En el flanco derecho
—Que carguen los elefantes. Que rompan pechos, huesos y cráneos —ordenó con pavorosa lascivia el legado Marco Sergio Silo al ver regresar a sus vélites después de las escaramuzas iniciales. Detrás de ellos, persiguiéndolos, venían diez mil infantes pesados macedonios. Estaba por ver si las malditas picas de los endiablados peltastas les iban a servir de algo con una carga de veintidós paquidermos de combate.
—No vienen protegidos por la caballería —se extrañó Emiliano al ver a los peltastas sin la cobertura de sus jinetes.
—Perseo es imbécil —eructó Marco Sergio, elevando su brazo y haciéndolo descender como señal de ataque de los elefantes acorazados, auténticas bestias instruidas durante años en las tierras númidas para llevarse por delante todo lo que tuviera la imprudencia de ponerse en su camino. Nada los detenía, y aquel día no podía ser menos.
Los elefantes, colocados horizontalmente cada pocos pasos unos de los otros, azuzados debidamente por sus cuidadores, portando sobre sus lomos una pequeña torre de combate, elevaron sus trompas con vehemencia, como si el olor del enemigo los encabritara, barritaron cuanto quisieron y se lanzaron al galope sobre la línea macedonia.
Los animalitos, levantando nubes de polvo, corrieron decenas de pasos antes de toparse con un frente macedonio que, sorprendentemente, no abrió pasillos para dejarlos pasar. Los peltastas, aparentemente hipnotizados por aquellas toneladas de carne africana en embestida, trataron unos de ir hacia un lado, otros hacia el otro, los más hacia atrás y los menos, pero no pocos, permanecieron inmóviles con las picas en alto, como si los elefantes fueran a esquivarlos.
Nada de esto sucedió.
Ni los esquivaron ni frenaron.
Los elefantes simplemente pisoteaban.
Los mastodontes comenzaron a hacer volar a muchos, aplastaban a otros tantos y desbarataban cualquier tipo de formación militar, penetrando aparatosamente en la masa de guerreros desordenados.
El caos era demencial.
Marco Sergio Silo, luciendo un rictus de hiriente satisfacción, miró a su espalda. Allí estaban perfectamente formadas las cohortes de los latinos y aliados itálicos del ala derecha del ejército junto con la infantería ligur y númida. Y en un extremo, la caballería romana, la númida y la aliada.
Sonrió aún más.
—Que avancen las cohortes. Después lo hará la caballería. Destrozad a esos hijos de las rameras de Macedonia —requirió.
Y doce mil latinos y aliados itálicos de infantería pesada, reforzados por ligures y númidas, cerraron filas, oscurecieron sus semblantes y siguieron la estela de los veintidós elefantes.