Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el centro
53%

En el centro

Paulo veía el río Esón cada vez más lejos.

La segunda y la cuarta retrocedían y lo hacían ascendiendo ya las pendientes que partían del cauce mientras que la inexorable e infatigable falange subía de cara y sin descanso.

Los falangitas, sin perder su formación, los estaban apisonando y atropellando sin piedad, y el campamento distaba ya solo una milla, a su espalda, como garante último de una derrota.

—¡No podemos con ellos! —oyó Paulo que gritaba Metelo, recién llegado del flanco izquierdo y lleno de sangre y polvo de los pies a la cabeza. De detrás de Metelo emergió su hijo Fabio, también empapado en rojo. Gracias a los dioses, la sangre no era suya.

—¡No podemos sortear sus malditas picas! ¿Qué sabemos del flanco derecho? —clamó Metelo en el griterío.

Pero Paulo ya no escuchaba.

Solo observaba.

No a la falange, sino al terreno.

Tiraba y tiraba de las riendas de su caballo, forzándolo a que trotara hacia atrás mientras él fijaba su mirada en el suelo, primero por un lado de la grupa y luego por el otro. El terreno allí ya no era plano como un plato. Comenzaba a romperse. Solo necesitaba tiempo y que sus flancos, sobre todo el izquierdo, aguantara.

Elevó la vista.

—¡Seguid retrocediendo! ¡Y por Marte que no se rompan las líneas! ¡Seguid retrocediendo hasta que yo lo diga! ¡Confiad! ¡Confiad en Emilio Paulo! —urgió pero sin agonía, con serena tranquilidad, imponiendo su imperio y un rostro que destilaba victoria y dignidad.

Perseo no detenía el avance de la falange.

Perseo estaba cayendo en la trampa, en la grandiosa trampa.

Pero no era suficiente.

Aun así, sus hombres, oprimidos y agobiados por las sarisas, vieron su determinación, renovando sus esfuerzos por apartar sin desfallecer con sus escudos, sus espadas y hasta con sus manos ensangrentadas las malditas picas del inframundo.