Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Flanco derecho romano. Cerca de la hora novena33
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Flanco derecho romano. Cerca de la hora novena33

Emiliano y el hijo de Catón aguardaban sudorosos y nerviosos en la orilla pedregosa del río Esón. Y miraban el sol, una y otra vez.

—Ya es la hora —barruntó Catón hijo.

—Todavía no —negó Emiliano.

—El sol está en su posición —insistió Catón de la misma manera que lo haría su padre, con una mueca torcida y desaborida. Era la marca propia de la familia.

Emiliano miró de nuevo a lo alto. La fuerza impetuosa del sol macedonio lo golpeó en la cara sin contemplaciones. El calor era insoportable y tenía la garganta seca. Dio un par de pasos y se metió en el río, que apenas le llegaba a la rodilla. El agua, aun así, bajaba fría y cristalina. Una treintena de aguadores se colocaron a su lado y llenaron varios odres. Otros treinta hicieron lo mismo y así sucesivamente, regresando por donde habían venido para llevar el agua a las cohortes itálicas —casi diez mil hombres— que, apostadas en formación a un centenar de pasos a su espalda, esperaban el inicio del combate. Llevaban allí horas, pero ni los unos ni los otros se decidían. Entretanto era necesario beber y protegerse del sol con los escudos.

Emiliano ahuecó su mano derecha, la llenó de agua y se la llevó a los labios. Después volvió junto a Catón.

—El cónsul Paulo —dijo evitando referirse a él como su padre— dio una orden clara y precisa: no antes de la hora novena. Y aún no es.

Catón hijo, verdadera copia paterna, resopló aparatosamente al tiempo que tres enormes gotas de sudor resbalaban por su mejilla.

—Ansío entrar en combate —graznó con la mirada fija en la otra orilla, muy ancha, donde en aquel sector del campo de batalla se situaba una numerosa avanzadilla de tracios del rey Perseo que hacían lo que ellos, tomar agua y esperar la lucha.

—Pero tales ansias son perniciosas. Es propio de hombres sabios dominar sus pasiones —le chinchó Emiliano en plan filosófico, sabedor de la recta ética de autocontrol y austeridad predicada por su padre.

—No hay mayor virtud que el control de uno mismo —confirmó Catón sin dejar de escrutar a los malditos tracios.

—Y sin embargo ahora estás a punto de perder la contención. No hay virtud en el exceso —dijo Emiliano con no poca guasa, tratando él mismo de controlar el burbujeante deseo de cargar contra los macedonios. Encontró, no obstante, la fría mirada de Catón.

—¿Que no hay virtud en el exceso? —le dijo este con tono indignado—. ¡Bien al contrario cuando de la guerra hablamos! —le abroncó—. ¡La virtud está precisamente en el exceso! —Emiliano trató de evitar la risa. Catón estaba en trance y continuaba filosofando—: ¿O pretendes enfrentarte a un tracio luciendo el control de tus actos? Allí, cuando crucemos esta escorrentía de río medio seco, sudarás como jamás lo has hecho. Apretarás tus dientes, tu mirada enloquecerá y tus músculos se contraerán con un único objetivo, matar. No, amigo, no, será el exceso y hasta la locura lo que te mantenga con vida cuando nuestros diez mil itálicos choquen contra diez mil macedonios. En la virtud está el exceso. Aquí sí. En la guerra, sí.

Emiliano cabeceó con gesto de fingida seriedad mientras Catón le clavaba sus intensos ojos azules en espera de la réplica. El sonoro relincho de un caballo a la espalda de ambos la evitó. Ambos se giraron. El legado al mando del flanco derecho, Marco Sergio Silo,34 los contemplaba con cara de muy malas pulgas desde la grupa del corcel.

—¿Se puede saber a qué esperas? —tronó—. ¡Mirad el sol!

Emiliano elevó su mirada a lo alto. El sol ya nos les deslumbraba en la cara. Perseo había dejado escapar su ventaja. Hacía calor, sí, muchísimo calor, pero ya nada los cegaría en su avance hacia Macedonia.

—Ahora sí, es la hora novena —le dijo entonces a Catón con una enorme sonrisa llena de emoción.

—Seamos entonces virtuosos en extremo —contestó Catón.

Emiliano asintió, lleno de felicidad, y se giró hacia tres itálicos de Cremona que sujetaban un caballo. Si Perseo no quería aquel día una batalla, la provocarían del modo más tonto.

—Soltadlo —se limitó a ordenarles.

Los soldados dejaron libre el caballo. Es más, lo dejaron libre y propinaron tal patada en sus voluminosos testículos que el équido salió en estampida en dirección al río, entrando en las aguas al galope con gran escándalo y chapoteo.

Todos vieron cómo se alejaba en busca de la otra orilla.

Y todos vieron cómo cuando se encontraba en medio del cauce dos tracios del otro lado se ponían en pie y entraban en el río para coger al animal.

—¡Eh, vosotros! —les gritó Emiliano a los tres itálicos cremonenses—, ¿vais a dejar que esos sucios tracios hagan suyo vuestro caballo? —los aguijoneó según lo previsto.

—¡Por encima de nuestro cadáver! —vociferaron extasiados, entrando en las aguas a la carrera.

Para entonces el caballo se encontraba ya en la mitad de la corriente y los tracios tiraban de él hacia su orilla. Pero como apenas cubría, los itálicos llegaron en un visto y no visto hasta el mismo lugar con las espadas en alto y berreando como dementes.

La refriega comenzó sin preámbulos, tres cremonenses contra dos tracios, aunque no estaban solos, no del todo, porque no menos de ochocientos tracios jaleaban a los suyos desde la orilla al tiempo que mil cremonenses, firmianos y vestinos hacían lo propio del lado romano.

Los tracios eran guerreros duros y se zafaron con valor, pero su inferioridad les pasó factura. Dos de los cremonenses rodearon a uno de ellos y le ensartaron los gladios por el cuello y el vientre. Muerto al instante, se desplomó sobre las aguas bajo el aullido decepcionado de los suyos. El segundo tracio, visto el percal, optó por la retirada, lo que fue secundado por el griterío victorioso de los tres cremonenses y del ejército romano que se apelotonaba en los márgenes. Contentos y felices, los de Cremona cogieron el caballo y comenzaron a traerlo de vuelta.

Pero he aquí que ya nadie estaba dispuesto a deshacerse del animal. Estaba en juego el orgullo. Por ello, unos pocos tracios se metieron en el río con claros signos de provocación. Después los siguieron otros y finalmente todos, cargando sin mesura ni orden. El caballo era suyo y no de los romanos.

Emiliano contempló la carga tracia sobre las aguas. Miró después a Catón. El ruido era ya ensordecedor.

—Por el exceso —le dijo a Catón al tiempo que las tubas de combate ululaban por todas partes, se ordenaban las líneas y se juntaban los escudos. Comenzaba la batalla de Pidna.