Revolucionario
Roma, por la tarde de ese mismo día
Emiliano deseaba regresar a su domus palatina para preparar el prometido discurso ante la asamblea, pero por motivos de seguridad los lictores y sus amigos lo llevaron en volandas a su mansión suburbana.
—Volverás cuando se despejen las calles y, ¡por todos los dioses!, hazme caso aunque solo sea una vez en tu vida —le imploró Fabio.
Emiliano, calmando muy poco a poco su respiración de toro encelado, se refugió en el tablinum con su guardia más íntima, Fabio y Lelio. La furia daba paso a la frustración más amarga.
—¡Qué Roma es esta! —chilló—. ¡Sigo siendo el hombre que tomó Cartago y arrasó Numantia!
Lelio pasó rápidamente a la acción.
—Eres mucho más —dijo—. Sigues siendo también el hombre que, sirviendo como tribuno militar en Cartago, salvó al ejército tantas veces como dedos tienes en las dos manos —trató de levantarlo—. Eres el hombre del ataque a la brecha de los muros de Cartago. El hombre de la batalla del río junto a Nepheris. El hombre que desbarató el ataque nocturno de Asdrúbal el Beotarca. El hombre que propicio la defección de Fameas Himilcón y de toda su caballería. Y el mismo hombre que rescató a dos mil hombres atrapados en una colina y recuperó los anillos de oro de los tribunos militares muertos en combate.
Fabio se unió a la arenga.
—Y aún veo al hermano que ridiculizó a todos los jóvenes aristócratas cuando ninguno de ellos quería servir en la guerra celtibérica con el cónsul Lúculo y te presentaste al alistamiento como si llegaras de un triunfo. ¿No recuerdas cuando quise persuadirte y tú me preguntaste que qué se levantaba en la vía Apia?
Emiliano logró expulsar un carcajeo desganado.
—Te costó comprender que era la tumba de los Escipiones —dijo al cesar en su amarga risotada.
—Porque allí estaba y está la grandeza que te guía —aseveró Fabio con rotundo convencimiento.
—La misma que te condujo a batirte ante los muros de Intercatia con un gigante hispano —siguió declamando Lelio—. La misma que te llevó hasta Numidia a solicitar elefantes al rey Masinisa e interceder entre Cartago y Numidia —prosiguió con creciente énfasis—. ¡La misma que te permitió evitar el desastre del asalto de Megalia!
—Porque solo un Escipión podía tomar Cartago. Y solo un Escipión pudo derrotar a Numantia —glorió Fabio.
—Todo lo cual ahonda mi frustración —negó Emiliano.
—Todo lo cual ahonda en la fortaleza de tu determinación. Porque Roma sin ti caerá en el Averno —predicó Lelio.
Emiliano elevó la vista. Poco a poco, tomaba de nuevo el control.
—Y sin embargo el Senado llegó a odiarme tanto como ahora lo hace el pueblo al grito de los Graco, siempre los Graco en última instancia —dijo entre dientes—. En mis triunfos he sido el ídolo del pueblo, y en mis decisiones políticas el héroe del Senado —lamentó, y cabeceó ostensiblemente. Después elevó el mentón—. Yo fui el primero en comprender que Roma necesitaba una reforma agraria.
—Bien que lo recuerdo. Fue en mi consulado —dijo Lelio.
—Y yo he sido el primero en comprender que Roma necesita a sus aliados, ¡los necesita! —chilló rabioso—. Y por ello mismo no solo voy a mantener mi posición, sino que voy a dar un paso más, ¡uno más!
Fabio y Lelio lo miraron con atención. Emiliano se levantaba inexorablemente, una más de tantas.
Prosiguió con tensa calma:
—Porque la ley agraria ha permitido que haya miles de nuevos ciudadanos, es cierto, pero la solución a los problemas de Roma ya no son sus campos. Debe hacerse algo que nadie jamás se ha atrevido ni tan siquiera a pensar. Algo que eleve a Roma a una grandeza jamás imaginada y de la mano de la inteligencia y de la generosidad. ¿No creció Roma en el pasado abrazando a los que habían sido sus enemigos? ¿No los integró en la ciudad y en la esencia misma del ser romano? ¿No podemos volverlo a hacer? —interpeló sin la necesidad de obtener respuesta alguna ni de Lelio ni de Fabio—. Porque yo os digo que hace tiempo que Roma llega mucho más allá de sus murallas. Y porque hace mucho tiempo que fuera de Italia ya no se distingue al romano del latino o del itálico. Todos somos lo mismo. Debemos ser valientes.
—Hablas de la ciudadanía romana —se anticipó Lelio.
Fabio abrió los ojos como platos y los clavó en su hermano.
—¿Estás hablando de proponer la concesión de la ciudadanía romana a los latinos? —interpeló patidifuso, sintiendo que un escalofrío lo sacudía de abajo arriba.
—En realidad, me temo que quiere proponer la ciudadanía para todos los aliados —intuyó Lelio sin perder de vista a Emiliano.
—¿La ciudadanía para todos? —repitió Fabio, haciendo verdaderos esfuerzos para no trabarse.
Emiliano inspiró profundamente.
—La ley agraria, los repartos de ager publicus, los derechos de unos y otros, todo este conflicto carece ya de sentido si todos somos lo mismo —masculló paciente—. Es la diferencia entre romanos, latinos e itálicos la que nos arrastra al abismo, y hoy, en los rostra, lo he visto, lo he sentido. O se hace o nos desangraremos. Tenemos que elevar el debate y las soluciones. ¿Es que no lo veis? ¡Debemos cercenar el conflicto de raíz! —gritó vehemente—. ¡Y es de justicia para quienes son nuestros hermanos de sangre y han luchado con nosotros codo con codo en los campos de batalla!
—Publio… El Senado no lo aceptará —advirtió Lelio con tono premeditadamente sumiso—. Es tanto como arrancar a los senadores aquello que más quieren, su privilegio más exclusivo, su poder, el acceso privativo a las magistraturas y el control del voto en los comicios…
—Tampoco lo aceptará el pueblo —añadió Fabio con signos de angustia—. No quiere la ciudadanía más que para sí. Es lo que lo diferencia de los simples itálicos. Es el elemento central de la identidad del romano. Es su superioridad —exhaló, muerto de miedo.
—Sé perfectamente qué es la ciudadanía —repuso Emiliano, desplegando toda su autoridad—. La ciudanía es derecho. Derecho al voto, a las magistraturas, al comercio, al matrimonio y al acceso a los tribunales de la ciudad de Roma. Todo eso es la ciudadanía.
—La ciudadanía es identidad… —barbotó Lelio en un último intento de hacerle reflexionar.
Emiliano se puso en pie.
—Si salís de Roma por la puerta Carmentalis, ¿sabéis qué se levanta a unos pocos pasos al borde de la vía Apia?
Fabio y Lelio chocaron sus miradas. No era necesario que respondieran. Verdaderamente ya nada les sorprendía en aquella Roma cambiante, peligrosa e impredecible, una en la que Emiliano era el Aquiles que prefería morir en la gloria antes que vivir tranquilamente en su reino, aun sabiendo que podría encontrar la muerte en Troya. La apuesta no era arriesgada, es que era una verdadera revolución que podría sacudir los cimientos de la loba hasta levantarlos por encima del suelo. Nadie había propuesto antes semejante cuestión, aunque en verdad que hacerlo solo estaba al alcance de una única persona, Escipión Emiliano.
—¿Lo propondrás ya? —preguntó Lelio.
Emiliano endureció su rostro.
—Está anocheciendo. Las calles estarán despejadas. Debo escribir mi discurso, el más importante de mi vida. Regreso al Palatino.