Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Esa misma noche
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Esa misma noche

—¡Veinte mil muertos! ¡En el campo de batalla yacen al menos veinte mil macedonios! —reía a carcajadas Metelo en el pretorio.

—Y el rey Perseo huye hacia Pela. Daremos con él y lo llevaremos a Roma cargado de cadenas —añadió Nasica.

—¡A él y a toda la corte real, incluida su familia! ¡Son unos eunucos! —seguía a lo suyo Metelo al tiempo que provocaba las risas y chanzas del consejo militar reunido en la tienda de mando, donde todo era bullicio por la victoria salvo para un único hombre, Paulo, que mantenía una mirada tan esquiva como preocupada.

Su hijo Fabio no tardó en advertirlo.

—Vendrá, padre, lo hará —le dijo con congoja.

Nasica se unió al consuelo.

—Aparecerá, solo se habrá alejado en la persecución de los macedonios más de la cuenta. Regresará —trató de animarle a Paulo, que permanecía sentado en una cátedra en uno de los extremos de la tienda, alejado de la alegría de su consilium.

Ante aquellas palabras levantó la vista.

—Id a buscarlo —exhaló—. Si tiene que hacerlo la cuarta al completo, que lo haga, pero encontradlo.

Fabio y Nasica cruzaron sus miradas justo antes de fulminar conjuntamente a Metelo para que apagara su vozarrón. Hasta que Emiliano no apareciese, vivo o muerto, la victoria no era completa.

La búsqueda comenzó cerca del campamento, donde la falange había comenzado a descomponerse. Miles de hombres con antorchas lo llamaron a gritos, moviendo los restos de los miles de cadáveres esparcidos aún por todas partes a la espera de ser despojados de su panoplia y quemados en enormes piras.

—¡Joven Escipión! —bramaron hasta quedarse afónicos.

Las gigantescas labores de búsqueda se trasladaron después a las orillas del río Esón, a continuación a la llanura y finalmente al cauce del río Leuco, cuyas aguas brillaban a la luz de las teas teñidas de rojo porque allí se había dado la mayor matanza de los macedonios en su huida, ya fuese falangitas, peltastas o infantes ligeros. En aquel lugar se elevaban montañas de muertos, pero allí tampoco estaba Emiliano.

—No lo encontramos —le anunció a Paulo el propio Nasica pasada la medianoche—. Ni a él ni al joven Catón.

—Encontradlo —susurró Paulo al borde del colapso sometido a su particular tormento. ¿Por qué su hijo tenía que ser tan impulsivo? ¿Por qué tenía que transformar sus ojos y convertirlos en los de un halcón hambriento? ¡Había pedido…, había rogado a los dioses que lo protegieran!—. Encontradlo, a mi hijo y a Catón —añadió, hundiendo su cabeza en medio de las rodillas.

Avanzada la noche, con la luna bien en alto en el firmamento, Paulo los oyó. Primero a lo lejos, tímidos; después crecientes y pletóricos. Era el particular graznido impertinente de Catón hijo y la carcajada de Emiliano. No venían solos, lo hacían acompañados por medio ejército en estado de exaltación.

Paulo se puso en pie y miró a lo alto con gesto demacrado, pero en evolución al alivio. «Protegedlo de la adversidad», les invocó de nuevo a los dioses en su fuero interno, repitiendo sus suplicas previas a la batalla. «Guardadlo de su propio orgullo e ímpetu. Ocultad su brillo ante el enemigo. Temo por él. ¡Os lo ruego!», reiteró antes de que su hijo entrara en el pretorio y le diera un emotivo y largo abrazo. Comprendía que su hijo estaba destinado a ser uno de los más grandes hombres de Roma, aunque también uno de los más envidiados e incluso odiados. Era sencillamente lo que les ocurría a aquellos que, como Emiliano, amaban el valor. Por fortuna, Roma no se vería privada todavía de tanto arrojo en su juventud. A su hijo le esperaba un enorme futuro.

—Solo nos hemos alejado un poco en la persecución de la caballería macedonia —se excusó Emiliano sin comprender tanta emotividad y las caras de feliz desenlace del consejo al completo.

Paulo lo tomó del brazo y lo separó del grupo.

—Hoy has actuado bien, hijo, lo has hecho —le dijo, mirándole fijamente a los ojos—. Olvida los temores de un viejo padre y lucha siempre, lucha, nunca te des por vencido. Y si llega el momento del fin, cuando eso ocurra, siente al menos que tu nombre y el de tu familia suenan en la eternidad con el sonido de mil tubas de combate. Lucha, hijo, siempre.

Dicho esto, con un Emiliano que respiraba gloria por aquellas palabras, Paulo relajó el rostro por primera vez aquella noche, y giró en redondo para encarar a su estado mayor. Justo en aquel instante uno de los tribunos le entregó un pequeño cofre de oro en cuya tapa estaba labrada la estrella de dieciséis puntas, símbolo de la realeza macedonia.

—Lo han traído de la tienda del rey —informó el tribuno.

Paulo sonrió con expresión orgullosa. La estrella argéada extinguía su brillo para siempre.

—Anunciad la victoria. La legión ha derrotado a la falange. Roma ha vencido. Somos los dueños del orbe. También de las estrellas que titilan sobre la tierra de Alejandro.

Y envió inmediatamente a Roma a su hijo Fabio y a Metelo para cantar el triunfo al tiempo que todas las tiendas del campamento se decoraban al albur de gritos de conquista con hiedra y laurel.