Dale el infierno
Roma, al anochecer de ese mismo día
Carbón sentía predilección por la noche romana.
Había sido un amor a primera vista.
Porque solo a primera vista se podía amar un mundo como aquel de fantasía, uno sin ojos escrutadores de la moral tradicional, uno tenebroso y oscuro alejado de los censores y plagado de burdeles, tugurios y antros de la más ínfima condición en los que poder encontrar fulanas sin complejos y amigos de excentricidades y devastaciones. Allí, en aquel mundo, había encontrado a Escápula.
Ocultando el rostro con el pliegue de una toga vieja, abandonó al ocaso su lujosa casa palatina y bajó al foro. Después tomó el Argiletum y penetró en la Subura más sórdida, la más profunda.
Ascendió hacia el Quirinal por callejuelas angostas, sinuosas y embarradas en las que no había un alma. Dejó atrás encrucijadas, callejones y plazoletas. No era fácil guiarse en aquel sinuoso laberinto. Él, sin embargo, lo conocía a la perfección.
Al rato, llegó a su destino, la taberna llamada Tetitas de Cerda, famosa por servir precisamente aquella especialidad, aunque el nombre no fuera más que el reclamo a otro manjar mucho más carnal y femenino.
Sus esclavos aporrearon la puerta. No todo el mundo podía entrar allí. Se abrió el portón. El olor a tetita de cerda hervida les golpeó los conductos nasales. Era nauseabundo, pero eran deliciosas al comerse.
Le dejaron pasar.
—Al fondo, detrás de la cortina —se apresuró a indicarle el dueño del cuchitril. Estaba a reventar, y los comensales bebían y comían con las manos grasientas las tetitas de cerda al tiempo que manoseaban los senos y carnes de las fulanas que todo lo poblaban.
Carbón descorrió el dosel, encontrando un cubículo apenas iluminado por una lucerna. Había una mesa en el centro y dos sillas. Una la ocupaba Escápula. La otra estaba vacía. Carbón corrió el cortinaje y se sentó. En la mesa había un plato de hermosas tetitas de cerdo.
—Come, come —le apremió Escápula.
—No tengo hambre —rehusó Carbón, dejando su rostro a la vista.
—Pues bebe al menos —dijo Escápula, que cogió una jarra de barro y le llenó el vaso—. Bebe, bebe —insistió, al ver que Carbón no se movía.
—No tengo sed.
Escápula ni se lo pensó.
—¡Posadero! —graznó—. ¡Tráenos garbanzos y olivas para abrirle a mi amigo el apetito y la sed!
Fue dicho y hecho, porque casi al instante el dueño del antro emergió tras la cortina y dejó sendos platos de garbanzos y olivas.
—Me ha dicho el posadero que las olivas están puestas en conserva hace un par de meses. Están agrias, pero están buenas. Come, come —urgió, acercándole el plato.
Carbón bebió un sorbo de vino sin dejar de mirar a Escápula.
—Esta es la noche —farfulló después de relamerse el labio.
Escápula dejó a medio camino la tetita de cerdo a la que estaba a punto de hincar el diente. La dejó en el plato muy despacio.
—¿Sabes que creo que voy a sentir lástima? Ya me ocurrió con Anaxandra —dijo con gesto melancólico.
—¿De quién me hablas? —bufó Carbón.
—¡Oh!, era la joven esclava de Pérgamo que me ayudó a envenenar a Nasica. ¡Era tan dulce y encantadora! Aquello sí que eran tetitas de cerdo, ¡ya sabes! —exclamó con gesto pícaro antes de tornarlo a uno amoroso—. Creo que incluso me enamoré de ella. Lástima que tuviera que envenenarla también. Eso sí, escogí el veneno más incruento.
Carbón resopló y extrajo de la toga una bolsa de cuero que dejó caer encima de la mesa.
—La otra mitad cuando termines.
Escápula la abrió con mimo y miró en su interior. Los ojos le centellearon. Elevó la vista con semblante avieso.
—Con esto tal vez pueda tener un terrenito no demasiado grande, una huerta, una casita con un manantial al lado, una mujer amable, muchos hijos, un rebañito de ovejas y vacas y, para coronar todo esto, un pedacito de bosque fresco. ¿No es este el ideal romano al que aspiraban los antiguos como Catón? Emiliano es del mismo tipo, por eso siento lástima —dijo, y se quedó mirando a Carbón.
Este, resoplando de nuevo, se puso en pie.
—Esta noche y, por Hércules, ¡este vino es asqueroso!
—¿Qué quieres encontrar aquí, vino de Campania? —se mofó Escápula—. Puedo coger un ánfora de la reserva de Emiliano… Por cierto, ¿en qué casa está?
—En la del Palatino.
—¿Y estará la puerta abierta?
Carbón arrugó el entrecejo.
—Estará. Dale el infierno.
Y se marchó del tugurio Tetitas de Cerda sin probar ni una sola. Justo aquella noche no tenía apetencias.