Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el flanco derecho
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En el flanco derecho

Los elefantes seguían barriendo el flanco izquierdo macedonio.

Iban y venían a su antojo.

Rompían líneas, separaban destacamentos y sembraban el pánico.

Pero los macedonios no huían.

Gritaban, y mucho, pero no daban la espalda, y tampoco lo hicieron cuando las cohortes latinas y aliadas itálicas se les echaron encima. Y es que entre los macedonios luchaban los peltastas, pero también miles de galos, infantes de Paroria y Parastrimonia, cretenses, los inagotables tracios, etolios, beocios y odrisios, en cuyas naturalezas no estaba la rendición. De hecho, aquel caos los estimulaba. Luchaban mejor si se les daba rienda suelta y la táctica cedía al instinto asesino.

—Resisten —farfulló Emiliano.

—Esas bestias lo hacen —secundó Catón.

—No por mucho tiempo —siseó venido arriba Marco Sergio Silo justo en el instante en el que a lo lejos, en la retaguardia macedonia, se elevaba una columna de polvo acompañada por el armonioso soniquete de miles de tambores golpeando el suelo.

Sergio frunció el ceño.

—Llega la caballería macedonia.

—La nuestra ya está en formación —le informó Emiliano.

—Y ansiosa —apuntilló Catón hijo.

Marco Sergio Silo cabeceó conforme. A su espalda aguardaban prestos para el combate, los mil quinientos jinetes romanos, itálicos y númidas, todos ellos sujetando la viveza de sus corceles de enormes ollares y ojos muy abiertos.

Sergio miró al frente. Se divisaban ya los cascos dorados y los mantos púrpura de la famosa caballería macedonia.

—¡Cargad, por todos los dioses cargad! ¡Que desde este día se hable de nuestros jinetes galopando en las llanuras de Pidna!

Emiliano y Catón se miraron extasiados. Llegaba por fin su momento, porque ellos mismos iban a galopar por la planicie en busca del encuentro de caballerías jamás visto en aquellos lares. Mil quinientos romanos contra dos mil macedonios.

—¡Adelante! —aulló Marco Sergio Silo.

Primero al paso, después al trote y finalmente al galope, los dos frentes de caballería chocaron como dos continentes en la llanura destrozada por las pezuñas de los caballos.

Emiliano fue de los primeros en acometer a los macedonios.

Como esperaba, no tenía miedo, solo furor y más furor, pues como Catón le había abroncado, verdaderamente estaba descubriendo que disfrutaba con la virtud del exceso en la guerra, descargando su espada con inclemencia sobre un enemigo tras otro, salpicado en sangre, con profundos e insensibles ojos de halcón y envuelto en polvo y muerte.

Los macedonios caían a sus pies por decenas.

No se quedaba atrás su amigo Catón hijo, que con los ojos del revés, gesto salvaje y furia desmedida abatía jinetes macedonios como quien destrozaba muñecos de paja en los ejercicios militares.

Y es que Catón hijo solo ansiaba ser digno de su padre, no avergonzarle con la tibieza, el miedo o la duda. Los Catón eran hombres nuevos, sin ancestros de renombre, máscaras funerarias ni árboles pintados en sus atrios repletos de magistraturas. Su fama y dignidad debían construirse día a día y el mejor modo de hacerlo era con el valor en combate. No había fuerza de la naturaleza más desatada para quien aspirara a la nobleza y al selecto grupo de familias senatoriales que el ansia por la realización ante todos de gestas. Catón hijo estaba destrozando a Macedonia entera.

Al rato la suerte de la caballería enemiga estaba echada.

—¡Huyen! —rugió un Emiliano teñido en sangre.

Catón hijo lo miró con ojos de demente.

—A por la infantería —barbotó enfervorecido.

—Hagámoslo —rio Emiliano de modo brutal, hincando sus talones en los costados de su caballo para reiniciar el galope.

Poco después, una masa enloquecida de jinetes romanos llegaba allí donde las cohortes latinas e itálicas seguían peleando duramente con los infantes macedonios y sus aliados.

La carga fue despiadada, inmisericorde.

Las pezuñas de los corceles aplastaron cuerpos y cuerpos, y fue en ese momento cuando una lanza vino a clavarse en el cuello del caballo de Catón. El corcel se derrumbó aparatosamente y Catón salió despedido por los aires. Dio con su cara estrepitosamente en el suelo, y Emiliano ya lo creía muerto cuando su amigo, lleno de sangre y tierra pegada, se incorporó y se quedó sentado con una única preocupación.

—¡Mi espada! ¿Dónde está mi espada? —aulló enloquecido y mirando a todas partes.

Emiliano cabalgó hasta su lado, bajó del caballo dando un salto y se acuclilló junto a Catón.

—¡Estás de una sola pieza! ¡Levántate! —le exhortó al tiempo que le propinaba un cariñoso manotazo en el hombro.

Pero Catón, en lo más violento del combate, cayendo decenas de hombres muertos a su alrededor, tanto de un bando como de otro, volando los venablos por encima de su cabeza, solo pensaba en una cosa.

—¡Mi espada! ¡Debo encontrar mi espada! ¿Qué pensará mi padre si vuelvo sin ella? —lamentó, desesperado, y se puso en pie para buscarla, ya fuese apartando cuerpos o empujando a los latinos e itálicos que avanzaban por allí en formación cerrada.

Emiliano comprendió qué debía hacer para sacar a Catón de su locura o del temor infinito a fallar a su padre.

—¡Eh, vosotros! —gritó a una unidad de cremonenses—. ¡Todos a buscar la espada de Marco Porcio Catón! ¡Despejad esto de enemigos y a cavar hasta el Hades si es necesario! ¡Encontradla!

Dicho y hecho. Los cremonenses, un tanto sorprendidos al principio, arroyaron a los macedonios posicionados en el lugar con desmedido fervor, soltaron después sus escudos y removieron la montonera de cadáveres, tierra, arbustos, raíces, caballos y armas tiradas por todas partes hasta que uno de ellos dio con el preciado gladio.

—¿Es este? —preguntó, elevándolo sobre su cabeza.

Catón, incorporado él mismo a las tareas de rescate pese a que el rostro no era el único que lucía descarnado —también los muslos, las rodillas y los codos—, voló hasta asir la espada con sus propias manos.

—¡Por todos los dioses! —suplicó, agradecido, antes de mudar su rostro a la furia asesina y añadir—: ¡Matémoslos a todos!

Emiliano subió a su caballo, oteó el horizonte y sonrió.

—Date prisa o no quedará nadie a quien matar —dijo.

Catón, ajeno a sus heridas, tomó un caballo extraviado que pasaba a su lado y lo montó. Miró al frente, comprobando que el flanco izquierdo macedonio parecía dar muestras de debilidad. O se espabilaba o no quedarían enemigos con los que incrementar su virtud del exceso.

—Pues, ¿a qué esperamos?

Emiliano sonrió de nuevo y se lanzó al galope. Su caballo saltaba y saltaba sobre montoneras de enemigos en una llanura bañada en sangre, hierro, polvo y sol. Su padre lo necesitaba, a él y a todo el flanco derecho. No podía fallarle.