En la tienda de mando. En la hora quinta32
—No, Euno, hoy no —dijo Paulo suavemente.
El esclavo, aquel que le ayudaba siempre a vestirse antes de la batalla, se quedó parado en mitad del pretorio con cara de pasmarote y con la coraza broncínea suspendida en sus manos.
—Padre, ¿no vas a colocártela? —preguntó Fabio con alarma.
—Y me temo que tampoco el casco —añadió Emiliano.
—¡Padre! —protestó Fabio, volviéndose hacia él como un resorte.
Paulo, sentado en una cátedra, vestido únicamente con una túnica blanca ceñida por un ancho cinturón de cuero y sus botas de campaña, sonrió apaciblemente y miró a su esclavo.
—Solo la capa, Euno, nada más, pero llegado el momento, no todavía —le pidió igual de tranquilo, dicho lo cual se dirigió a sus hijos, los únicos que le acompañaban en el pretorio. El resto de los legados y tribunos supervisaban el gigantesco despliegue del ejército—: Si hoy tengo que cabalgar entre las filas, hijos, no peligraré sin coraza ni casco, porque la falange no lanza venablos. Pero hoy las legiones van a sufrir, ¡y mucho!, y deben ver con sus propios ojos que su cónsul confía en ellos de tal manera que no se salvaguarda a sí mismo —sentenció con sencilla naturalidad, y añadió sin dejar tiempo a la réplica, especialmente la de Fabio—: Desplegad las lonas de la tienda.
Dicho y hecho. Otros dos esclavos corrieron para separar las fundas de la entrada del pretorio, dejando que la brillante y poderosa luz estival del Egeo entrara a raudales. Y cuando los ojos se acostumbraron a la luminosidad, teniendo en cuenta que Paulo había ordenado que el campamento se levantara en las faldas que ascendían al monte Olocro en una posición visual dominante, emergió a la vista de todos, majestuosa, la llanura de Pidna en toda su extensión.
Paulo se puso en pie con mirada inquisitiva y dio dos pasos al frente. Su vista seguía siendo aguileña, pero no tanto como en su juventud. Aun así, al fondo podía divisar, protegido por el río Leuco, el campamento de Perseo, y justo delante, la maraña infinita de hombres y jinetes que iban formando ordenadamente.
Sus ojos se posaron a continuación en el espacio que dejaban los ríos Leuco y Esón, donde se desarrollaría aquel día la batalla. Era un terreno plano como un plato, sin bosquecillos ni arbustos, idóneo para el avance de la falange. Perseo sabía lo que hacía. No era un estúpido.
La mirada de Paulo, descendente, llegó acto seguido hasta el río Esón, donde algunas avanzadillas romanas se aprovisionaban de agua.
Finalmente, Paulo escudriñó la distancia que mediaba entre el río Esón y su propio campamento. Era también una planicie, pero más accidentada, ascendente hacia el campamento y tachonada de afloramientos rocosos y grupos de árboles y arbustos de buen porte. Y era justo aquí donde el ejército estaba formando poco a poco según lo ordenado, llegando hasta la tienda el griterío de tribunos, centuriones y decuriones para que cada manípulo, cada cohorte itálica y cada turma de caballería estuvieran justo en su sitio.
Paulo miró al sol con los ojos entreabiertos.
—Fabio —llamó a su hijo.
—Padre —se dispuso este de inmediato.
—Mira el sol.
—Está de cara —comprendió Fabio.
Paulo asintió.
—Bien, reúnete con Nasica y que comunique a todos que no daré la orden de ataque hasta que deje de deslumbrarnos. Que nadie meta un solo pie en el río Esón. Entretanto, que a los hombres y a los caballos no les falte agua. Y que estén descansados.
Fabio salió despedido del pretorio, subió ágilmente a su caballo y descendió al galope por la vía pretoria. Paulo lo siguió hasta verlo desaparecer y volvió a sentarse en la cátedra. El sonido de un carraspeo ajeno le recordó que su hijo Emiliano seguía allí, de pie, visiblemente nervioso, pero evidentemente no por temor, sino por el deseo de que le dieran rienda suelta. Su hijo, aun tan formal y metódico, era un corcel orgulloso y fogoso.
Paulo cabeceó y sonrió.
—Ve antes de que te consumas en tus llamas —condescendió, resignado—, pero recuerda, no lo hagáis antes de la hora novena si la lucha no se ha trabado antes. Si para entonces Perseo no ha ordenado el ataque y ha perdido la ventaja del sol a su espalda, es que quiere esperar a otro día. Pero yo ya no querré esperar. Será el momento para provocarlo. Pero no antes de la hora novena. Recuérdalo por tu vida.
—No lo olvidaré, la hora novena.
—Y Publio…
—Dime, padre.
—La necesitaré, el ala derecha.
—Lo sé, padre —dijo Emiliano, y corrió como una centella, saltó sobre su caballo y se lanzó al galope hacia el lugar que le había asignado su padre en el frente de combate, que no era otro que la caballería romana en el ala derecha, allí donde estaban los elefantes, allí donde podía inclinarse la batalla.
Paulo también siguió a Emiliano hasta perderlo de vista. Después miró a lo alto con ojos de paterno corderillo.
—Dioses inmortales —imploró—, proteged a mis hijos. Os lo suplico… —Respiró hondo y se arrancó aún más suplicante—. Pero especialmente a mi hijo Publio. ¡A él! Protegedlo de la adversidad. Guardadlo de su propio orgullo e ímpetu. Ocultad su brillo ante el enemigo. Temo por él. ¡Os lo ruego!
En el presente. Miseno, finales de marzo de 129 a. C.
—Ayúdanos a matarlo —insistió Carbón al advertir que Sempronia permanecía hierática, con sus ojos almendrados clavados en los suyos, sin decir ni una sola palabra en los jardines de la villa marítima de Miseno a donde había acudido para pedir su auxilio. Solo los labios de Sempronia —violentamente fruncidos— dejaban translucir un destello de emoción, aunque sin saber discernir su sentido—. Sempronia, no hay otra alternativa —persistió—. Hagamos lo que hagamos, resiste como las malditas columnas del templo de Júpiter Capitolino, y con él, un Senado corrompido. Emiliano va a abrogar la ley de Tiberio y debemos… —dejó la frase en suspenso y calibró esta vez la oportunidad de los términos a emplear—. Debemos acabar con él —apuntilló finalmente.
Pero la dulce y apacible Sempronia —en realidad, ya ni dulce ni apacible, pensó Carbón— se mantenía imperturbable y sentada con las manos apoyadas en sus muslos, con los labios igual de prietos.
En cualquier caso, si ella no articulaba la lengua, lo haría él.
—Vamos a sacudir Roma hasta sus cimientos, Flaco, tu hermano Cayo y yo mismo. Los tiempos de las antiguas revueltas plebeyas van a ser simples peleítas de niños asustados. Solo te pedimos…
—Cierra tu boca de una vez —espetó Sempronia en un violento arrullo, dicho lo cual inició la lenta e intimidante activación de su cuerpo.
Sin dejar de mirar a Carbón, retiró las manos de los muslos y se puso lentamente en pie, avasallando a su invitado desde su corta altura.
—¿Mi hermano Cayo lo sabe?
—No, no participa en esto. Solo lo sabe Flaco.
Sempronia estiró el cuello.
—Vete de aquí —escupió—. Y que no te vea nadie, mucho menos mi madre. Vete.
Carbón golpeó los muslos con las manos, se puso en pie y abandonó la villa sin ser visto.
Poco después, Sempronia regresaba al pabellón principal, encontrando a su madre en el peristilo interior, como siempre sumergida en la lectura y al abrigo del fuerte viento que aquella mañana de comienzos de primavera soplaba desde el mar.
Cornelia levantó la vista en cuanto vio aparecer a su hija. Algo en su rictus le llamó la atención.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con prudente curiosidad. Era el mejor modo de que Sempronia no se pusiera a la defensiva.
—¿Por qué lo dices? —replicó ella indiferente.
—Porque a una madre no se le escapa nada.
Sempronia, que no tenía la intención de detenerse, transfiguró su rostro, mudando de uno sombrío a otro luminoso y vivo, muy vivo.
—Es cierto que no se te escapa nada —dijo sonriente—, porque hoy me siento mejor que nunca. Luce el sol y el mar está precioso. Soy feliz —apuntaló, y siguió su camino alegremente, como una niña pequeña que disfruta de la vida dando saltitos mientras arranca flores.
Cornelia suspiró resignada.
Su voluble hija nunca cambiaría.