Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el flanco izquierdo romano
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En el flanco izquierdo romano

Nasica y Metelo bufaban encabritados. En aquel sector de la batalla la lucha ya había comenzado, y las cosas no iban bien.

De hecho, iban rematadamente mal.

Ellos no se enfrentaban a falangitas, pero sí a diez mil peltastas con sus escudos de bronce redondos al tiempo que sujetaban con la mano derecha una pica, no tan larga como la sarisa, pero larga de todos modos al estilo hoplita griego.

—¡Picas, picas y picas! —rugía Metelo hecho un basilisco—. ¿Es que cada macedonio nace con una maldita pica atada a sus huevos? ¡Se las vamos a meter por el culo! ¡A todos y a cada uno de ellos!

Pero, por mucho que gritase, las cosas no marchaban.

El combate se había iniciado con la tradicional lucha previa de infantes ligeros, sin resultados relevantes para nadie y sin que se quebraran las líneas. Después, las cohortes de latinos e itálicos habían realizado el también típico lanzamiento masivo de pila con un resultado no muy diferente a las cosquillas. Los peltastas, como infantes pesados con sus corazas de cuero, cascos, grebas y escudos broncíneos, se les habían reído a la cara mientras avanzaban con su impenetrable estacada de hierro.

De esta guisa, Nasica y Metelo habían ordenado que los soldados cargaran contra los macedonios, y el resultado no era otro que cientos de hombres ensartados en las picas como trozos de carne.

Porque los peltastas, sujetando con su mano derecha las picas, bien protegidos tras sus rodelas, las propulsaban rápida y violentamente hacia adelante y hacia atrás, así una y otra vez. Los itálicos querían hacer lo mismo con sus gladios, pero al ser mucho más cortos que las picas no alcanzaban los cuerpos de los macedonios.

En suma, todos se retorcían desquiciados, pero más el prefecto romano que comandaba a los pelignos que se batían en primera línea,

—¡A mí todos! —comenzó a aullar el susodicho—. ¡Estos hijos de perra no van a dar un paso más! —chilló enloquecido mientras cogía una de las insignias de una de las cohortes pelignas y la lanzaba parabólicamente por encima de las cabezas de los peltastas.

Aquello era tanto como si hubiera lanzado tras las filas enemigas a los hijos de todos y de cada uno de los pelignos, un hecho insoportable que tuvo un efecto inmediato: cientos de ellos con los ojos inyectados en sangre se abalanzaron contra las picas para recuperar la insignia.

—¡Noooo! —gritó Nasica.

—¡Están locos de atar! —gimió Metelo.

Sobrevino la matanza.

Los pelignos trataban de apartar las picas de los peltastas con sus propias manos, pero se les escapaban y terminaban clavadas en los ojos, en la boca o en las mejillas; muchas de ellas también en los cuellos, seccionando arterias en un espectáculo de rajas, frentes partidas y cabezas enteras ensartadas.

No terminaban mejor los que lograban superar el erizo, porque eran presa fácil de los peltastas posteriores que, soltando sus lanzas, descargaban sus espadas y seccionaban brazos y cabezas enteras.

Y de la insignia, ni rastro.

—¡Retroceded, atrás! —comenzó a gritar Nasica, repartiendo él mismo mandobles para que ningún peligno más se abocara al suicidio.

—¡Tenemos que mantener la línea! —le chilló Metelo—. ¡Si se quiebra y rompen el flanco, rodearan a las legiones! —bramó al tiempo que apartaba con un mandoble una pica dirigida hacia su rostro.

—Si los peltastas hacen esto, ¿qué nos harán los falangitas? —barbotó Fabio, asignado por su padre al flanco izquierdo.

Nasica resopló como un titán. Apenas podía oírse otra cosa que el vocerío angustiado y ronco de miles de hombres en lengua romana y macedónica y el ruido del metal contra el metal.

Y el calor era insoportable, golpeando desde arriba y desde la tierra, obligando a respirar un aire sofocante. Aquello era el mismo Hades y estaban comprendiendo cómo los ejércitos griegos habían sido capaces de derrotar en el pasado a las gigantescas huestes persas. Los macedonios eran duros como la tierra en la que vivían.

—¡Atrás, retroceded! —bramó Nasica—. ¡Paulo solo nos ha pedido resistir! ¡Atrás! ¡Con orden!

Metelo, colocado a su lado con la furia de un toro, protegido por un escudo tomado del suelo, lleno de sangre de arriba abajo, secundó a Nasica, embistiendo a los suyos para que todos sin excepción iniciaran la retirada hacia el río Esón, una retirada ordenada en medio de una brutal escabechina. Los peltastas macedonios, entretanto, bañados en sudor y sangre, extasiados por su empuje y la matanza, pisoteando a los itálicos que iban cayendo a sus pies por la fuerza mortal de sus picas, redoblaban su ímpetu. Pero las líneas romanas no se quebraban. Solo retrocedían.