reiteró Metelo con mirada asesina.
Cayo respiró profundamente y clavó sus intensos ojos en aquel buey con toga. Metelo no le impresionaba.
—Doy por sentado que no os dejareis dominar por la imprudencia y la calumnia. Los hombres mueren. No hay nada extraordinario en ello —dijo como pesada advertencia.
—Basta, joven Graco, basta —repitió un sombrío Metelo, antes de pasar junto a Cayo cual mastodonte y abandonar la casa.
Licinia, que lo había escuchado todo, se deslizó suavemente hasta el interior del tablinum. Cayo estaba de espaldas, inmóvil. Posó la mano en su hombro.
—Emiliano abandonó ayer el foro lleno de rabia —susurró.
—Estaba en su plenitud —repuso Cayo sin volverse.
—Pero hasta en la aparente plenitud sobreviene la muerte tras un disgusto o la cólera —replicó ella en busca de una explicación razonable.
Cayo se giró. En su rostro despuntaba un pequeño temor.
—De los cuatro nietos de Escipión Africano, solo yo sigo con vida —confesó de pronto, en un lamento—. Y a todos ellos se les ha acusado de ser enemigos de Roma… a todos.
Licinia, en cambio, estiró su cuerpecillo y dibujó una sonrisa.
—Tú sigues con vida porque eres el más inteligente de todos ellos. Tú no eres ningún enemigo para Roma, sino su salvador. Y lo cierto es que el Senado acaba de quedar descabezado —siseó con femenino imperio.
Cayo suspiró abatido antes de contestar.
—Que me traigan la toga. Debo ir a Miseno.
—¿Sin hablar antes con Sempronia y con Carbón y Flaco? —inquirió Licinia sin decir nada, pero queriéndolo decir todo.
Cayo, tenebrosamente quieto, oscureció el rostro. Después de unos instantes de introspección inescrutable, sacudió la cabeza.
—Son unas conversaciones que nunca tendré. Y ahora debo ir a Miseno. Mi madre debe saberlo —zanjó, y besó a Licinia en la frente.