Demasiadas puertas abiertas
Roma, madrugada del 13 al 14 de abril
Escápula no subió al Palatino desde el foro ni desde el barrio de los etruscos. Pese a que solo asesinos como él poblaban las calles a esas horas de la noche, no deseaba esta vez ser visto por ninguno de sus compañeros de la cofradía del mal.
Por ello, acompañado de tres sujetos más con túnicas y capas pardas, ascendió la colina desde el valle Marcia, afrontando las solitarias escaleras de Caco hasta alcanzar el templo de Magna Mater.
Culebreó después entre los muros de las grandes domus senatoriales. La luna llena guiaba sus pasos.
Al poco estaba ya frente al portón trasero de la casa de Emiliano, únicamente al servicio de los esclavos. Miró entonces a sus tres acompañantes, les hizo un gesto de asentimiento, se llevó el dedo índice a los labios y con la otra mano empujó suavemente la puerta. Chirrió levemente al abrirse. Escápula dejó de empujar y esperó. No sucedió nada, ni había luz en la casa. Volvió a presionar. El portón se entreabrió lo suficiente para dejarlos pasar.
Entraron de puntillas, de uno en uno. Aguzaron la vista. Estaban en una despensa llena de tinajas y sacos.
La tenue luz de la luna llena les permitió localizar una nueva puerta. Avanzaron hasta ella y repitieron la ceremonia. Escápula miró a sus compañeros, todos cabecearon y presionó sobre la hoja de madera, que cedió sin chirrido alguno. Los goznes estaban engrasados.
Los cuatro accedieron a la cocina, todavía inerte, con los fuegos y el horno de pan sin brasas. El silencio era absoluto.
Una nueva puerta. Mismo ceremonial. Se abrió delicadamente con un simple soplido. Estaban ya en el pasillo del peristilo, iluminado de nuevo por la luna.
Salieron de la cocina en fila de a uno. Un ruido los frenó en seco. Se abalanzaron contra la pared. Uno de ellos empujó una columnilla con un busto del Emilio Paulo fallecido en Cannas. Otro pudo sujetarlo a tiempo. Con la respiración entrecortada, un gato pasó tranquilamente y se contorneó alrededor de los pies de los intrusos. Maulló pidiendo atención, pero solo encontró el puntapié de Escápula. El felino se quejó, pero se fue tan pausado e indiferente como había venido.
Escápula señaló una nueva puerta. Sabía que el cubiculum de Emiliano no estaba en el atrio, sino en el peristilo. Si no erraba, aquel era su dormitorio. Si erraba, entrarían en el de Sempronia.
Escápula inició su desplazamiento cuando una lucecita asomó al fondo del pasillo porticado, el lugar que lo comunicaba con el tablinum y con el atrio de la casa. Los cuatro hombres dieron un brinco, echaron cuerpo a tierra y volvieron a pegarse a la pared. Se oyeron unos pasos y la lucecita se acercó. El portador de la lucerna se detuvo a apenas cinco pasos de los cuatro bultos tirados en el suelo.
—Agamenón, ¿dónde estás? —preguntó en un susurro—. Ven, Agamenón, no te hagas de rogar —insistió.
Y no lo hizo. El gatito remolón pegó un salto y fue a caer en los brazos del esclavo.
—Buen gato, ven a hacerme compañía —balbució el buscador del dichoso Agamenón al tiempo que giraba sobre sus talones y se perdía en el pasillo de acceso al atrio.
Escápula tuvo que respirar profundamente veinte veces antes de incorporarse muy despacio. Sus compañeros lo hicieron diez veces más.
Puestos todos en pie, se agruparon alrededor de la puerta del cubiculum. Escápula los escrutó de nuevo. Todos asintieron con la imperiosa necesidad de inflar y desinflar sus pechos. Escápula posó la mano en la puertecilla. Y empujó.
Emiliano, sentado frente a su escritorio, armado con un cálamo, trataba de escribir su discurso sobre la ciudadanía a los aliados, pero no encontraba la concentración necesaria. Aunque hacía tiempo que había dejado de escuchar los hirientes chillidos de Sempronia, no podía dejar de pensar en ella y en su prima Cornelia, debatiéndose si la presencia de su esposa habría sido cosa suya o no.
Asqueado por aquella pérdida de tiempo, estrelló el punzón contra la mesa, se puso en pie y comenzó a deambular por la habitación.
Rondaba ya por su cabeza una idea nuclear, repudiar a Sempronia, decirle aquello de: «Quédate con tus cosas», y olvidarla para siempre. Pero tantas veces como lo pensaba, tantas veces lo rechazaba.
No, por muchas razones que tuviera, no la repudiaría.
No rechazaría a su esposa como su padre lo había hecho con su madre. Nunca haría lo mismo.
Cosa distinta comenzaba a ser la necesidad de formalizar una adopción para evitar la extinción de los Escipiones Africanos. A este respecto, no cabía ya ninguna duda de que jamás tendría un hijo con Sempronia, pero, aun así, ¿a quién adoptar? Los tiempos en los que había podido llegar a barruntar que fuese Tiberio estaban destrozados, tanto como especular que Cayo, por cuyas venas corría la sangre del Africano, fuese una posibilidad. El joven Graco jamás lo aceptaría.
Pero entonces, ¿quién?
—Agamenón, ¿dónde estás? —oyó que preguntaba alguien al otro lado de la puerta—. Ven, Agamenón, no te hagas de rogar —distinguió de nuevo. Posiblemente se trataba de su esclavo Euno, el cual había cogido gran cariño al gato que pululaba por la casa cuando le venía el gana—. Buen gato, ven a hacerme compañía —oyó antes de que se hiciera el silencio.
Emiliano sonrió y cabeceó de lado a lado. Tenía un discurso que redactar, el más relevante de su carrera pública. Era verdad que todos pondrían el grito en el cielo, tanto los senadores más tradicionales como los ciudadanos más conservadores. Incluso el cielo podría llegar a desplomarse con el impacto de ese grito atroz, pero él había alcanzado la convicción de que la ciudadanía romana debía extenderse a latinos e itálicos. Era necesario, era lo justo y era lo inteligente. De lo contrario, tarde o temprano, la relación con los aliados, absolutamente desigual y sin motivos ya para ello, reventaría con la fuerza eruptiva de un volcán impetuoso, arrasando Italia entera con su magma y sus corrientes incandescentes. Debía hacerse aunque nadie salvo él lo comprendiera.
En su continuo deambular a lo largo y ancho de la habitación cambió de dirección y se dirigió hacia el escritorio. La inspiración había regresado.
La puerta del cubiculum, sin embargo, se abrió a su espalda.
Se giró despreocupado.
No tuvo tiempo para reaccionar.
Un hombre barbudo y corpulento se le echó encima con la fuerza de un oso y le tapó la boca.
Cayó de espaldas con la bestia encima.
Trató de zafarse, pero otros dos individuos le sujetaron los brazos.
Un cuarto con una enorme cicatriz que cruzaba su cara desde la barbilla hasta el cráneo se acuclilló tranquilamente a su lado. En su rostro no había ansiedad, ni miedo, pero sí un llamativo halo parecido al de la pena. Lo conocía. Conocía a aquel miserable. No podía ser verdad.
El personaje, es decir Escápula, se mantuvo así un rato, cabeceando, escrutando los forcejeos, clavando su mirada en la de Emiliano. En ningún otro momento se hubiera atrevido a hacerlo. No en el foro, desde luego, pero allí todo era distinto. Estaba en sus manos la vida de Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Numantino.
—¡Asfíxialo de una maldita vez! —oyó que le reclamaba la bestia que aplastaba a Emiliano y le tapaba la boca.
Escápula se revolvió.
—No hay virtud en esto —repuso entre dientes.
—¡No nos vengas con estas! ¡Asfíxialo!
Escápula respiró profundamente. Después frunció los labios, se puso en pie, cogió de malas maneras uno de los cojines que había encima del camastro y volvió a acuclillarse junto a Emiliano con gesto contraído.
—Aquí perece un hombre lleno de honores y dignidad al que pido perdón —declamó, dicho lo cual le puso el cojín encima de la cara y lo apretó con implacable determinación.
Emiliano ya no veía otra cosa que la oscuridad.
No podía respirar.
No podía gritar.
No podía moverse.
Solo oía la respiración animal de aquellos cuatro asesinos.
Pero luchaba y luchaba. No estaba en su destino caer de aquella forma, él, un Escipión Africano y un Emilio Paulo.
Solo deseaba batallar por su dignidad.
Tener la oportunidad de desatar su valor.
Exhibir su orgullo y su grandeza, y si tal cosa ya no era posible, que su nombre y el de su familia retumbaran en la eternidad con el sonido de mil tubas de combate, como en Pidna.