Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tolerar lo intolerable
47%

Tolerar lo intolerable

Roma, comienzos de abril

Carbón llegó a Roma cinco días después.

Sin detener sus pasos, cruzó bajo el vano de la puerta Capena, tomó la vía del triunfo allí donde descendían las laderas de la colina palatina, afrontó la empinada subida del clivus Palatinus y giró a la derecha, en busca del Germalus, donde Flaco tenía su hermosa domus con una bellas vistas dominantes sobre el foro y el Capitolio.

Los esclavos lo dejaron, encontrando a Flaco sentado frente a su hijo de once años en el tablinum en lo que parecía una conversación seria entre padre e hijo.

—¿No es el momento? —preguntó con gesto malicioso. Molestase o no, le importaba un bledo.

Flaco mostraba un semblante circunspecto, y lo mantuvo al encarar a Carbón y emitir un largo resoplido.

—Esta mañana me ha preguntado mi hijo —dijo al acabársele el aire y tomarlo de nuevo—, si es verdad que mi abuelo…

—¡Gran hombre y mejor censor! —le interrumpió Carbón como sobresaltado. Recordar al viejo Quinto Fulvio Flaco era tanto como mentar a Catón. Provocaba tanto respeto como temor reverencial.

—Decía que mi hijo me ha preguntado —retomó Flaco— si es verdad que mi abuelo robó las tejas de mármol del templo de Juno Lacinia de Brutium para utilizarlas en la techumbre del templo a Fortuna Ecuestre que había prometido por su victoria contra los celtíberos.

—¡Por Hércules! ¿Robar?

—Y me pregunta mi hijo —continuó Flaco, y posó afablemente la vista sobre su hijo pequeño, una réplica suya en miniatura—, si es cierto que el Senado le obligó a devolverlas y que con el tiempo su bisabuelo perdió la cabeza castigado por los dioses antes de ahorcarse.

—¿Quién se lo ha largado? —porfió Carbón. En efecto, el viejo Quinto Fulvio Flaco, después de esquilmar las tejas de aquel templo en su propio provecho y llevarse la regañina humillante del Senado por aquel sacrilegio, se había ahorcado en su cella cubiculum.

Flaco arrugó el rostro.

—¿Y qué debo decirle hoy a mi hijo? —preguntó a lo suyo, en voz alta y en modo metafórico—. Hay en esta ciudad familias patricias que creen que fluye por su venas la sangre de dioses y reyes —farfulló con resquemor—. Los Fabios opinan que proceden de Hércules. Los Emilios que lo hacen de Amulio, el hermano del abuelo de Rómulo y Remo. Los Julios afirman con la boca llena que son troyanos por descender de Iulo, el nieto de Eneas. Y hasta los Servilios tienen una maldita moneda de bronce que llaman sagrada a la que hacen ofrendas y engorda o mengua según la mayor o menor distinción de la familia —expuso con su permanente y profunda aversión.

—Está claro que los soplones han sido los Fabios y los Emilios. Sus niños son repulsivos —concluyó Carbón.

—Hijo —declamó Flaco de pronto con gran solemnidad. El crío abrió sus ojitos de niño como platos—. Oigas lo que oigas de bocas ponzoñosas, recuerda que tu bisabuelo alcanzó el consulado y la censura, y celebró dos triunfos por sus victorias sobre los celtíberos y los ligures, a los que derrotó por completo. Su dignidad, honradez y severidad aplastarían hoy en día la indecencia de los que tratan de hacerte daño. No los escuches porque tú eres mucho más grande que ellos. Tú eres digno.

Dicho todo esto, miró a Carbón.

—¿Y bien?

—Traigo excelentes noticias —informó de inmediato con una sonrisa de oreja a oreja.

Flaco echó el cuerpo hacia adelante.

—Qué te ha dicho.

—Que cerrara mi boca y me largara de inmediato.

—Edepol! ¿Y eso son buenas noticias?

Carbón adoptó una pose tenebrosa y se dirigió al hijo de Flaco.

—¿Te ha contado tu padre alguna vez que tengo los ojos tan negros porque soy capaz de abrir en canal a una persona y ver sus sombras y terrores más profundos? —interpeló en un siseo lascivo.

—Carbón… —protestó Flaco padre.

—¿Nunca se lo has dicho? —repuso Carbón con teatrera desilusión.

—¿Nos ayudará? —fue al grano Flaco.

—Te lo acabo de decir, Marco Fulvio Flaco. He visto la oscuridad de Sempronia. Lo hará.

Flaco, sin perder su gesto rencoroso, asintió satisfecho.

—Sigue agitando al pueblo. Hazlo de tal manera que le sea tolerable el destino último de quien tú ya sabes —farfulló en clave, y añadió—: Y ya sabes, de esto ni una palabra a Cayo.

—Sea —sentenció un feliz Carbón.