En el centro
Paulo llegó al galope cuando la segunda y la cuarta legión estaban ya en mitad de la planicie y a apenas cien pasos de la falange. Tal como había dispuesto, en vanguardia caracoleaban las tropas de vélites. Después formaban ya las centurias de hastati, justo detrás de ellas las de los principes y finalmente los veteranos triarii con sus largas lanzas, aunque ni mucho menos tan largas como las sarisas con su exagerada longitud.
Todo esto Paulo lo vio claro.
También que debía arengar a los suyos, muchos de ellos con miradas asustadas. Ninguno de aquellos hombres se había enfrentado nunca a la temible falange.
—¡Legionarios! —gritó, cabalgando entre las líneas como si tuviera veinte años en lugar de sesenta—. ¿Creéis por un solo instante que esos macedonios que os aguardan ahí delante pueden derrotarnos de algún modo? ¡Pues yo os digo que no y que esa falange es más famosa que útil en el combate! ¡Luchad sin miedo! ¡Luchad con ardor! ¡Luchad por Roma y por vuestro orgullo y, sobre todo, sí, sobre todo…!
Paulo dejó en el aire su arenga, interrumpida por un rumor sordo que acababa de elevarse al cielo, uno que provenía de sus hombres.
Incluso su propio caballo caracoleó nervioso.
Lo controló con esfuerzo y descubrió el motivo de aquel murmullo. Los más de veinte mil falangitas en un frente continuo de milla y media, acababan de hacer descender sus sarisas, acompañando la maniobra con un sonoro golpe de garganta. Las cinco primeras líneas de hombres las sostenían completamente en horizontal. Los once hombres restantes de fondo las mantenían en diferentes grados progresivos de elevación, creando una especie de tejadillo imbricado de picas que daba sombra a toda la formación.
La imagen de aquella bestia de la guerra avanzando pesadamente hacia ellos con una sensación de fuerza irresistible era sobrecogedora, tanto o más que el espectáculo de sus escudos, cascos y grebas de bronce junto a las hermosas corazas de lino blanco que cubría hombros, tronco y caderas.
El propio Paulo se quedó paralizado un instante.
La falange calcáspida era hipnótica, pero también aterradora.
Paulo respiró profundo ante aquel derroche de belleza solo al alcance de la vista de los dioses, comprendiendo que nunca más volvería a ver una imagen tan pavorosa; un intrincado, impenetrable y erizado muro de picas compactas frente al que era imposible oponerse en su pesado y aplastante avance… Imposible para todos, menos para él.
—¡Legionarios! ¡Luchad, luchad y luchad! —bramó—. ¡Y sobre todo confiad en mí y en mis órdenes! ¡Sufriremos! ¡Sufriremos como nunca lo hemos hecho! ¡Pero yo os digo que hoy los dioses cantarán nuestra victoria y el fin de Macedonia! ¡Luchad!
El rugido de doce mil gargantas romanas barrió los campos de Pidna como una poderosa ola con epicentro en Emilio Paulo.
—Adelante —dijo este con inmensa dignidad.
Y las legiones segunda y cuarta encararon la falange que se aproximaba como una inexorable y brillante lengua de barro llena de puntas mortales.