Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Amanecer del 22 de junio. En la hora tercera29
46%

Amanecer del 22 de junio. En la hora tercera29

Por mucho que Sulpicio Galo hubiese aplacado el temor de casi todos los hombres, Paulo, hombre piadoso donde los hubiera de los de la vieja escuela, inclinado siempre a los sacrificios y a la adivinación, sacrificó once toros, y en cuanto asomaron las primeras luces del alba mandó inmolar otros veinte en honor a Hércules.

Ni que decir tiene que, tras el examen de las vísceras e hígados de las víctimas adultas, los arúspices concluyeron que todo fluía en perfecta armonía y que el orden divino adjudicaba la victoria a los romanos.

Solo entonces Paulo ordenó que los trompeteros inflaran sus pulmones e hicieran retumbar las tubas de preparación para el combate, lo que fue seguido por gritos de asentimiento de los hombres, verdaderamente contentos por no haber peleado la jornada anterior. Ahora estaban descansados, con los estómagos llenos, las armas limpias y una moral que se les salía por las orejas.

—Perseo está desplegando su ejército —le informó a Paulo uno de los exploradores de las patrullas de avanzadilla a la hora tercera.

—Que vengan todos al pretorio —ordenó con gesto adusto.

Cuando todos estuvieron en la tienda, posó su mirada en el tablero de operaciones. El estado mayor se apelotonó alrededor de la mesa.

—La falange, señores, es hora de hablar de la falange macedónica —inició el consejo con gesto adusto.

Todos pusieron cara de circunstancias y asintieron.

Paulo continuó.

—La falange, esa criatura de Filipo que su hijo Alejandro condujo a lo sublime, puede llegar a agrupar miles de infantes falangitas. Y es el caso de la falange de Perseo, más de veinte mil hombres que allí, en la llanura de Pidna, juntos los unos a los otros, protegidos con cascos y grebas, con enormes escudos de bronce y hermosas corazas de lino, sujetando con sus dos manos la sarisa de catorce codos de longitud, catorce30 —reiteró barriendo las caras—, formarán de un modo tan denso y compacto que será imposible acercarse a ellos…

Paulo musitó algo como para sus adentros y prosiguió:

—Todos los falangitas, que se llaman en su lengua calcáspidas, avanzan como una sola masa erizada, como una sola bestia con una fuerza y peso tan letal que nada puede sostener su ataque frontal, lo que puede entenderse por muchas razones —dijo muy serio—. La principal, porque con sus mil trescientos hombres en primera línea y dieciséis de fondo, cuando cierre filas y cada infante haga descender la pica, nuestros legionarios ya no se enfrentarán a un ejército de individuos armados, sino a un inexpugnable entramado de lanzas en un frente continuo de milla y media de ancho. Eso es la falange. Eso es lo que vamos a ver hoy en Pidna —dijo sin ánimo de asustar, pero con una voluntad de realismo aplastante—. Y es cierto que solo los falangitas de las cinco primeras filas extienden sus sarisas hacia el enemigo, pero no lo es menos que allí, en la llanura —señaló de nuevo hacia el campo de batalla—, cada uno de nuestros legionarios de la primera fila, cada uno de ellos sin excepción, va a encontrar diez picas dirigidas contra su escudo y su rostro. No todas sobresaldrán de la falange en igual longitud, pero entre el falangita y cada uno de los nuestros habrá una separación de diez codos lleno de lanzas impenetrables apuntando a su corazón.31

—Lo que significa que es imposible que un solo hombre las atraviese —aclaró Nasica—. Las sarisas están muy cerca unas de las otras y no es fácil alejar sus puntas o apartarlas con la espada o el escudo.

—Ninguno de los nuestros podrá acercarse a un falangita para olerle el aliento —porfió Metelo.

Paulo emitió un soniquete de conformidad y reanudó su discurso:

—Tampoco el lanzamiento masivo de pila al comienzo del combate daña a la falange —expuso con igual tono sobrio—. Los falangitas que están más allá de la quinta fila de fondo sostienen sus picas en ángulo, de menor a mayor, protegiendo toda la formación desde arriba, rechazando con su masa apretada todos los proyectiles que sobrevuelan sobre ellos. Pero estos hombres de fondo, por la pura presión de su peso corporal, aumentan la fuerza y masa de toda la falange.

Nueva pausa.

Nuevo barrido de los rostros.

—Por ello, señores, es por lo que ayer hubiera sido una temeridad entrar en combate. Y es por todo esto por lo que nada puede resistir la carga de la falange mientras conserve su formación… Mientras la conserve… —añadió pensativo, y clavó su mirada en el tablero antes de activarse y señalar todas la piecitas de madera de las unidades—. Bien, señores, sabemos que Perseo ha colocado la falange en el centro, y que va a estar protegida en ambos flancos por los peltastas, la infantería pesada en su estilo de hoplita griego. Sabemos también que en los extremos de la formación estará la infantería de peonios, griegos y tracios con la caballería de Perseo, lo que hace un frente total con un ancho de cuatro millas y cuarenta mil hombres.

—Es un frente inmensamente amplio —musitó Nasica—. La mayor falange que Macedonia ha ofrecido jamás a Roma.

—La mayor… Tanto que nuestro frente no podrá ser tan extenso. Solo contamos con treinta y siete mil hombres, y no todos van a estar en la formación, por lo que alargaremos las filas —decretó Paulo—. Quiero en el centro de la formación a la segunda y la cuarta legión, en triplex acies, enfrentando a la falange. En la izquierda se colocará una de las alas itálicas con quinientos jinetes y la infantería de Pérgamo. En la derecha formará el ala derecha itálica, la infantería númida, los dos mil ligures y nuestros seiscientos jinetes de caballería romana reforzada por trescientos de la itálica y los seiscientos de la númida. También quiero allí a los elefantes de Masinisa.

—¿Los elefantes? —se extrañó Nasica.

—¿No es mejor lanzarlos contra la falange? —propuso Metelo.

Paulo levantó la vista del tablero de operaciones.

—No, no es mejor. En nuestro flanco izquierdo solo pido resistir. El monte Olocro nos prestara el resto de la protección. En el centro solo pido resistir. Los elefantes se darían la vuelta ante las picas. Y si la segunda y la cuarta tienen que retroceder, que lo hagan con orden hacia el campamento, esto es vital, ¡vital! Pero en el ala derecha… —dejó la frase en suspenso y bajó la mirada—… con la llanura descendiendo hacia el mar Egeo…

Elevó el mentón.

Sus ojos brillaban de esa manera tan especial que infundía una tranquilidad asombrosa.

—Es allí, en la derecha, donde puede decidirse la batalla. Por ello la quiero reforzada con elefantes y el grueso de la caballería —reveló, y sonrió—. Por la victoria, amigos todos. Que forme el ejército.