En el centro
—¡Que los manípulos de hastati cierren los huecos! ¡Que formen una sola línea con los vélites! —se apresuró a ordenar Paulo en el fragor de la batalla al ver que la falange se les venía encima con su lenta e imparable masa.
A su orden, repetida por tribunos militares y decenas de centuriones a lo largo y ancho de la línea de las legiones segunda y cuarta, la segunda centuria de cada manípulo de los hastati corrió hacia su izquierda y se colocó junto a la primera, cerrando como un perfecto cerrojo toda la formación en un único y compacto frente. Solo entonces Paulo infló sus pulmones y los vació en un rugido ronco.
—¡Lanzad!
Nuevamente la orden fue trasmitida con matemática precisión, propulsándose uniformemente al éter casi cinco mil pila y venablos ligeros. Paulo y las dos legiones vieron entonces cómo ascendía el hierro, y lo vieron descender con vertiginosa velocidad. Normalmente aquella lluvia de metal desbarataba ejércitos enteros, matando a muchos, hiriendo a no pocos e inutilizando los escudos de los supervivientes, pero no en aquella ocasión, no con la falange. Los pila y venablos golpearon infructuosamente contra la tupida concentración de sarisas mantenidas a modo de techumbre por los once hombres de fondo de la falange.
«Cla, cla, cla, cla, cla».
Tal fue el ruidito repetido como un incansable eco que llegó a oídos romanos en el choque de madera contra madera, pilum contra sarisa.
Y los pila, interrumpida su trayectoria, comenzaron a caer mansamente entre los falangitas calcáspidas, protegidos estos por un casco dorado, escudo encintado de bronce al hombro izquierdo, placas pectorales y grebas broncíneas en un despliegue de brillos y puntas.
Nada los detenía.
Seguían su avance de atropello.
—¡Lanzad! —ordenó de nuevo Paulo, con el mismo resultado.
«Cla, cla, cla, cla, cla».
—¡Cargad! —exigió Paulo.
Retumbaron las tubas de avance, vibraron las insignias de los manípulos, gritaron como dementes los centuriones y cuatro mil ochocientos legionarios y vélites de la primera línea blandieron los gladios y cargaron contra la empalizada falangita en movimiento.
Los macedonios, viendo llegar a los romanos, clavaron sus pies en tierra, inclinaron el cuerpo hacia adelante, aferraron las sarisas hasta dolerles las articulaciones de la manos, apretaron los dientes, aullaron en la lengua de Alejandro y, simplemente, soportando el impacto, dejaron que la horda legionaria se atravesara en las puntas.
El choque fue inhumano.
Desmedido en el lado romano.
Pero inútil.
El griterío era ensordecedor.
Pero impotente y rabioso.
Los legionarios trataban de apartar las sarisas con el escudo o a golpes de espada. Juraban, insultaban, escupían y ofendían a los macedonios cuyos rostros sudorosos y tensos podían ver con claridad, solo ver, a apenas cuatro pasos, pero era materialmente imposible superar aquella erizada defensa. Nada ni nadie podía acercarse.
Entre los centuriones de los hastati, Espurio Ligustino, héroe del paso de Petra, comenzó a echar espuma por la boca.
—¡Apartad las sarisas y clavadles los gladios! —rugió como un demente mientras él mismo cargaba con el escudo y trataba de crear una bolsa por la que infiltrarse hasta alcanzar a los falangitas. Pero tantas veces como lo intentaba, tantas veces retrocedía. Como había advertido Paulo, cada uno de los legionarios de su manípulo tenía frente a sí diez sarisas. Colarse entre las astas era un imposible y, lo peor de todo, la falange no se detenía. Es más, los atropellaba. Lenta pero inevitable, pesada, rítmica y enorme, ganaba poco a poco terreno, empujando en bloque a dos legiones reforzadas, doce mil hombres, hacia el río Esón y hacia su propio campamento. No había opción para la lucha.
—¡Resistid, por Marte, resistid! —invocó Paulo detrás de la línea de hastati, caracoleando con su caballo de un lado a otro de la segunda y la cuarta.
Era en vano.
Sus hombres, sometidos a la presión de la trituradora falangita, impenetrable allí donde se la mirase, retrocedían so pena de que las sarisas les entraran por los ojos, la boca, el vientre o el pecho.
—¡Cónsul Paulo! —gritó un mensajero a caballo—. ¡Nuestro flanco izquierdo está retrocediendo! ¡Está siendo una matanza!
—¿Pero retroceden con orden?
—¡Lo hacen!
Paulo suspiró aliviado antes de notar que sus pies estaban mojados. Miró al suelo desde lo alto de su caballo. Sin darse cuenta estaban en el Esón. Ya estaban allí, cruzando el cauce de espaldas y en franca retirada, a apenas milla y media del campamento en las faldas del monte Olocro. Todo el ejército en aquel sector de la batalla echaba un pie atrás, uno tras otro. Vio a varios legionarios lanzarse de nuevo contra las picas, y a todos los vio caer con las sarisas clavándoseles en los cuellos o rasgando sus caras, dejando al aire sus encías y dientes.
La falange en aquel terreno era invencible.
Tratando de ocultar su desesperación, miró a lo lejos, hacia su derecha. No podía verlos, pero estarían allí, los hombres del ala diestra junto con los elefantes y la caballería.
«Es el momento. ¡Es el momento!», aulló en su fuero interno.
Después miró a sus hombres.
Ya en ese instante todos comenzaban a salir del río, siempre marcha atrás, pero sin perder el pecho hacia los macedonios.
Sintió entonces un inmenso orgullo.
Cualquier otra tropa, con el simple dolor punzante de las sarisas, se habría dado la vuelta, desmoralizada, creyendo inevitable la derrota. La estampida y dar la espalda era lo que destruía verdaderamente un ejército y alimentaba la muerte en masa. Si sus hombres giraban sobre sus talones y emprendían la huida en desorden, la batalla estaría perdida junto con miles de vidas, pero los suyos no lo hacían.
Eran legionarios.
Eran Roma.
Con rostros firmes, ojos inyectados en sangre, enseñando los dientes y con sudores a mares, resoplando por el hercúleo esfuerzo, exhibían la disciplina del legionario aprendida en los ejercicios, caminatas y rigores que él les había exigido desde su llegada a Macedonia. Porque aquellos hombres se partían la cara luchaban por Roma, pero sobre todo porque él estaba allí con ellos, a tiro de piedra de la falange, sin casco ni coraza, infundiendo valor y esperanza.
—¡Resistid! ¡Con orden! ¡Seguid confiando! —se desgañitó—. ¡Con orden! —insistió hasta la afonía. Les iba la vida en ello.