En la tienda de Paulo
Paulo, sentado a la entrada de su tienda de mando, cuyo enorme cortinaje seguía abierto para poder ver toda la llanura, se puso rápidamente en pie. A su derecha, a lo lejos, podía llegar a divisar el choque de las avanzadillas en las orillas del Esón. Allí estaría Emiliano, en primera línea, cumpliendo su deber.
Sintió de nuevo el orgullo de padre, aunque también el miedo. Su hijo acababa de provocar la batalla justo donde quería hacerlo, en el flanco derecho. Debían resistir, y hacerlo el tiempo suficiente para que Perseo picara el anzuelo definitivo, porque la exitosa provocación del río no dejaba de ser un simple y pequeño señuelo.
La trampa verdadera, la grandiosa, estaba por llegar. Pero para que todo saliera bien necesitaba su ala derecha. Solo con ella vencería.
Miró al frente y se le aceleró el corazón.
El inmenso ejército macedonio acaba de ponerse en marcha y cruzaba ya el río Leuco. Como esperaba, la falange avanzaba en el centro, flanqueada en ambos extremos, primero por la infantería pesada de los peltastas y, después, en las esquinas, por la infantería ligera y la caballería macedonia, todo ello en un frente gigantesco. De momento, las sarisas de la falange, aquel mar interminable de miles de picas al aire, permanecían verticales en el centro del despliegue macedonio. Pronto descenderían hacia los pechos romanos.
No había tiempo que perder.
—¡Que avancen todas las líneas! ¡Cruzamos el Esón! —ordenó enardecido a los tribunos que le acompañaban, los cuales corrieron a su vez para dar la misma orden a sus centuriones.
Poco después, treinta mil legionarios, itálicos, jinetes y aliados de los romanos cruzaban el Leuco y su lecho casi seco para adentrarse en los campos de Pidna.
—Mi caballo —exigió entonces Paulo.
—Señor, ¿sin su coraza ni su casco? —insistió su esclavo Euno.
—Sin mi coraza ni mi casco.