En el flanco derecho
Emiliano chorreaba sangre, pero ni una sola gota era suya, sino de cientos de peonios, peltaltas, griegos y demás mercenarios que allí seguían luchando en nombre de Perseo de Macedonia.
También Catón brillaba enrojecido, aunque poco de aquel líquido espeso provenía de su piel descarnada por la caída. Era su gladio el que segaba y segaba en una muestra de arrojo rallana en la temeridad. Su padre se iba a mostrar extremadamente orgulloso.
—¡Hijos de perra, que os trague vuestra maldita tierra! ¡Comed polvo! —barritaba por su parte a pocos pasos Marco Sergio Silo, repartiendo mandobles a diestro y siniestro sobre la línea macedónica, que temblaba pero que no se descomponía… hasta que lo hizo.
El derrumbe fue sonoro, como la fuerza de un meteorito tirando árboles. Se abrió una grieta en la maltrecha formación macedónica. Después se escuchó un clamor de angustia, justo antes de que los macedonios comenzaran a lanzar en masa las armas al suelo y echaran a correr ofreciendo la espalda.
Emiliano miró a Catón con los ojos encendidos. Tenían dos opciones. O cazar a los que huían o cazar a los calcáspidas.
Se impuso el deber de la segunda opción.
—Que hoy sea la última falange que vea la historia —exhaló.
—Pues ¿a qué esperamos? —repitió Catón y giró hacia la izquierda. Entre la polvareda podían divisar a menos de media milla la falange… por su espalda.