Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Flanco derecho romano
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Flanco derecho romano

Los tracios, indignados por la pérdida del caballo, venían cruzando el río como animales, muy fieros y furiosos, con mucho ruido, e intimidantes, pero también atolondrados.

Emiliano, con los dientes apretados, miró a su alrededor. Las filas de las cohortes de latinos e itálicos ya estaban allí, en la orilla, bufando como toros encabritados, brazo en alto para lanzar el primero de sus pila.

—¡Esperad! —gritó Emiliano, viendo cómo se les echaban encima los tracios, pero todavía no lo suficientemente cerca.

—¡Esperad! —graznó también Catón, sintiendo ya casi los salpicones de la horda saltando sobre las aguas.

—¡Ahora! ¡Lanzad! —rugió finalmente Emiliano cuando los salvajes estuvieron a tiro, cayendo sobre ellos una pesada lluvia de pila.

—¡Lanzad el segundo! —repitió Catón hijo al poco.

Una nueva cortina de hierro destrozó a unos tracios que, incluso así, terminaron de cruzar el Esón, corrieron orilla arriba y se abalanzaron dando alaridos contra la primera línea, pero solo para ensartarse en los gladios que salían propulsados frenéticamente, una y otra vez, entre los huecos que dejaban los amplios escudos. Las estocadas eran mortales.

Viendo los tracios que allí poco tenían que hacer, desahogada ya la fenomenal cólera por la pérdida del caballo, consumido el tiempo a que ascendía lo que el rácano rey Perseo les había querido pagar, optaron por darse la vuelta con caras de desaire. Que fueran las líneas de infantes macedonios que venían detrás las que se partieran la cara. Ellos habían hecho suficiente.

El legado Marco Sergio Silo, siempre sobre su caballo, contempló satisfecho la desbandada tracia.

—Que se repartan nuevos pila. Cruzamos el Esón. Los veintidós elefantes númidas en primer lugar.