Tirano
Roma, mediodía del 13 de abril
Emiliano respiró tranquilo. Como acostumbraba los días importantes volvió a mirarse una última vez en el espejo. Esta vez el reflejo le recordó a su padre, pero en sus rasgos a su querida madre natural, la gran Papiria, hija del consular Papirio Masón.
Cabeceó resignado.
Que su padre la hubiera repudiado cuando él y su hermano Fabio eran todavía pequeños le seguía punzando el corazón más de cuatro décadas después. Nunca lo había entendido ni compartido.
—Publio, es la hora —oyó que le avisaba, como siempre, Fabio.
Emiliano asintió con un golpe de cabeza y salió al enorme atrio de su villa junto a la vía Lata, donde más de cien senadores, cual legión en formación cerrada, le esperaban para asistir a la contio que iba a celebrarse en la plaza de los comicios.
Emiliano, en el centro del grupo, casi todos censorios, consulares y pretorios, giró sobre sí mismo y fue repasando las miradas.
—Ya sabemos cuál es nuestro deber —arengó—. Somos el Senado y defendemos su autoridad frente al capricho irracional del pueblo —recordó en modo castrense, como si fuera necesaria una proclama militar en aquellos momentos en los que seguía viviéndose en Roma una atmosfera irrespirable por los disturbios provocados inagotablemente por Cayo, Carbón y Flaco.
Precisamente por ello —y por las continuas infamias lanzadas por Carbón desde todas las tribunas imaginables— es por lo que se había decidido a presentarse ante el pueblo y mostrar personalmente las razones de la decisión del Senado sobre la cuestión de los latinos y los aliados itálicos. No pocos como Fabio y Lelio, recordando anteriores debacles, habían tratado de disuadirlo, incluso porque se rumoreaba en los peores antros de la ciudad que su vida estaba en peligro. Tanto era así que Fabio y Lelio estaban dispuestos a hablar por él.
—No esperes de los amigos lo que tú mismo puedes hacer —les había contestado como réplica a esta propuesta, citando el apólogo del autor Quinto Ennio sobre la famosa fábula de Esopo.
—Pero no olvides que tu amigo Panecio afirma que es deber de los hombres estar atentos y dispuestos para protegerse de las infamias y de los peligros —le había contestado con su natural ingenio su amigo Lelio, lógicamente sin hacerle caso. Él, un Escipión completo, no había venido al mundo para ceder, y mucho menos para esconderse.
Con todo, las caras de los senadores que se apelotonaban a su alrededor confirmaban que sus palabras de ánimo eran necesarias.
—Estoy convencido —continuó igual de marcial— de que si os preguntase ahora mismo a cada uno de vosotros que por qué estáis aquí, todos contestaríais que por mí. Sí, por mí, para arroparme —dijo un tanto vanidoso—, pero os equivocaríais. No estáis aquí por mí, sino por Roma. Y por ello, padres, no vamos a ceder —remarcó con los dientes apretados—. Nadie va a destruir el orden establecido —apuntaló con el rostro endurecido cual roca granítica al tiempo que echaba a andar, arrastrando tras de sí un mar de togas aristocráticas que se convirtió en océano en cuanto puso un pie en la vía Lata.
Allí le aguardaban otro centenar de senadores pedarios, amén de miles de amigos y clientes que no dudaron en entrar en estado de jubilosa catarsis en cuanto lo vieron aparecer cual Zeus descendiendo las pendientes del monte Olimpo.
Emiliano paró en seco ante la masa. Fabio pidió silencio con las manos. Todos se quedaron mudos y expectantes.
—A la curia —se limitó a ordenar Emiliano en modo imperial.
Y vuelta a empezar.
El séquito, que desbordaba aquella parte del Campo de Marte, entró en renovado griterío y se puso alegremente en movimiento, siguiendo la estela de los Emiliano, Fabio, Lelio, Bruto, Opimio y demás compañía divina.
Surcaron el clivus Argentarius, cruzaron la puerta Fontinalis —donde la estrechez provocó un fenomenal atasco—, y descendieron hacia el comitium por la misma cuesta, dejando a la derecha los escarpes del Arx y la roca Tarpeya.
—¿Lo oyes? —le preguntó en este momento Fabio a su hermano.
No hizo falta que Emiliano respondiera. El grito exacerbado «¡Graco, Graco, Graco!», procedente de la plaza de los comicios, aún lejano pero creciente, rebotaba en las estribaciones meridionales del Arx.
—A la curia —insistió Emiliano con el ceño fruncido.
En el emboque a la plaza, los suyos tuvieron que emplearse a fondo para abrir un pasillo humano por el que poder pasar. En el comitium no cabía un alma, como tampoco en el foro ni en los tejados de basílicas, tiendas y templos. Los había incluso encaramados a la estatua de Pitágoras y al resto de los adornos, árboles y pináculos del centro político, religioso y militar del orbe conocido.
Roma respiraba como una enorme bestia.
El griterío más atronador dio paso de modo súbito al silencio más estremecedor en cuanto Emiliano accedió al comitium y surcó con fastuosa solemnidad el pasillo abierto en la multitud. Muchos lo miraban con los rictus desencajados y furiosos, pero otros tantos lo animaban con brillo en los ojos.
Emiliano ascendió a los rostra, encarando el foro y su mar de cabezas hasta donde le llegaba la vista. Sin embargo, aquel era un día para honrar la costumbre de los viejos tiempos.
Por ello, muy despacio y ceremonioso, rotó y afrontó la plaza de los comicios. Escuchó a su espalda unos tímidos abucheos. Los ignoró. Debía hablar hacia el Senado, en cuya escalinata se apelotonaban al completo los padres conscriptos, entre ellos Flaco y Carbón.
Escrutados los padres conscriptos, Emiliano lo buscó a continuación entre el gentío, encontrándolo muy cerca de los rostra. Cayo lo miraba sin miedo. No esperaba otra cosa del joven Graco. En aquel muchacho había mucho de Escipión Africano.
Comenzó con perfecta proyección retórica.
—Quirites, hoy vengo ante vosotros. Soy Publio Cornelio Escipión Emiliano. Todo esto lo soy por mi linaje y por adopción, porque tuve la fortuna de nacer hijo de Lucio Emilio Paulo y sobrino de Escipión Africano —retumbó, y tomó una pequeña pausa antes de proseguir—. Sin embargo, también soy Africano y Numantino, sobrenombres que gané por mí mismo, porque vosotros, ¡sí, vosotros —pasó al grito amargo— me concedisteis el honor de derrotar a los cartagineses y a los numantinos! ¡Vosotros confiasteis en mí cuando nadie en esta ciudad era capaz de derrotarlos! ¡Y yo devolví vuestra confianza haciendo desfilar ante vuestros ojos las riquezas de Cartago y de Numantia! ¡Soy el mismo hombre! —bramó con rabia—. ¿Qué os hace pensar que, como antaño, no actúo por el bien de todos?
—¡Nos has engañado! —vociferó de pronto un ciudadano.
Emiliano, aún paciente, tensó las mandíbulas y escrutó a la masa para encontrar a aquel hombre. No dio con él.
—Yo no os engaño —continuó casi en un susurro—. Os dicen que solo una ley puede privar de los poderes judiciales a los triunviros, pero esos mismos hombres callan que los tratados con los aliados fueron también aprobados por una ley del pueblo…
—¡Esas leyes fueron modificadas por la ley de Tiberio! —le interrumpió un espectador al parecer versado en derecho.
—¡Tiberio, Tiberio, Tiberio! —comenzó a chillar la multitud en perfecta armonía y sincronía.
—¡Las leyes de los tratados son más antiguas y deben respetarse para mantener la grandeza de Roma! —trató Emiliano de dejarse oír.
—¡Tiberio, Tiberio, Tiberio! —atronó la masa.
—¡Yo no os engaño!
—¡Tiberio, Tiberio, Tiberio!
—¡Yo no os engaño! ¡Ellos sí! —explosionó Emiliano, desgarrado y furioso, pero con la mala idea de señalar a Cayo.
Y qué más querían los populares.
Escápula, situado muy cerca de Cayo, hizo una señal a sus hombres y se abrieron paso a golpes hasta rodearlo.
Hecho esto, fingiendo que lo protegían de un peligro realmente inexistente, con las caras contraídas y exageradas sin parangón, señalaron a Emiliano y comenzaron a gritar desaforados:
—¡Lo ha amenazado! ¡Quiere acabar con Cayo! ¡Con vuestro Cayo! ¡Con el hermano de Tiberio! ¡Es un enemigo de Roma! ¡Tirano!
El gritito tuvo éxito, porque apenas un instante después miles de gargantas berreaban: «¡Tirano! ¡Tirano! ¡Tirano!». Otras tantas a contratiempo berreaban «¡Enemigo de Roma! ¡Enemigo de Roma!». Y en un nuevo acorde otras entonaban «¡Cayo, Cayo, Cayo!».
Emiliano, zarandeado en lo alto de la tribuna, no pudo evitar que los calores de la furia fueran tomando el control.
«¡Tirano! ¡Enemigo de Roma! ¡Tiberio! ¡Cayo!», siguió escuchando hasta que no pudo más. Hinchó el pecho, adoptó una pose de solemne desprecio ante una chusma ingrata y arremetió hiriente.
—¡Es muy natural que aquellos que sienten hostilidad hacia nuestra patria quieran acabar conmigo primero! —logró hacerse oír en el barullo—. ¡Porque no es posible que Roma caiga mientras Emiliano esté en pie, ni que Emiliano viva cuando Roma haya caído! —abroncó con un desdén insuperable al tiempo que arreciaba la bronca—. ¡Mañana volveré a esta tribuna y diré mis razones! —añadió—. ¡Quieran los dioses que me escuchen los auténticos ciudadanos! —escarneció fuera de sí y bajó de la tribuna justo cuando comenzaba la precipitación de sandalias. Y si pudo salir de allí fue gracias a que los cónsules y los pretores enviaron en comandita a todos sus lictores a repartir palos y despejar el camino.
—Mañana volveré, ¡mañana! —se desgañitó al pasar junto a su hermano Fabio y Lelio, cuyas miradas cruzadas lo dijeron todo.