Odio visceral
Roma, por la noche del mismo día
Emiliano llegó a su casa palatina bien entrada la noche. Sin tiempo que perder cruzó el atrio, atravesó el tablinum y penetró en el pasillo que circundaba el peristilo. Y allí, pese a la oscuridad, la vio, sentada en un banco de piedra, flanqueada por dos estatuas de las musas, quieta bajo la luz lánguida de las lucernas como una vestal lapidada que ha vuelto del inframundo.
¿Por qué?
¿Por qué los dioses le castigaban de aquel modo?
Con aquella mujer se sentía como el titán Prometeo encadenado por Zeus a una roca, condenado eternamente a que un águila le devorara el hígado cada día de su existencia.
¿Por qué?
Aun así, por mucho que despotricara en su fuero interno, no podía ignorarla. Desanduvo el camino y se acercó hasta ella.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con rudeza.
Sempronia rotó lentamente el cuello hasta encararlo.
—¿Es que esta ya no es mi casa?
—¿Por qué estás aquí? —reiteró Emiliano.
Sempronia contrajo los músculos de la cara.
—¿Tanto te molesta mi presencia? —interpeló, hierática, y añadió—: Tengo entendido que estás furioso porque, tras la muerte de Claudio, los censores Metelo y Pompeyo no te han designado a ti princeps Senatus, sino a Cornelio Léntulo Lupo… ¡qué desgracia! —rio con una desgana lacerante.
Emiliano puso los brazos en jarras, miró al suelo y respiró paciencia en gigantescas dosis. En efecto, los censores habían tomado pocos días antes la decisión de designar príncipe del Senado a Léntulo Lupo, el otro censor patricio que aún vivía. El nombramiento, utilizado nuevamente para hacerle el mayor daño público posible, aún le escocía como si tuviera un hierro candente metido en la boca.
Pero Sempronia no había terminado.
—¿O tu desgana para conmigo —oyó que seguía— encuentra motivo en que el pueblo ya no te ama? ¡Qué digo, te odia! Hoy te han llamado tirano y han deseado tu muerte. ¡Cuánto lo lamento! —rio con mortal ironía antes de adoptar una mueca de profunda repugnancia, y sentenciar—: Todo cuanto te ocurra lo mereces.
Aquello era excesivo.
La temperatura descendió abruptamente.
Las pupilas de Emiliano se dilataron.
Oscureció su rostro y por su mente desfilaron todos los posibles modos de asesinarla allí mismo, ya fuese lapidarla, estrangularla, clavarle en mitad del pecho un puñal o matarla a bastonazos. Todas las opciones eran de lo más sugerentes, pero le bastó un solo instante para mantener la calma y exhibir el arma que más daño infligía a aquella mujer.
—Hayas venido o no, me es absolutamente indiferente. Debo preparar un discurso. Haz lo que te plazca. —Y emprendió el camino hacia su cubiculum como quien deja atrás un mueble viejo.
El filo de la apatía hizo efecto inmediato.
Sempronia intentó hinchar sus pulmones, pero no pudo. Se echó las manos al pecho con la boca abierta. Sus labios estaban secos y le temblaba el cuerpo entero. Se desvanecía e incluso vio su propia muerte.
Pero en aquel pánico, paradójicamente, encontró la fuerza para llenarse de una rabia que no le cabía en su cuerpecillo, una que salió impulsada de su garganta en una forma de alarido que estremeció a los mismísimos lemures espectrales.
—¡Debiste repudiarme, esposo, debiste hacerlo! ¡Ha sido el mayor error de tu vida! —chilló con desgarro antes de romper en el llanto más incontrolable.