Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna #4
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Tiempos de Pidna #4

—¡Escuchadme bien! —se arrancó sin preámbulos para que no se le quebrara la voz. Le escrutaban miles de hombres—. Sé que casi todos vosotros teméis que ocurran sucesos terribles cuando el sol y la luna desaparecen del firmamento. Algunos pensáis que es la muerte de los astros. Otros que es el fin de la armonía de los cielos y la ruptura del orden divino. Y hay quienes piensan que es un angustioso presagio que traerá perturbaciones secretas. ¡Eso es lo que os enseñaron, pero yo hoy os digo que esta misma noche la luna va a eclipsarse desde la hora segunda hasta la cuarta! ¿Y por qué lo sé? ¿Acaso porque tengo el privilegio de que me hablen los dioses? ¡Pues no! ¡Lo sé sencillamente porque se repite de modo natural exactamente cada doscientas veintitrés lunas, ni una más y ni una menos! Y tal como sucedió hace dieciocho años y volverá a suceder dentro de otros dieciocho, la luna desaparecerá esta noche por completo, mas lo único que debéis ver en ello es un fenómeno natural que anuncia la destrucción del rey Perseo y no un funesto presagio. El propio cónsul Emilio Paulo, que os protege, me ha autorizado para anunciároslo. Dormid a pierna suelta. ¡No hay nada que temer! —desdeñó, y giró en redondo más ancho que largo sin saber que en el futuro un cráter lunar llevaría su nombre. Era un hombre feliz.

Emiliano y Fabio aguardaban el fenómeno sentados alrededor de una hoguera. Por las cercanías caracoleaba Metelo, bufando como un toro y sin dejar de mirar nerviosamente la luna. Nasica, un poco más alejado, charlaba distendidamente con el propio Sulpicio Galo, oteando de vez en cuando las alturas al tiempo que Galo no dejaba de mover sus manos imitando a los planetas y a los astros en movimiento. El propio Fabio no podía evitar que sus ojos se escapasen al cielo, pero no así su hermano, la excepción, cuya mirada permanecía posada en el fuego.

Con el ánimo de chincharle, Fabio, que sujetaba una copa de vino aguado, lanzó un poco de líquido a las llamas, provocando que crepitaran chispeantes y juguetonas.

—¡Casi las eclipso! —bromeó al instante.

Emiliano elevó la mirada. Sus ojos brillaban tanto como el fuego.

—Siempre me he preguntado —murmuró con una emoción difícil de contener— cómo se sentiría nuestro abuelo Emilio Paulo antes de Cannas, o mi abuelo el Africano antes de Zama, y esta noche, Lucio —llamó a su hermano por su nombre de nacimiento—, sabiendo que mañana lucharemos contra el reino de Macedonia, por fin lo sé. Y es maravilloso —exhaló, y se mordió el labio.

Fabio, lejos de seguir bromeando, se estremeció y se quedó callado. Parecía que su hermano bien podría ponerse toda la panoplia en ese mismo instante y salir solito y coleando al campo de batalla a la espera de que formase la falange.

—¿No sientes lo mismo? —oyó que le preguntaba—. Si la luna se eclipsa para anunciar nuestra victoria, que lo haga rápido. Yo solo quiero que amanezca.

Fabio tragó saliva. ¡No, claro que no sentía lo mismo!, pero un grito ahogado que sobrevoló el campamento vino a salvarlo y a evitar que contestara. Era la hora segunda.

—¡Ya empieza! —chilló Galo.

Todos miraron a lo alto, Fabio, Emiliano, Nasica, Metelo, el propio Paulo asomando la cabeza por el cortinaje de la tienda y los más de treinta mil hombres protegidos tras las empalizadas legionarias que veían en la ciencia de Galo algo divino.

—¡Dos horas! ¡Solo durará dos horas! —insistió Galo.

Y dos horas duró.

La luna, poco a poco, fue ennegreciéndose y desfalleciendo en su luz, cambiando incluso de colores, del blanco al rojo, hasta que desapareció por completo. Fue ese el único momento en el que, según la ceremonia, se escuchó en el campamento el ruido de los metales al hacer chocar los legionarios más supersticiosos cacerolas y espadas. E incluso algunos alzaron al cielo luces con tizones y hachas, pero no hubo lamentos, no en el lado romano.

—¿Los oyes? Llegan hasta aquí desde el río Esón —le dijo Fabio a Emiliano, llevándose el dedo índice a la oreja.

—Los gritos de terror de los macedonios —barbotó Emiliano.

—Ellos no tienen a Galo —celebró Fabio.

—Ellos no tienen a nuestro padre —puntualizó Emiliano.

Fabio volvió a quedarse mudo. Para entonces la luz de la luna comenzaba a bañarlos de nuevo.

—Pronto amanecerá —acertó a decir, poco convencido.

Emiliano se puso en pie.

—Que cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto a los corceles de pies ligeros e inspeccione el carro, apercibiéndose para la lucha, pues durante todo el día nos pondrá a prueba el horrendo Ares —inició en un susurro con tono deliberadamente épico. Fabio no pudo evitar que se le arquearan los labios. Su hermano seguía recitando la arenga de Agamenón antes de asaltar Troya como si estuviera tranquilamente en su clase de oratoria y gramática griegas—. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la noche obligue a los valientes guerreros a separarse. La correa del escudo que al combatiente cubre, sudará en torno del pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y también sudarán los corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña —finalizó la glosa de la Ilíada, pausando sus últimas palabras y antes de añadir—: Incluso tú mañana, hermano, te alegrarás de haber peleado. Vamos, descansemos —dijo, y le ofreció la mano para ayudarle a levantarse.