Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el centro
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En el centro

La falange avanzaba y avanzaba, siempre ascendiendo la pendiente que subía hasta las escarpadas faldas del monte Olocro.

Y la segunda y la cuarta retrocedían y retrocedían.

Los legionarios de la primera línea, los hastati, se las seguían viendo y deseando para no ser arrollados por el vallado de sarisas, pero aguantaban, por todos los dioses que lo hacían sin un mal gesto. Con todo, los signos de agotamiento eran cada vez mayores. El colapso podía sobrevenir en cualquier instante.

Paulo miró entonces a su izquierda, a lo lejos, a las colinas y llanuras donde pugnaba su flanco izquierdo.

Resistía, por el momento.

Miró a su derecha.

Solo había polvo, una inmensa columna anaranjada en suspensión que lo ocultaba todo.

—¡Maldita sea! —porfió por lo bajo—. ¿Dónde estáis?

El flanco derecho no llegaba.

Volvió a mirar al suelo.

La pendiente se hacía más pronunciada y empezaban a ser numerosos los afloramientos rocosos, allí donde la planicie cedía a la montaña. La falange estaba exactamente donde la quería tener desde el comienzo de la batalla. Perseo estaba picando en el anzuelo. Era el momento, pero todos los momentos debían coincidir. El flanco derecho debía llegar.

Paulo elevó la vista.

El corazón le dio un vuelco, pero no de temor, sino de esperanza. La falange, tal como esperaba, hasta el momento una masa uniforme e insuperable, comenzaba a romperse en algunos sectores. Donde imperaba todavía la llanura, los falangitas avanzaban juntos y compactos, escudo con escudo, ofreciendo la espesura de las picas, pero donde aparecían las rocas o los arbustos, los falangitas debían sortearlos.

Y se separaban.

¡La falange se rompía!

El muro de picas se abría en esos puntos naturales como la piel cortada por un fino cuchillo. Sorteado el obstáculo volvía a cerrarse, pero era vulnerable, ¡por Marte Vengador que era vulnerable!

—¡Metelo! —le gritó con furia—. ¿El flanco izquierdo resiste?

—¡Lo hace!

—¡Bien, que los manípulos de la segunda y de la cuarta abandonen la formación en línea y que se metan por los huecos abiertos que dejan los macedonios! ¡Que se infiltren en la formación! ¡Solo encontrarán costados desprotegidos!

Metelo era tan bruto como inteligente y le bastó muy poco para comprenderlo todo. Paulo era un genio.

—¡Vosotros! —aulló como un coloso a los mensajeros que iban y venían como hormigas nerviosas—. ¡Llevad las órdenes a los centuriones! ¡Que ataquen los huecos que se abren en la falange! ¡Solo los huecos! ¡Corred hasta el frente, idiotas! ¡Corred!

Cuando el centurión Ligustino recibió la orden, sintió el néctar de los dioses. Sus legionarios y él mismo estaban exhaustos, pero había una oportunidad de destrozar a esos desgraciados que se ocultaban tras las picas del inframundo.

—¡Centuria sinistra, atrás, abrid huecos!

Y la mitad de los legionarios del manípulo corrieron varios pasos atrás y se colocaron por detrás de la centuria dextra.

Como los centuriones de toda la línea habían repetido la misma orden, desapareció el frente único y compacto de modo tan disciplinado como eficaz, abriéndose decenas de espacios, de vacíos por donde podrían correr libremente los manípulos cada vez que se abriera la falange. Si esta carecía de toda movilidad, la legión la tenía como virtud al independizar sus unidades.

—¡Atrás, dejad espacio entre la falange y nosotros! ¡Y esperad hasta que yo lo diga! —rugió Ligustino, levantando él mismo los brazos para empujar a los suyos hacia atrás y que nadie se lanzara contra la falange—. ¡Quietos hasta que yo lo diga!

La falange, ajena a esta maniobra, continuaba su avance al tiempo que Ligustino escrutaba lascivo cómo los falangitas se aproximaban a un saliente rocoso, a uno que tendrían que sortear. Aquello era tan excitante como ver a su bella esposa abrir las piernas. Solo en ese momento podría penetrar con todo su deseo y derribar los obstáculos.

—¡Esperad! ¡Esperad! —se hartó de repetir. La falange llegaba ya al afloramiento y los falangitas comenzaban a separarse, unos hacia un lado y los otros hacia el otro. ¡Por Marte que se partían!

—¡Ahora, por todos los dioses, ahora! —chilló Ligustino hasta quedarse ronco al advertir que la apertura era lo suficientemente ancha.

No tuvo que repetirlo.

Sus ágiles y versátiles legionarios, liberados de enormes picas como los macedonios, saltaron sobre las rocas cual cabras alpinas y se abalanzaron como un furioso torrente por el interior del hueco. Ya no tenían sarisas que les atropellaban. Solo un vacío que mostraba costados desprotegidos de unos falangitas que no podían girar las pesadas sarisas para evitar que los romanos se les coloran por los cortes.

—¡Destrozadlos! —vociferó Ligustino.

Los legionarios le obedecían. Empujaban violentamente con sus escudos y pinchaban y pinchaban sin compasión.

Los falangitas, indefensos, caían a tierra o soltaban las sarisas tratando de huir de aquel vacío de la muerte. Las picas de los que las mantenían perdían su masa compacta y chocaban desordenadamente unas contra las otras. «Cla, cla, cla, cla» se oía por todas partes, pero esta vez no era el sonido de los pila chocando infructuosamente; era la ruina de la falange, porque el sector de Ligustino no era el único objeto del mismo ataque. Había decenas en toda la línea, pequeños, pero letales.

—¡Ahora sí, vamos a destrozarlos! —regurgitó Metelo al ver cómo los infiltrados ensanchan las heridas y provocaban en poco tiempo un gran desconcierto en las primeras líneas de la falange.

—Ahora sí, ahora sí que vamos a conseguirlo —repitió Paulo en un susurro y con ojos brillantes. El caos en el frente falangita era enorme, mezclándose ahora las picas en una masa confusa y desordenada.

Pero también resistían. Un fondo de dieciséis hombres compactado en un frente de milla y media no era fácil de derribar. Los de atrás seguían presionando a los de delante, y no eran pocos los romanos que terminaban nuevamente atropellados y aplastados contra los salientes rocosos por una bestia aún imparable.

—¡Es incluso hermoso! —barritó Metelo, de nuevo allí.

—Aterradoramente hermoso —balbució Paulo—. Hemos aminorado su avance, pero no es suficiente, ¡no lo es!